Loretta, condesa Russell. Tiene otra oportunidad para arreglar su matrimonio y salvar a su hijo que lleva en su vientre
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Capítulo 1: La Primera Vida. El Arrepentimiento.
Loretta tenía diecinueve años cuando se convirtió en la Condesa de Russell.
La boda fue grandiosa, exactamente como correspondía a la unión entre una familia noble tradicional y el hombre más respetado del norte. Todos hablaban de la fortuna de Loretta. Todos la envidiaban.
Porque Carter de Russell era joven para su posición, poderoso, rico y admirado incluso por quienes le temían.
Loretta también lo encontró atractivo.
Era imposible no hacerlo.
Su cabello rubio brillaba bajo la luz, sus ojos azules parecían siempre tranquilos y su rostro tenía una belleza que llamaba la atención en cualquier lugar. Sin embargo, aquella apariencia quedaba opacada por algo más fuerte: su presencia.
Carter era un hombre acostumbrado a liderar soldados.
Su voz era firme.
Su espalda permanecía recta.
Sus movimientos eran precisos.
Y precisamente por eso la intimidaba.
Mientras las demás jóvenes soñaban con un esposo así, Loretta sentía que vivía junto a un desconocido imposible de comprender.
La diferencia de edad tampoco ayudaba.
Ella era una muchacha orgullosa, caprichosa y mimada.
Él tenía treinta y dos años cuando se casaron, una edad en la que ya había sobrevivido a guerras, negociaciones y pérdidas que ella ni siquiera imaginaba.
Nunca discutían.
Tampoco conversaban demasiado.
Simplemente coexistían.
Carter intentó acercarse durante los primeros meses.
La invitó a recorrer el territorio.
Le mostró los proyectos agrícolas.
Preguntó por sus gustos.
Incluso mandó traer libros que creyó que podrían interesarle.
Loretta respondió con educación, pero con distancia.
Creía que aquel matrimonio era una obligación.
Creía que él la veía como una responsabilidad más.
Creía muchas cosas.
Y ninguna era cierta.
Con el tiempo, Carter dejó de insistir.
Jamás la trató mal.
Jamás levantó la voz.
Jamás exigió afecto.
Simplemente retrocedió.
Aquello alimentó aún más la inmadurez de Loretta.
Si él no insistía, entonces significaba que tampoco le importaba.
Si él pasaba largas temporadas entrenando soldados, significaba que prefería estar lejos.
Si permanecía horas trabajando en su despacho, era porque ella le resultaba indiferente.
Pensamientos infantiles que jamás cuestionó.
Los años pasaron.
Y la distancia entre ambos creció.
Hasta que llegó aquella noche.
La única.
Una celebración militar terminó más tarde de lo esperado. Había vino, música y un ambiente relajado poco habitual en la mansión.
Loretta recordaba cada detalle.
Recordaba la forma en que Carter la observó.
Recordaba cómo él le preguntó varias veces si estaba segura.
Recordaba sus manos temblando.
Recordaba el deseo.
Y recordaba algo más.
La ternura.
Porque aquella noche Carter la trató como si fuera algo muy valioso.
A la mañana siguiente, avergonzada por emociones que no entendía, volvió a levantar sus muros.
Él no dijo nada.
Nunca dijo nada.
Pocas semanas después llegó la orden real.
La guerra fronteriza había comenzado.
Carter debía partir.
La despedida fue fría.
Dolorosamente fría.
Ella apenas lo miró cuando montó a caballo.
Él tampoco expresó mucho.
Solo inclinó la cabeza.
—Volveré pronto.
—Lo esperaré aquí, mi Lord.
Esas fueron las últimas palabras que intercambiaron.
Meses después llegó la noticia.
El Conde Carter de Russell había muerto durante una campaña militar.
Loretta creyó que había escuchado mal.
Repitieron la noticia.
Después una tercera vez.
Y finalmente comprendió.
Carter estaba muerto.
Muerto.
La palabra destrozó algo dentro de ella que no creía que existía.
Durante días permaneció encerrada.
Durante semanas apenas comió.
Y durante meses vivió atrapada en recuerdos que antes ignoraba.
Las veces que él la esperó para cenar.
Los regalos que nunca agradeció.
Las cartas que respondió con indiferencia.
Las oportunidades desperdiciadas.
Era demasiado tarde para todo.
Demasiado tarde para conocerlo.
Demasiado tarde para preguntarle qué sentía.
