Nadie debía entrar al Faro de las Sombras.
Elena lo hizo.
Allí encontró a Dante, el último guardián… y descubrió que su llegada estaba relacionada con un secreto que llevaba treinta años oculto.
- Una leyenda.
- Dos familias enfrentadas.
-Un amor que podría cambiarlo todo.
Pero… ¿por qué el faro parecía estar esperándola?
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Capítulo 15: El asalto a la mansión
El beso todavía ardía en sus labios y el calor del abrazo seguía envolviéndolos cuando el sonido de una campana de alarma resonó en lo alto de la torre, cortando el aire como un grito de advertencia. Luego vino otro ruido: el crujido pesado de la puerta principal siendo forzada, voces altas que subían por el camino y el galope de caballos que se acercaban a toda velocidad.
—¡Llegaron! —exclamó Dante, girando de inmediato hacia la ventana, con la mirada aguda y decidida—. Rodrigo no esperó más. Ataca ahora mismo, aprovechando que sabe que nos hemos quedado solos.
Elena se acercó a su lado, el corazón latiéndole fuerte pero sin miedo. Abajo, bajo la luz dorada del faro que seguía girando firme y poderosa, vio decenas de hombres armados que rodeaban la mansión, con antorchas encendidas que parecían manchas de fuego sobre la hierba oscura. Al frente, sobre un caballo negro, se veía la figura alta y orgullosa de Rodrigo de la Vega, levantando el brazo para dar órdenes con gesto arrogante, seguro de que esta vez nadie podría detenerlo.
—Sabe que Marisa ya no está con él —dijo ella rápidamente, pensando al mismo tiempo que hablaba—. Sabe que perdió su espía dentro… y por eso decide atacar de frente, antes de que logremos fortalecer más nuestras defensas o buscar aliados.
—Exacto —respondió Dante mientras tomaba su espada, que descansaba apoyada junto a la estantería, y ajustaba el cinturón con movimientos rápidos y seguros—. Pero comete un error enorme: cree que nuestra fuerza depende solo de muros cerrados y secretos guardados. No sabe que ahora somos mucho más fuertes que antes. No solo somos dos guardianes: somos el vínculo completo que nadie ha logrado formar en siglos.
Le tendió la mano, y ella la tomó sin dudar un instante.
—Tú dijiste que el poder no está en las piedras ni en los símbolos —le recordó él con voz clara y firme—. Está en nosotros. En lo que sentimos, en lo que creemos, en lo que hemos decidido construir juntos. Esa es la defensa más fuerte que existe.
Salieron juntos del estudio, caminando por los pasillos con paso firme, mientras los golpes resonaban cada vez más cerca y los gritos de los atacantes se escuchaban ya en el vestíbulo. Los pocos sirvientes leales que quedaban corrían a cerrar puertas y ventanas, algunos con miedo en los ojos, pero todos se detuvieron al verlos pasar: no iban separados, ni uno delante y otro detrás, sino hombro con hombro, con la misma seguridad en el rostro, rodeados de una energía cálida y potente que parecía llenar cada rincón de la casa.
Llegaron al gran salón justo cuando la puerta principal cedía con un estruendo tremendo. Rodrigo entró primero, con una sonrisa triunfante y cruel en los labios, seguido de cerca por sus hombres, armados con espadas, antorchas y herramientas para abrir paso. Se detuvo en el centro de la estancia, mirando a su alrededor como si ya fuera dueño de todo, y luego fijó la vista en ellos, sorprendido al verlos tranquilos, sin retroceder ni un paso.
—Al fin frente a frente —dijo él con voz fuerte y resonante, extendiendo un brazo hacia ellos—. Terminó el tiempo de los secretos y las sombras. Ustedes creyeron que podían cambiar lo que está escrito, que podían romper el orden antiguo… pero no son más que dos jóvenes ingenuos que jugaron con fuego sin saber quemarse. Entréguenme el acceso al corazón de la fuerza, denme los planos y los símbolos… y quizás les permita salir vivos de aquí. Si se oponen… esta casa, el faro y todo lo que protegen se convertirá en cenizas.
Dante dio un paso adelante, colocándose justo delante de Elena, aunque ella se mantuvo pegada a su lado, igual de erguida y decidida:
—Tú hablas de orden y de derechos… pero lo único que buscas es robar y destruir. Nuestros antepasados tomaron este lugar para protegerlo, no para poseerlo como un tesoro personal. Si lo que buscas es poder… nunca lo entenderás. Porque el verdadero poder no sirve para dominar a los demás, sino para cuidarlos.
—¡Palabras vacías! —gritó Rodrigo, perdiendo la calma al instante—. ¡Han mantenido a esta gente en la ignorancia durante siglos! Les han dicho que deben obedecer y callar… mientras ustedes guardan para sí mismos la riqueza y la fuerza que podría ser de todos. ¡Yo sí les daré lo que merecen! ¡Yo sí cambiaré el destino de esta costa!
