Valentina Ríos huyó de la ciudad cinco años atrás con el corazón destrozado y un secreto que jamás pensó revelar.
Ahora ha regresado con su pequeño hijo, Leo, decidida a comenzar una nueva vida.
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Capítulo 8 — La trampa
Adrián observó una última vez el video que había recibido.
Leo aparecía sentado en una habitación desconocida, con su pequeño rostro serio y sus ojos llenos de preocupación.
—Mamá no debe tener miedo —había dicho el niño—. El señor serio va a venir por mí.
Después de esas palabras, la grabación terminaba.
Adrián apretó el teléfono entre sus manos.
No podía quedarse esperando.
Leo era su hijo.
Su hijo.
Durante cinco años había vivido sin saber que existía un niño que llevaba su sangre, sus mismos ojos y una parte de él que ni siquiera conocía.
Y ahora alguien lo estaba utilizando para destruirlo.
—Señor —dijo Daniel, entrando rápidamente—. Ya tenemos el vehículo preparado.
Adrián levantó la mirada.
—Voy solo.
Daniel negó inmediatamente.
—No es buena idea.
—Eso fue exactamente lo que pidieron.
—Y precisamente por eso puede ser una trampa.
Adrián guardó silencio.
Sabía que Daniel tenía razón.
Pero también sabía que, si aquel desconocido pensaba que podía utilizar a Leo para controlar sus decisiones, estaba equivocado.
—No voy a poner a mi hijo en peligro —respondió finalmente—. Pero tampoco voy a dejarlo allí.
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Mientras tanto, Valentina caminaba de un lado a otro de la habitación.
No podía quedarse quieta.
Había intentado convencerse de que Adrián sabía lo que hacía, pero el miedo no desaparecía.
Cinco años atrás había huido para proteger a su hijo.
Y ahora el pasado había regresado con más fuerza que nunca.
Tomó su teléfono y marcó el número de Adrián.
No respondió.
Volvió a llamar.
Nada.
—Por favor, contesta...
En ese momento recibió un mensaje.
“No interfieras.”
Valentina sintió un escalofrío.
Un segundo mensaje apareció inmediatamente después.
“Si Adrián obedece, Leo volverá.”
Valentina miró la pantalla con los ojos llenos de lágrimas.
—No...
No podía quedarse esperando.
Tomó su bolso y salió.
El vehículo de Adrián avanzó por una carretera poco transitada.
La dirección que habían enviado conducía hacia una antigua propiedad de los Montenegro, abandonada durante años.
Adrián observó el edificio desde la distancia.
Demasiado silencioso.
Demasiado fácil.
—Aquí estamos —dijo el conductor.
—Déjame aquí.
Adrián bajó del vehículo.
Caminó hacia la entrada.
La puerta estaba abierta.
Entró.
—¡Leo!
Su voz resonó por el lugar.
Nada.
Adrián avanzó lentamente.
Entonces escuchó una pequeña voz.
—¿Papá?
Adrián se quedó inmóvil.
Era Leo.
—¡Leo!
Corrió hacia el sonido.
Al doblar el pasillo encontró una puerta entreabierta.
La abrió.
Leo estaba allí.
Sentado en una silla, pero tranquilo.
Cuando vio a Adrián, su rostro cambió completamente.
—¡Papá!
Adrián sintió que el corazón se le detenía.
Se acercó rápidamente y se arrodilló frente a él.
—¿Estás bien?
Leo asintió.
—Sí.
Adrián lo abrazó con fuerza.
Por primera vez desde que había descubierto que aquel niño era suyo, pudo sentirlo cerca.
—Te prometo que nunca volverán a separarnos.
Leo apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Yo sabía que ibas a venir.
Adrián cerró los ojos.
—¿Cómo?
—Porque mamá dijo que eras serio, pero yo creo que eres bueno.
Adrián soltó una pequeña sonrisa.
—Tu mamá tenía razón en una cosa.
—¿En cuál?
