Mónica Almeida siempre fue la hija invisible. Gordita, tímida y amorosa, creció eclipsada por su hermana mayor Helena: delgada, impecable, implacable. Cuando Ricardo apareció en su vida y juró que la amaba, Mónica creyó que por fin alguien la elegía. Pero el día en que planeaba anunciar su embarazo en un almuerzo familiar, Ricardo anunció su compromiso con Helena.
Destrozada, Mónica desapareció sin revelar su secreto. Vivió meses en la calle hasta que, una noche lluviosa, colapsó en la banqueta con casi nueve meses de embarazo. Un hombre alto y atractivo corrió hacia ella antes de que todo se oscureciera. Despertó en un hospital con un bebé sano en los brazos: Eliot, su nuevo comienzo.
Un año después, con la ayuda de su mejor amiga Rosa, Mónica ha resurgido como analista brillante en una empresa financiera de prestigio, sin saber que el dueño es el padre de aquel hombre misterioso. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos en un hospital pediátrico —esta vez como el médico que atiende a Eliot por un brazo fracturado—, Mónica descubre que el Dr. Augusto Valente no solo es neurocirujano y pediatra: es el hombre más honesto, paciente y decidido que ha conocido.
Pero la felicidad nunca llega sin pelea. Ricardo, atrapado en un matrimonio forjado por chantaje, descubre que tiene un hijo y quiere recuperar lo que perdió. Helena, consumida por la envidia y un testamento que amenaza su herencia, se convierte en una fuerza destructiva. Y entre secretos familiares enterrados, confrontaciones en casas de playa, una abuela que secuestra nietos por amor y un bebé que inventa sus propias reglas para llamar a cada adulto, Mónica tendrá que defender no solo su derecho a ser feliz, sino la familia que construyó desde las cenizas.
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capítulo 7
Cuando Mónica abrió la puerta del departamento, Eliot ya estaba mucho más tranquilo. El llanto había dado paso a un leve cansancio, típico de quien vivió una gran emoción en el día. El bracito inmovilizado parecía molestarle más por la novedad que por el dolor.
—Mira quién llegó —dijo Rosa, y en cuanto vio el cabestrillo improvisado, abrió los ojos de par en par—. ¿Qué pasó?
—Caída en la guardería, pequeña fisura en el brazo, ya está todo resuelto.
Rosa se acercó de inmediato, besando la cabecita de Eliot.
—¿Hoy quisiste poner a prueba tu valentía, eh?
Eliot solo sonrió, ya distraído con el movimiento de la casa.
Después de acomodarlo en la alfombra de la sala con algunos juguetes, cuidadosamente ubicados para no exigirle demasiado esfuerzo al brazo lastimado, Mónica fue a la cocina a ayudar a Rosa con la cena.
—¿Y el hospital? —preguntó Rosa con curiosidad, revolviendo la olla—. ¿Todo tranquilo?
Mónica tomó el cuchillo para cortar las verduras, pero tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿Solo eso? —arqueó la ceja, percibiendo el tono diferente.
—Me lo encontré.
—¿A quién?
—Al hombre de la lluvia. El que me salvó.
—¿El guapetón?
Mónica asintió.
—El mismo.
Rosa soltó la cuchara de madera en la olla.
—Me estás tomando el pelo.
—No te estoy tomando el pelo.
Mónica le contó todo lo que había pasado en el hospital, sobre el reencuentro con Augusto y todo lo demás.
—¿Y qué hizo cuando le dijiste que no eras casada?
Mónica intentó esconder la sonrisa, pero falló.
—Sonrió.
Rosa cruzó los brazos, satisfecha.
—Claro que sonrió.
—¡Rosa!
—¿Qué? Hombre guapo, médico importante, te encuentra dos veces en situaciones marcantes… eso no es coincidencia, es guion de película.
Mónica rio por primera vez desde el susto de la tarde.
—Tendrías que haberlo visto de cerca —confesó, volviendo a cortar las verduras—. Nunca vi a un hombre tan guapo.
—Repite eso.
—Dije que es guapo.
—No. Dijiste "nunca vi a un hombre tan guapo".
Mónica sintió que el rostro le ardía.
—Bueno, tal vez exageré.
—Tú no exageras cuando el tema es apariencia.
—No es solo eso. Tiene una presencia… un modo tranquilo, seguro. Y cuando le habla a Eliot, parece que… —vaciló— que de verdad le importa.
—Estás interesada.
—No lo estoy.
—Sí lo estás.
Mónica negó con la cabeza, pero la sonrisa delataba algo diferente.
—Solo llevo mucho tiempo sin sexo.
Siguieron conversando mientras terminaban la cena. El ambiente era ligero, acogedor; la cocina pequeña parecía el centro del mundo en aquel momento.
