Para el mundo, Ada Medina de 35 años es una ingeniera en sistema muy exitosa en un campo dominado por hombres, pero para su familia, es solo la hermana que nunca superó a su amor de la infancia Sebastián Hernández, sin embargo, bajo la sombra de la etiqueta de “pagafantas” que su hermana Victoria con malicia se encargó de difundir, la realidad es que Ada guarda un secreto.
Desde hace años Ada vive un romance clandestino con Damián Hernández un valiente bombero de 37 años, y hermano mayor de Sebastián.
Al ser ambos los eternos postergados y los “segundos” de sus respectivas familias, han preferido mantener en secreto su “vínculo” bajo la imagen de una simple amistad para evitar el estallido de conflictos muy dolorosos.
Pero el silencio tiene un límite y Ada está a punto de demostrar que no es el plan B de nadie, y que el amor de su vida siempre estuvo ahí, esperando el momento adecuado para salir a la luz.
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Capítulo XV:Justicia en la sombra
Tras el estallido de violencia, la atmosfera en el lugar se volvió muy densa, cargada de un resentimiento que terminó por fragmentar la poca unidad familiar que quedaba.
Gerardo, respiraba con dificultad y se sentía muy frustrado al verse privado de disciplinar a Ada por la interferencia de Mateo, así que descargó su rabia tomándola del brazo con saña y la arrastró con violencia escaleras arriba, cruzaron el pasillo mientras Ada intentaba inútilmente zafarse de su doloroso agarre.
Llegaron a la puerta de su habitación, y la empujó con tanta fuerza que fue una verdadera bendición que la puerta estuviera entreabierta; o de lo contrario, el cuerpo menudo de la joven se habría estrellado de lleno contra la madera.
—Si haces una sola cosa más… —le advirtió Gerardo, con la voz cargada de ira, señalándola con el dedo—No respondo por lo que pueda hacerte. ¡Quédate ahí!
Con la violenta salida de Ada, la dinámica en la sala cambió de forma inesperada, porque Mónica, a pesar de ser una mujer muy desagradable y manipuladora, amaba con genuina devoción a sus propios hijos; y al presenciar la brutalidad descontrolada de Gerardo en contra de Mateo, sintió un profundo desdén brotar en su pecho hacia su esposo.
—Estoy harta de decirte que no te metas —dijo Mónica con inusual dulzura.
Mónica escoltó a su hijo para alejarlo del peligro y en silencio estaba sorprendida de su valentía, sabía de los comentarios crueles de Victoria porque era más del tipo artístico y menos dado a actividades deportivas, pero esta noche le demostró que el delgado chico era muy aguerrido cuando se lo proponía.
Acto seguido, Mónica se giró hacia Victoria, y por primera vez en su vida le habló con una dureza implacable a la joven consentida.
—Te vas a tu habitación, ahora mismo —le ordenó, cerrándole el paso con el cuerpo—Estás castigada y no tienes permitido salir hasta el día del examen de admisión.
Mónica no solo estaba furiosa con Ada por haber destapado el fraude; sino con Victoria por ser tan idiota y arruinar su futuro y, sobre todo, por haberse puesto en evidencia de una forma tan torpe ante la mente fría y calculadora de su media hermana.
—Mamá, yo no hice nada, soy inocente de lo que me acusa esa arpía —lloriqueó Victoria, esquivando la mirada incisiva de Mónica.
—Las dos sabemos perfectamente que estás mintiendo… Solo espero, por tu propio bien, que al menos hayas sido precavida —sentenció Mónica, ignorando sus quejas mientras continuaba guiando al adolorido Mateo hacia su cuarto.
Y sin mirar atrás luego de asegurarse que sus hijos estaban en sus habitaciones fue a la suya dejando a Gerardo completamente solo en la planta baja.
Gerardo buscaba apaciguar su ira y se sirvió un vaso de whisky puro, se sentó en el sofá de la sala, encendió la televisión y sintonizó una serie, intentando concentrarse mientras bebía de su vaso en silencio, ajeno por completo a la tormenta en motocicleta que ya devoraba la carretera en dirección a su puerta.
El ambiente en la casa de los Hernández no era mejor, incluso podría decirse que era muy asfixiante y cargado de mucha tensión, Pamela amaba profundamente a Sebastián, pero había un límite que no debía cruzar y ante lo cual era inflexible, y, era que, bajo ninguna circunstancia, toleraba la mediocridad académica.
Esa era la razón por la cual siempre había tenido una relación tan distante con Damián, cuyas inclinaciones prácticas y alejadas del estándar intelectual de la familia le causaban tanto disgusto.
Esta noche por primera vez Pamela confrontó a su hijo Sebastián con disgusto, despojándose de la imagen de mujer sofisticada que tanto la caracterizaba.
Sin embargo, Sebastián, profundamente malcriado y acostumbrado a ser el consentido de la casa, no reaccionó con la sumisión que ella esperaba, sino que, en su lugar, respondió a los reclamos con una insolencia descarada.
—Ya no soy un niño para que puedas controlarme la vida, mamá—le espetó, cruzándose de brazos con suficiencia.
—¡Estás destruyendo tu futuro por una chica conflictiva, ordinaria y sin ningún tipo de aspiración real! —le reclamó Pamela, con la voz temblorosa por la indignación.
—Mamá, Victoria no es así … Ella solo está bajo mucha presión— dijo con voz dudosa.
—¡Sebastián, te rebajaste a participar en un burdo fraude escolar solo por seguirle el juego a Victoria! ¡No puedo creer que te estés arrastrando a su nivel de esa manera!