—Soy bastante serio.
Leo sonrió.
Pero entonces Adrián escuchó un ruido.
Se levantó inmediatamente.
—Quédate aquí.
—Pero...
—Leo, confía en mí.
El niño asintió.
Adrián salió al pasillo.
Una figura apareció al fondo.
—Sabía que vendrías.
Adrián reconoció aquella voz.
—Sebastián.
Su primo salió lentamente de las sombras.
Adrián lo miró con incredulidad.
—¿Tú hiciste esto?
Sebastián sonrió.
—Digamos que simplemente estoy tratando de proteger lo que pertenece a nuestra familia.
—No vuelvas a acercarte a mi hijo.
La expresión de Sebastián cambió.
—¿Tu hijo?
Adrián dio un paso adelante.
—Sí. Mi hijo.
Sebastián soltó una breve risa.
—Entonces finalmente aceptaste la verdad.
—¿Qué quieres?
—Lo mismo que quería tu padre.
Adrián frunció el ceño.
—No metas a mi padre en esto.
—Tu padre sabía que Leo existía mucho antes de que tú lo supieras.
Adrián sintió que la rabia crecía dentro de él.
—¿Por qué?
Sebastián sacó un sobre de su chaqueta y lo dejó sobre una mesa.
—Ábrelo.
Adrián no apartó la mirada de él.
—Primero dime dónde está el resto de las personas involucradas.
—Siempre tan impaciente.
—¿Dónde está la mujer que amenazó a Valentina?
Sebastián sonrió.
—Más cerca de lo que imaginas.
Antes de que Adrián pudiera responder, escuchó un grito.
—¡Adrián!
Era Valentina.
Adrián se giró.
Ella entró corriendo al edificio.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él.
—Vine por Leo.
—Te dije que te quedaras.
—¡Es mi hijo!
Sebastián observó la escena con una sonrisa extraña.
—Qué conmovedor.
Valentina lo miró.
Y entonces su expresión cambió.
—Yo te conozco.
Sebastián levantó una ceja.
—¿Estás segura?
Valentina retrocedió un paso.
De pronto recordó aquella noche de hacía cinco años.
El hospital.
La lluvia.
La mujer con el anillo de Montenegro.
Y un hombre que había permanecido dentro de un automóvil observándola desde lejos.
El rostro de aquel hombre comenzaba a aparecer en su memoria.
—Tú...
Sebastián dejó de sonreír.
—Parece que finalmente lo recuerdas.
Adrián miró a Valentina.
—¿Lo conocías?
Valentina negó lentamente.
—No directamente.
—Entonces, ¿por qué lo recuerdas?
Ella tragó saliva.
—Porque él estaba allí cuando me fui de la ciudad.
El silencio cayó sobre los tres.
De repente, una puerta se cerró detrás de ellos.
Adrián reaccionó inmediatamente y tomó a Leo de la mano.
—Nos vamos.
Pero Sebastián no intentó detenerlos.
Solo dijo:
—Puedes llevarte al niño, Adrián.
Adrián se detuvo.
—¿Qué significa eso?
Sebastián levantó el sobre.
—Porque Leo nunca fue el objetivo final.
Valentina palideció.
—Entonces, ¿qué quieren?
Sebastián miró directamente a Adrián.
—Quieren que descubras quién eres realmente.
Adrián abrió el sobre.
Dentro había documentos antiguos, fotografías y una copia de un testamento.
Pero había algo más.
Una fotografía de Valentina embarazada.
Al lado de ella aparecía una mujer.
Valentina reconoció inmediatamente el rostro.
—No puede ser...
Adrián miró la fotografía.
—¿Quién es?
Valentina levantó la mirada.
—La mujer que me obligó a abandonar la ciudad hace cinco años.
Adrián observó nuevamente la fotografía.
Y sintió que la sangre se le helaba.
Porque conocía perfectamente a aquella mujer.
Era alguien en quien había confiado toda su vida.
Su propia madre.