—Cambiarlo para peor —respondió Elena con voz clara, que recorrió toda la habitación y llegó hasta los hombres que lo acompañaban—. Tú no quieres liberar a nadie: quieres esclavizarlo todo a tu ambición. Si tocas lo que custodiamos, no habrá riquezas ni poder para nadie: solo habrá ruina, mareas descontroladas, tormentas que no se detendrán, y destrucción que no respetará casas ni tierras ni vidas. Mi abuela lo entendió, mi familia lo ha sabido siempre… y ahora nosotros lo sabemos también.
Rodrigo frunció el ceño, furioso:
—¡Tú! Eres la que trajo la desgracia, igual que tu abuela. Ella huyó cobarde… y tú terminarás igual o peor. ¡No sabes nada de lo que hay aquí! ¡No conoces la verdadera historia!
—Conozco suficiente —replicó ella sin retroceder—. Conozco que tu familia perdió el derecho a cuidar este lugar porque lo usaron para el mal. Conozco que el pacto se firmó para proteger, no para conquistar. Y conozco que cuando dos personas se unen con sinceridad y amor… ninguna fuerza, por grande que parezca, puede vencerlas.
Al pronunciar esas palabras, sintió cómo la energía que había sentido en el faro volvía a despertar dentro de ella, más fuerte que nunca. La luz dorada que entraba por las ventanas se intensificó de golpe, iluminando todo el salón con un brillo cálido y firme, y la llama de cada antorcha que llevaban los atacantes se inclinó hacia atrás, como si una corriente invisible los empujara lejos. Dante sintió lo mismo: una fuerza que nacía entre los dos, que fluía de sus manos cercanas, de sus miradas que se buscaban, de todo lo que habían compartido.
—¡Basta de palabras! —rugió Rodrigo, desenvainando su espada y alzándola al aire—. ¡Atacad! ¡Tomad lo que es nuestro! ¡Matadlos si es necesario!
Sus hombres avanzaron al mismo tiempo, pero apenas dieron unos pasos cuando una barrera luminosa, suave pero impenetrable, se alzó entre ellos y la pareja, brillando con el mismo símbolo de la estrella entre tres olas que habían visto tantas veces. Nadie podía cruzarla: quien intentaba acercarse, se sentía empujado hacia atrás, como si chocara contra un muro sólido de aire puro y luz.
—¿Qué es esto? —gritó Rodrigo, golpeando la barrera con su espada, que rebotó con un chispazo fuerte sin causar el menor daño—. ¿Qué clase de magia es esta?
—No es magia —respondió Dante con calma, mientras sostenía la mano de Elena con fuerza—. Es el equilibrio cumplido. Es lo que nadie logró hacer en cientos de años: unir el deber con el corazón, la fuerza con la sabiduría, la tierra con el mar. Esto es lo que tu familia nunca supo entender, ni la mía tampoco… hasta ahora.
Rodrigo, furioso y desesperado al ver que sus armas no servían de nada, empezó a gritar órdenes confusas, intentando empujar a sus hombres hacia adelante, pero el miedo ya se había apoderado de ellos. Muchos miraban la luz con asombro, otros retrocedían despacio, y algunos empezaron a murmurar que realmente eran los guardianes verdaderos, que la antigua protección había despertado por fin.
—¡No les creáis! —gritó Rodrigo, intentando recuperar el control—. ¡Es solo un truco! ¡Una ilusión! ¡Si rompemos el faro, romperemos todo! ¡Subid a la torre! ¡Destruid la luz!
Una parte de sus hombres se separó corriendo hacia la escalera que llevaba a la torre, mientras él mismo se quedaba al frente, lanzando golpes inútiles contra la barrera luminosa, lleno de rabia y frustración.
Elena miró a Dante, y en sus ojos vio la misma decisión:
—Si llegan a la cima… si logran dañar el corazón del sello… todo se debilitará. Tenemos que impedirlo.
—Entonces vamos —respondió él, apretando su mano—. Vamos a proteger lo que es nuestro, no por herencia, sino por elección.
Juntos, sin soltarse ni un segundo, empezaron a caminar hacia la escalera interior, mientras la barrera los seguía, protegiéndolos por completo. A su paso, las puertas se abrían solas, los pasillos se iluminaban con luz dorada, y el aire vibraba con una fuerza que hacía temblar las paredes mismas. Sabían que la batalla apenas comenzaba: Rodrigo no se detendría ante nada, y la prueba más difícil los esperaba justo arriba, en lo alto, donde todo empezó y donde todo podía decidirse.
Pero ya no estaban solos, ya no cargaban solos el peso, ya no tenían miedo. Porque habían descubierto la verdad más grande de todas: el mayor secreto del pacto no estaba en libros antiguos ni en cuevas ocultas. Estaba en ellos mismos, en su unión, en lo que habían decidido construir juntos. Y esa fuerza… nadie jamás podría arrebatársela.