El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
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Capítulo 10
Capítulo 10 — El club hípico
Un sábado, tío Max me despertó temprano y me dijo que me pusiera algo cómodo, que íbamos a salir de la ciudad.
—¿A dónde?
—Vas a ver.
El coche subió por una carretera que se iba llenando de árboles hasta que la ciudad quedó atrás por completo. Cuando bajamos, había pasto hasta donde alcanzaba la vista, cercas blancas, y un olor limpio a tierra mojada y a heno que no se parecía a nada de lo que yo conocía. Un club hípico, dijo Chente. Un lugar donde la gente iba a montar caballos por gusto.
Renato ya nos esperaba, por supuesto, con botas relucientes y un sombrero ridículo que se había comprado nada más para la ocasión.
—¡La comitiva llegó! —gritó—. Niña, prepárate, porque hoy vas a conocer a las criaturas más nobles de la creación. Después de los tenores, claro.
Yo nunca había visto un caballo de cerca. Cuando el mozo trajo uno —enorme, castaño, con los ojos negros y húmedos—, me quedé clavada a media distancia, sin saber si acercarme.
—No te va a hacer nada —dijo tío Max—. Ven. Dale la mano así, con la palma abierta. Que te huela. Tienen que conocerte antes de confiar en ti.
Extendí la mano temblando. El caballo bajó el hocico, tibio y suave, y me olió la palma, y yo solté una risa nerviosa que me salió sin pensar. Tío Max me enseñó a acariciarle el cuello, a hablarle bajito, a sostener las riendas sin jalar. Cuando me ayudó a subir —una mano firme en mi bota, otra en mi espalda, sin esfuerzo—, de pronto me vi arriba, mucho más alto que el mundo, con toda esa pradera abierta enfrente.
Y me acordé, sin querer, de otra noche. De un cuarto frío en la colonia, de un pan dulce con media vela, de la sensación de que mi vida entera iba a caber siempre en ese cuartito y en esa oscuridad.
Y ahora estaba aquí. Arriba de un caballo, con el sol en la cara, con un cielo tan grande que no se acababa.
Se me hizo un nudo en la garganta, pero esta vez era de otra cosa.
—¿Estás bien? —preguntó tío Max, caminando al lado, con una mano siempre cerca de la rienda por si acaso.
—Es que nunca había estado en un lugar tan... —No encontré la palabra—. Tan grande. Tan bonito.
—Vas a estar en muchos —dijo, simple, como si lo diera por hecho.
Montamos toda la mañana. Yo me caía de risa cada vez que el caballo trotaba y me sacudía, Renato hacía comentarios sobre cómo el trote era "prácticamente un aria si uno sabe escuchar", y tío Max iba siempre cerca, sereno, vigilando, corrigiéndome la postura con una palabra. Nunca lo había visto tan tranquilo. Tan sin ese peso invisible que siempre cargaba en los hombros.
A mediodía nos sentamos a la sombra, y Renato se fue a coquetear con una señora de otro caballo, y tío Max y yo nos quedamos solos mirando la pradera.
—Tío Max —me atreví—, ¿usted por qué compró la casa tan grande? Es demasiado grande para una persona.
Se quedó callado un momento, con la vista en el horizonte.
—Cuando yo tenía tu edad —dijo, despacio—, no tenía casa. Ni familia. Mi mamá se murió cuando yo era muy chico, y mi papá después. Crecí solo, de un lado para otro. —No lo dijo con lástima; lo dijo como quien cuenta el clima—. Me pasé años pensando que una casa era nada más un techo para no mojarse. Trabajé mucho, gané mucho, y me compré la más grande que encontré. Y aun así seguía vacía.
No supe qué decir. Nunca lo había oído hablar de él.
—Y ahora ya no está tan vacía —agregó, y me miró de reojo, apenas—. Come, niña. Se te enfría.
—¿Y no le da tristeza? —pregunté, porque a mí me daba, de solo imaginarlo chiquito y solo como yo había estado—. Acordarse.
—Ya no —dijo—. La gente que crece sin nada aprende dos cosas: o se vuelve dura para no volver a doler, o se acuerda de lo que le faltó y se lo da a alguien más. —Partió un pan y me pasó la mitad—. Yo escogí tarde la segunda. Pero la escogí.
Me quedé con el pan en la mano, sin comerlo, mirándolo. Nunca nadie me había regalado un pedazo de sí mismo así, sin que yo se lo pidiera. Guardé esas palabras junto a las monedas de doña Reme y el "vas bien, niña" del gimnasio, en ese lugar de adentro donde ya iba juntando, sin darme cuenta, todo lo que un día llamaría hogar.
Entendí, sin que me lo explicara, que él y yo éramos de la misma clase de personas. Que los dos sabíamos lo que era no tener a nadie. Y que quizá por eso me había recogido: no por lástima, sino porque él también, en el fondo, andaba buscando una casa que no estuviera vacía.
Antes de irnos, cuando el sol ya empezaba a bajar y a poner todo dorado, tío Max sacó del bolsillo del saco una cajita.
—Toma —dijo—. Es para ti.
Adentro había una medalla plateada en una cadenita, del tamaño de una moneda, con una virgencita grabada de un lado. Del otro lado, cuando le di vuelta, decía una sola palabra en letras chiquititas: Dalia.
—Para que siempre estés a salvo —dijo, y él mismo me la abrochó en el cuello, con esos dedos grandes peleándose con el broche diminuto—. Aunque yo no esté en el pasillo. ¿Te acuerdas?
Cerré la mano sobre la medalla. Estaba tibia de haber estado en su bolsillo.
—Me acuerdo —dije—. Gracias, tío Max.
No sé cómo decir lo que sentí en ese momento sin que suene más grande de lo que era. No era amor de los que salen en las telenovelas de doña Reme; yo era una niña y él era el hombre que me había salvado la vida. Era otra cosa. Era mirarlo y pensar que no existía nada en el mundo que él no pudiera con él; que si el cielo se cayera, él lo detendría con una mano sin despeinarse. Era querer ser, algún día, tan fuerte como él. Era, por primera vez, no tener miedo del mañana.
Subimos al coche cuando ya casi anochecía. Renato se quedó atrás un momento con tío Max, arreglando no sé qué de los caballos, y desde la ventanilla los vi hablar. No alcancé a oír, pero después me enteré, con los años, de lo que se dijeron.
—Se te ilumina la cara nada más de verla montar —le dijo Renato, sin su tono de payaso por una vez—. Esa niña te admira demasiado, compadre. Te lo digo yo.
—Es una niña —contestó tío Max, tranquilo—. Me admira como se admira a quien te da de comer. Nada más.
Renato lo miró un rato largo, con esa cara de quien ve algo que el otro todavía no.
—Ajá —dijo—. Por ahora.
Yo, desde el coche, apreté la medalla contra el pecho y volteé a buscar a tío Max por la ventanilla. Su silueta se recortaba contra el último sol, alta y quieta, dándole indicaciones a un mozo, ajeno a que yo lo miraba como se mira a un héroe.
Renato le puso una mano en el hombro antes de subir, y sacudió la cabeza con una media sonrisa, hablándole al aire más que a él:
—Algún día esta niña va a crecer, Max.