Por desgracia Sebastián estaba atrapado en esa fase de rebeldía propia de la juventud así que soltó una risa amarga y despectiva para herirla.
—Victoria es mil veces más divertida que la pagafantas de Ada —replicó, usando el mismo término despectivo que su novia empleaba— Estoy harto de que me la quieras imponer, y no pienso continuar con la farsa de que Ada “me gusta” solo para complacer tus expectativas de la nuera ideal, ella demasiado aburrida, y predecible. Yo elijo con quién estar.
Las palabras de su hijo menor fueron un golpe directo al orgullo de Pamela, y sentía que el suelo se abría bajo sus pies, estaba al borde de un colapso nervioso ante el absoluto descaro de Sebastián, su hijo perfecto no solo había manchado su historial perfecto por seguir a una manipuladora, sino que despreciaba a la brillante y recta Ada, la única joven que ella apoyaba para que entrara a su familia como esposa de su hijo favorito.
—No te atrevas a hablar de esa manera de Ada —le advirtió Pamela, conteniendo la rabia—Además, está decidido que se irán a estudiar juntos a la universidad.
Sebastián soltó una fría carcajada porque no deseaba estudiar ingeniería en sistema, eso solo era idea de su madre apoyada por la pegajosa de Ada.
—Olvídate de esa tonta idea, mamá, porque no voy a ir a esa universidad —sentenció él con malicia—Voy a estudiar Finanzas en la ciudad capital.
La situación terminó de salirse de control cuando Pamela escuchó sus palabras y revisando los documentos se dio cuenta de que era verdad, Sebastián, a escondidas y para complacer los caprichos de Victoria, había cambiado su opción de carrera y la postulación universitaria para la que tanto se había preparado, arruinando el plan de vida que ella le había diseñado minuciosamente.
—Maldición, Sebastián… Esa zorrita debe ser muy buena en la cama para que hayas olvidado tus principios de esa manera —escupió Pamela, sintiendo que las sienes le palpitaban con una furia ciega, incapaz de reconocer al monstruo que ella misma había malcriado.
Por su parte Ada se encontraba en su habitación, asimilando el dolor punzante en su brazo, estaba magullado y lleno de moretones y se limpiaba sus lágrimas con impotencia con el dorso de su mano.
—Cada vez falta menos tiempo —susurró en medio de sus sollozos, aferrándose a la promesa de su pronta libertad.
La residencia de los Medina permanecía en silencio y antes de que transcurrieran las tres horas, el violento estruendo de una motocicleta rasgó la quietud de la calle, seguido casi de inmediato por el firme e insistente sonido de alguien golpeando a la puerta principal.
Gerardo, ligeramente aturdido por el alcohol y asumiendo que se trataba de un vecino, se puso de pie y de mala gana abrió la puerta.
Fue como si mismísimo infierno se hubiera desatado, porque Damián entró como una tromba, sin ser invitado, y, sin decir una sola palabra de advertencia, con la velocidad de un felino se acercó y le propinó dos golpes certeros en el rostro.
El impacto fue tan brutal que el aire abandonó los pulmones de Gerardo de inmediato y el hombre desorientado y con la boca ensangrentada, cayó de rodillas sobre la alfombra.
Damián se quedó de pie sobre él, mirándolo desde la altura de su imponente físico, mientras Gerardo se sostenía su adolorido rostro, realmente estaba aterrado y experimentó una sensación que no creía poder sentir, una humillación total al verse sometido en su propia casa, por alguien más joven y fuerte que él.
Ada escuchó los gritos, y el sonido seco de los golpes, lo cual la obligaron a salir al pasillo, bajó al primer piso con pasos muy silenciosos, se detuvo justo en el último escalón, se mantuvo oculta en las sombras, ya que desde ese punto estratégico tenía una vista perfecta de la sala.
A pesar de que pudo haber intervenido, porque con su agudeza mental, y con un par de palabras habría bastado para convencer a Damián de detenerse la verdad es que no quiso hacerlo.
Porque mientras observaba a su padre de rodillas, un pensamiento muy oscuro y reprimido por muchos años salió a la luz y es que resentía mucho a Gerardo, y verlo allí despojado de su prepotencia y siendo sumiso, le provocó una extraña sensación de satisfacción.
Ada tenía ocho años cuando su madre falleció, y esa es una edad más que suficiente para recordarla perfectamente, ella fue testigo de su dolor, de sus lágrimas silenciosas y de la lenta destrucción de su espíritu bajo el yugo de Gerardo y Mónica.
Y esa era la razón por la cual jamás podría llevarse bien con Mónica o Victoria porque ellas representaban la usurpación y la crueldad en contra de su madre.
Con Mateo, en cambio, la historia era distinta, porque ese chico de quince años era lo único que la sostenía en pie en medio de la hostilidad de esa casa, y el único rastro de humanidad que le quedaba en su entorno familiar.
Ada en un acto de total indiferencia hacia el destino de su padre, se dio la media vuelta y regresó a su habitación con la misma discreción que había bajado y cerró la puerta con suavidad.
Mientras apoyaba su espalda contra la puerta, pensó con frialdad que, después de todo, ella no era la única residente del lugar; si Gerardo necesitaba ayuda, que la buscara en las personas que siempre solapaban sus abusos.
—Damián no se va a exceder —murmuró para sí misma, regulando su respiración.
hermosa me encantó 💕
en ningún momento ella se dejó almedendrar x esos atorrantes poca cosa , dejan mucho q desear como personas especialmente el padre