🌙 LOS NOCTARYS 🌙
Libro I: Marcada por la Luna Negra
La noche de su cumpleaños número dieciocho, Ayla descubre una marca imposible en su piel.
Una marca que la señala como parte de una raza antigua que jamás debió existir.
Los Noctarys.
Nacidos de la oscuridad de una estrella caída, ocultos entre los humanos durante siglos y condenados por una profecía que podría destruir su mundo.
Cuando Ayla conoce a Kael, el misterioso heredero de los Noctarys, algo despierta entre ellos.
Una conexión imposible.
Un destino escrito mucho antes de que nacieran.
Pero la profecía es clara:
Si el heredero y la marcada se enamoran, la Luna Negra despertará... y todo aquello que aman desaparecerá.
Entre secretos, traiciones, poderes prohibidos y una guerra que se acerca, Ayla deberá decidir si está dispuesta a desafiar al destino.
Porque algunas historias de amor están destinadas a salvar un mundo.
Y otras...
A destruirlo.
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Capítulo 12: El Rey del Vacío
El silencio cayó sobre el campo de batalla.
Miles de Noctarys levantaron la vista.
Miles de Umbrarys hicieron lo mismo.
Nadie atacó.
Nadie respiró.
La gigantesca figura descendía lentamente desde la segunda grieta.
Sus alas negras cubrían el cielo.
La armadura de obsidiana reflejaba la tenue luz de las tres lunas.
Y sus ojos...
Sus ojos blancos parecían observar el alma de cada ser vivo.
El hombre de ojos rojos retrocedió un paso.
Por primera vez desde que Ayla lo conocía...
Tenía miedo.
Miedo verdadero.
—No...
Él no debía despertar.
El Primer Rey apretó con fuerza su espada.
—Entonces la profecía era cierta.
Kael permanecía inmóvil junto a Ayla.
—¿Quién es?
El Primer Rey respiró profundamente.
Como si pronunciar aquel nombre fuera un pecado.
—Es Narek...
El Rey del Vacío.
La criatura aterrizó lentamente sobre las ruinas de una de las torres del castillo.
El impacto hizo temblar todo el reino.
Las murallas comenzaron a agrietarse.
El suelo se abrió en enormes grietas.
Los soldados apenas lograban mantenerse de pie.
Narek observó el campo de batalla.
No parecía enojado.
No parecía feliz.
Simplemente...
Parecía aburrido.
Como si aquella guerra no significara nada para él.
Entonces habló.
Su voz era profunda.
Antigua.
Parecía provenir de todas partes al mismo tiempo.
—Después de mil años...
Siguen peleando por la misma mentira.
El silencio fue absoluto.
Ayla sintió un escalofrío.
Aquellas palabras eran extrañas.
Pero, de alguna manera, parecían sinceras.
Narek levantó lentamente una mano.
Toda la batalla se detuvo.
Las espadas quedaron suspendidas en el aire.
Las flechas dejaron de avanzar.
Incluso el fuego dejó de moverse.
El tiempo se había detenido.
Excepto para cuatro personas.
Ayla.
Kael.
El Primer Rey.
Y el hombre de ojos rojos.
Ayla abrió los ojos sorprendida.
—¿Qué hizo?
El Primer Rey respondió sin apartar la vista del gigante.
—Está controlando el tiempo.
Kael dio un paso al frente.
—Eso es imposible.
—Para él...
No.
Narek descendió lentamente hasta quedar frente a Ayla.
La diferencia de altura era inmensa.
Y aun así, cuando habló...
Lo hizo con una calma inesperada.
—Has crecido.
Ayla sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Me conoces?
—Mucho antes de que nacieras.
La joven negó lentamente.
—Eso no puede ser.
Narek sonrió apenas.
—Todos ustedes creen que el tiempo es una línea.
Pero para mí...
Todo ocurre al mismo tiempo.
Puedo verte cuando eras una niña.
Cuando aún no habías nacido.
Y también puedo verte...
El día de tu muerte.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Ayla.
Kael dio un paso adelante.
—No vuelvas a acercarte a ella.
Narek lo observó apenas un segundo.
Y sonrió.
—Sigues intentando salvarla.
Como siempre.
Kael frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Lo descubrirás.
El hombre de ojos rojos caminó lentamente hacia Narek.
Por primera vez parecía dispuesto a enfrentarlo.
—No permitiré que la toques.
Narek bajó la mirada.
—Sigues creyendo que puedes cambiar el destino.
—Lo intentaré las veces que haga falta.
Una sonrisa apareció en el rostro del gigante.
—Ya lo intentaste.
Cientos de veces.
El hombre de ojos rojos quedó inmóvil.
Ayla observó la escena confundida.
—¿Qué quiere decir?
Narek la miró.
—Todavía no recuerdas.
Pero ellos sí.
El Primer Rey cerró los ojos.
Kael bajó la cabeza.
Nadie discutió aquellas palabras.
Y ese silencio fue suficiente.
Porque significaba que eran ciertas.
La marca de Ayla comenzó a arder.
Mucho más que antes.
La joven cayó de rodillas.
Una nueva visión apareció.
Esta vez era diferente.
Mucho más clara.
Vio el mismo castillo.
La misma guerra.
Las mismas tres lunas.
Pero había una diferencia.
Ella llevaba una enorme corona negra.
Y Kael...
Estaba a su lado.
Tomándola de la mano.
Ambos sonreían.
Parecían felices.
Entonces todo cambió.
El cielo se rompió.
La Luna Negra explotó.
Y el reino desapareció entre las llamas.
La visión terminó de golpe.
Ayla abrió los ojos llorando.
—¿Qué fue eso?
Narek respondió con tranquilidad.
—Un futuro.
Kael negó inmediatamente.
—¡No!
—¿No?
Narek volvió a sonreír.
—¿Cuántas veces intentaste evitarlo?
El heredero guardó silencio.
—¿Diez?
¿Cien?
¿Mil?
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Kael.
Ayla nunca lo había visto así.
Jamás.
—¿De qué está hablando?
Kael respiró con dificultad.
Y finalmente dijo la verdad.
—Porque esta...
No es la primera vez que vivimos esta historia.
El mundo pareció detenerse.
Ayla sintió que el aire desaparecía.
—¿Qué?
El hombre de ojos rojos cerró los ojos.
El Primer Rey bajó la cabeza.
Y Kael terminó la frase que cambiaría toda la saga.
—Hemos intentado salvarte una y otra vez...
Pero siempre termina igual.
El silencio fue absoluto.
Narek levantó lentamente una mano hacia Ayla.
Y pronunció unas palabras que hicieron temblar el reino entero.
—Bienvenida...
Al último ciclo.
Continuará...