Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Sombra del Observador y el Jardín de Cristal
La llegada de la comitiva del Reino de Valoria transformó el patio de armas de la Fortaleza de la Cumbre en un hervidero de banderas azul marino y doradas. El archiduque Roderik avanzaba al frente de una escolta ceremonial de caballeros con corazas bruñidas, cuyo metal reflejaba la tenue luz dorada de la tarde. Sin embargo, Manuel no bajó al patio a recibir a la delegación extranjera en la escalinata principal, como dictaba la estricta etiqueta cortesana de Eldamar.
En su lugar, el joven rey permaneció erguido tras las arquerías en penumbra del corredor superior de la Torre de Vigía. Oculto por el claroscuro de las columnas de granito y la amplia capucha de su manto de lana oscura, observaba la escena como un vigilante silencioso.
—Sire, los heraldos aguardan vuestra señal en el Gran Salón —susurró el anciano Caelen, apareciendo con pasos inaudibles tras el monarca—. Los representantes de Valoria esperan el protocolo habitual de la corona.
—Aguardarán un momento más, Caelen —respondió Manuel sin apartar la mirada del patio—. En las audiencias oficiales los hombres visten máscaras perfectas y las mujeres recitan discursos ensayados por sus cancilleres. Prefiero observar los rostros cuando creen que nadie relevante los examina.
Fue entonces cuando la vio.
Al lado del carruaje principal, descendió la hija menor del archiduque, la joven Valeria. Llevaba un vestido sencillo de seda verde esmeralda y un manto liviano sobre los hombros. Su cabello, de un rubio cálido como el trigo maduro antes de la cosecha, caía en suaves ondas sobre su espalda. Pero no fue su prestancia lo que detuvo el aliento del soberano, sino la expresión de su rostro. Mientras los diplomáticos y consejeros que la acompañaban observaban los muros del castillo con recelo y calculador interés, Valeria miraba los balcones y los rosetones con una curiosidad transparente y genuina.
Al rozar la brisa su rostro, la joven esbozó una sonrisa franca y serena. Para Manuel, que había crecido rodeado por la frialdad de su padre y la desesperación de su madre, contemplar aquella mirada fue como sentir el primer rayo de sol de primavera tras un invierno implacable. Su pecho experimentó un vuelco de calidez tan repentino que, afuera en el cielo, un manto de nubes grises se disipó ligeramente, dejando pasar un haz de luz dorada que iluminó la muesca del mirador.
Manuel dio un paso atrás, asustado de su propia reacción. Se llevó una mano al pecho para aplacar el acelerado ritmo de su corazón.
«No debo ilusionarme», se repitió a sí mismo con amargura, cerrando los puños. «Otras han sonreído con la misma dulzura antes de solicitar privilegios comerciales o títulos inmobiliarios para sus familias. No juzgaré la pureza de sus intenciones hasta haber hablado con ella fuera del teatro cortesano».
Dominando sus emociones con un esfuerzo consciente para no alterar el clima recién serenado, Manuel indicó a Caelen que condujera a la delegación a sus aposentos de invitados en la ala oriental del palacio.
Mientas los visitantes se acomodaban y los sirvientes trasladaban los baúles de la comitiva, Manuel buscó refugio en el único rincón del castillo donde su mente hallaba descanso verdadero. En lo profundo del ala norte, oculto tras un pasaje olvidado del ala residencial, se erigía el Jardín de Cristal. Era un santuario botánico mandado a construir en secreto por su difunta madre, la reina Yvaine, décadas atrás. Protegido por una majestuosa cúpula de vidrio que filtraba el granizo y la lluvia, el jardín albergaba cientos de plantas exóticas, orquídeas de Solaria y lirios plateados que el propio Manuel cultivaba con sus manos desde la adolescencia.
El rey se despojó del pesado manto real, vistió una túnica holgada de lino desgastado y tomó las tijeras de podar y la azadilla de metal. Manipular la tierra, podar las hojas secas y sentir el aroma silvestre de los brotes era el único remedio que le permitía silenciar el constante murmullo de la responsabilidad.
Repentinamente, la pesada puerta de roble y bronce del jardín se abrió con un leve chirrido de bisagras.
Manuel se congeló con las tijeras en la mano. Nadie, salvo Caelen, conocía la existencia de aquel pasadizo.
Al girarse entre los arbustos de jazmín, vio a Valeria. La joven había decidido alejarse de la sofocante vigilancia de los guardias de su padre y, al perderse por la red de pasillos antiguos del pabellón norte, había empujado la puerta de cristal por mera casualidad.
Al notar la presencia del joven rey —que vestía una túnica sencilla manchada de tierra y tenía las mangas arremangadas—, Valeria ahogó un pequeño gesto de sorpresa y se llevó la mano al pecho.
—¡Oh! Perdonadme... no pretendía interrumpir —dijo la joven con tono suave, dando un paso atrás con timidez—. Me desorienté en los corredores buscando un poco de aire fresco y encontré esta puerta. ¿Es este el invernadero privado de palacio?
Manuel contuvo el aliento. A solo unos pasos de distancia, sus ojos color avellana brillaban con una luz viva. Era aún más hermosa de cerca; no llevaba joyas recargadas ni el rostro cubierto por los cosméticos pesados de la aristocracia.
—No hay nada que perdonar, milady —respondió Manuel con voz grave pero pausada, procurando mantener un tono humilde—. Este lugar suele estar desierto a esta hora.
Valeria observó la túnica sencilla de Manuel, las manos cubiertas por un ligero polvo de tierra y las herramientas que sostenía. Una sonrisa franca iluminó sus labios.
—Sois el jardinero de la fortaleza, ¿verdad? —preguntó ella con amabilidad genuina—. Mi padre me advirtió que la fortaleza era un lugar austero y gris, pero este jardín es maravilloso. Tenéis un talento increíble para mantener vivas estas flores tan delicadas bajo este clima tan incierto.
Manuel dudó por una fracción de segundo. Decir la verdad en ese instante significaría ver aparecer de inmediato la rigidez de la etiqueta, la reverencia ensayada y la cautela política en el rostro de la joven. Por primera vez en su vida, deseó ser visto simplemente como un hombre, no como el monarca portador de la maldición.
—Me llamo Manuel —dijo sencillamente, inclinando ligeramente la cabeza.
—Es un placer, Manuel. Yo soy Valeria —respondió ella, acercándose unos pasos hacia un macizo de lirios plateados—. ¿Cómo lográis que los brotes de Solaria florezcan tan lejos del sur? En mi hogar, el aire es cálido, pero aquí he oído que las heladas pueden caer en cuestión de minutos.
Manuel sonrió de forma genuina, algo que no hacía en años.
—Estas plantas requieren paciencia y atención constante —explicó él, mostrándole cómo recortar el tallo sin dañar la raíz—. No responden al miedo ni a la prisa. Si les das el espacio adecuado y proteges sus raíces, resisten incluso la tormenta más dura.
Pasaron el resto de la tarde conversando sobre la flora de Valoria, los secretos del cultivo y la belleza de las plantas que crecían contra todo pronóstico. La conversación fluyó de manera cálida y placentera, desprovista de lisonjas, intereses ocultos o rigidez cortesana.
Cuando el sol comenzó a ponerse en el horizonte, una brisa suave, tibia y apacible recorrió los tejados y las calles de Eldamar. En los mercados y plazas, los ciudadanos miraron al cielo sorprendidos: era un aire primaveral sereno y reconfortante que no se sentía en la capital desde hacía meses.