Después de poner la comida en la mesa y cuando Eliot ya cabeceaba de sueño en el sofá, Rosa se puso más seria.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Todavía sientes algo por Ricardo?
La pregunta quedó flotando en el aire por algunos segundos. Mónica pensó.
Pensó en el pasado, en el anuncio del compromiso, en el dolor. Pensó en todo lo que había pasado y pensó en lo que sentía hoy, y se dio cuenta de que ya no dolía.
—No —respondió, tranquila—. No pienso en él hace mucho tiempo.
Rosa la observó con atención.
—¿Ni un poco?
Mónica negó con la cabeza.
—Lo que sentí fue real. Pero se acabó. Ya no soy esa mujer. Y él ya no forma parte de mi vida —miró a Eliot durmiendo—. Mi vida es esto ahora.
Rosa sonrió, satisfecha con la respuesta.
—Entonces tal vez sea hora de dejar espacio para algo nuevo.
Mónica no respondió, pero mientras recogía los platos de la mesa, el rostro de Augusto apareció en su mente.
Y esta vez no vino acompañado de dolor. Vino acompañado de posibilidad.
Al otro lado de la ciudad, la mañana siguiente comenzó tensa. Helena bajaba las escaleras con pasos rápidos, la expresión cerrada. Ricardo estaba en la sala, terminando de ponerse el saco, listo para salir. El silencio entre ellos era pesado, de esos que anteceden tormentas.
—¡Ricardo! —lo llamó, impaciente.
Él cerró los ojos un instante antes de voltearse.
—¿Qué pasó, Helena?
—¿Todavía preguntas? —replicó, acercándose—. Apenas me miras.
Ricardo le sostuvo la mirada, pero por dentro estaba distante. Hacía meses que se sentía así: atrapado en una vida que no había elegido de verdad.
Porque, a pesar de todo, el sentimiento que guardaba por Mónica nunca había sido pasajero. La amaba. De forma entera, sincera, profunda. No fue un capricho ni un error: fue amor. Y tal vez fuera justamente eso lo que hacía todo más difícil.
—Necesitamos hablar de hijos —disparó Helena, cruzando los brazos. Ricardo permaneció en silencio—. Ya esperé demasiado —continuó ella—. Y no voy a aceptar excusas.
Él respiró profundo.
—Helena, tenemos relaciones cuando tú quieres y estás en tu periodo fértil. No hay nada más que podamos hacer.
—Pues ahora sí vamos a hacer algo —respondió ella sin titubear—. Ya reservé una consulta para los dos, la semana que viene.
Ricardo frunció el ceño.
—¿La reservaste sin avisarme?
—¿Necesito avisarte? ¿O es que no piensas asumir tus responsabilidades?
La provocación fue afilada. Ricardo sintió el cansancio pesarle en los hombros. No discutía por falta de argumentos; discutía por falta de voluntad. Todo ahí parecía una manipulación silenciosa.
—Si la reservaste, voy —respondió, neutro.
Helena entrecerró los ojos, como si buscara algo detrás de esas palabras.
—Perfecto, porque no voy a cargar con ninguna culpa sola si hay algún problema.
Él solo asintió. No había ternura ahí, no había un sueño compartido. Solo presión.
Ricardo siempre quiso ser padre, pero ese deseo no estaba ligado a la obligación ni a la imposición. Soñaba con amor, con compañerismo, con construir algo verdadero. Y nada en esa casa parecía verdadero.
El matrimonio que salió en revistas y fue llamado "la boda del año" no era más que una bonita fotografía. Detrás de las cámaras había discusiones constantes y una distancia imposible de ignorar.
Helena se alejó, satisfecha por haber impuesto su decisión. Antes de que Ricardo saliera, sonó el teléfono. Ella contestó y enseguida le pasó el aparato.
—Hola, papá —dijo Ricardo.
—Hola, hijo. Solo llamo para recordarte que la fiesta del señor Álvaro es en dos semanas. Él insistió en la presencia de todos. Tú y Helena tienen que ir —dijo Olavo.
Ricardo se pasó la mano por la barbilla. La fiesta del señor Álvaro sería un gran evento. Empresarios, médicos, políticos. La élite de la ciudad reunida bajo arañas de cristal y sonrisas ensayadas.
—Ahí estaremos —respondió.
—Perfecto. Es importante mantener las relaciones.
Al colgar, Ricardo se quedó inmóvil por algunos segundos. Dos semanas y estudios programados.
Un matrimonio sostenido por presión. Y en el fondo del pecho, la memoria persistente de un amor que nunca había dejado de existir.
No sabía explicar por qué, pero tenía la extraña sensación de que esa fiesta no sería solo un evento social más. Sería un punto de quiebre, aunque él todavía no lo supiera.