Demasiado tarde para decirle que empezaba a extrañarlo. Porque la costumbre de haber convivido en esa casa era más fuerte que otra cosa.
Cuando descubrió su embarazo ya estaba hundida en el dolor. Tiene la fecha exacta de aquella noche.
Cinco meses. No sé notaba mucho y tampoco sintió los síntomas. Pero aquel hijo era lo único que quedaba de Carter.
Y justamente por eso se convirtió en un objetivo.
La rama secundaria de la familia Russell actuó con rapidez.
El Barón Julian Russell apareció acompañado de abogados y aliados políticos.
Su expresión transmitía una tristeza tan falsa que resultaba insultante.
—Es una situación desafortunada, Lady Loretta.
Ella lo miró con odio.
—¿Qué quiere?
—El condado necesita estabilidad.
—Estoy embarazada del heredero.
—Todavía no ha nacido.
Aquella frase fue suficiente para entenderlo todo.
Julian no pensaba esperar.
Beatrice tampoco.
La joven noble visitó la mansión pocos días después.
Entró con una sonrisa elegante.
—Debes estar pasando por momentos difíciles.
Loretta quiso echarla.
No tuvo oportunidad.
Los sirvientes ya no la obedecían.
Muchos trabajaban para otros intereses desde hacía tiempo.
Cuando finalmente la expulsaron de la mansión, nadie la defendió.
Nadie.
La Condesa de Russell abandonó sus tierras con pocas monedas, ropa sencilla y un hijo creciendo dentro de su vientre.
Los siguientes meses fueron un infierno.
Pasó hambre.
Pasó frío.
Vendió joyas.
Vendió vestidos.
Vendió todo.
Algunas noches dormía en establos.
Otras bajo techos rotos.
Cada día repetía la misma promesa.
Sobrevivir.
Debía sobrevivir por su hijo.
Cuando comenzaron los dolores del parto estaba sola.
Completamente sola.
Una anciana viuda la ayudó en una pequeña casa cerca de un pueblo olvidado.
Fueron horas interminables.
Horas de sufrimiento.
Horas de miedo.
Hasta que finalmente escuchó el llanto.
Loretta rompió a llorar.
Porque lo vio.
Y porque era igual a su padre.
Tenía el mismo cabello dorado.
Los mismos ojos azules.
La misma expresión tranquila.
Incluso recién nacido parecía una versión diminuta de Carter.
—Hola... —susurró ella mientras lo abrazaba—. Hola, mi amor.
Aquella fue la etapa más feliz y más dolorosa de su vida.
Feliz porque tenía a su hijo.
Dolorosa porque no podía darle lo que necesitaba.
El invierno llegó demasiado pronto.
La comida escaseó.
Las medicinas eran caras.
Y el niño enfermó.
Al principio parecía una simple fiebre.
Después empeoró.
Loretta recorrió pueblos enteros buscando ayuda.
Vendió las últimas pertenencias que conservaba.
Suplicó a médicos.
Lloró ante boticarios.
Nadie tenía una cura.
Nadie sabía cómo salvarlo.
Las noches se volvieron eternas.
Ella permanecía sentada sosteniéndolo contra su pecho.
Rezaba.
Lloraba.
Le contaba historias.
Le hablaba de su padre.
—Tu papá era un hombre bueno.
El pequeño respiraba con dificultad.
—Era valiente. Y yo no supe valorarlo.
Las lágrimas corrían por sus mejillas. Lamentablemente se había dado cuenta muy tarde de lo que perdió.
—Y tú te pareces mucho a él.
La enfermedad siguió avanzando.
Implacable.
Hasta aquella madrugada.
Loretta comprendió que algo estaba mal apenas abrió los ojos.
Su hijo ya no lloraba.
Ya no se movía.
El silencio llenó la habitación.
Un silencio insoportable.
—Cariño...
Lo sostuvo con cuidado.
—Cariño...
No hubo respuesta.
Loretta comenzó a temblar.
—No.
Sacudió la cabeza.
—No, no, no...
Lo abrazó con fuerza.
Intentó calentarlo.
Intentó despertarlo.
Intentó convencer al mundo entero de que aquello no estaba ocurriendo.
Pero ocurrió.
Su hijo murió entre sus brazos.
Y una parte de ella murió con él.
Durante días caminó sin rumbo.
Sin saber qué hacer.
Sin saber adónde ir.
Había perdido a Carter.
Había perdido a su hijo.
Había perdido su hogar.
Había perdido todo.
Terminó llegando a un templo abandonado en las afueras de un camino olvidado.
Las paredes estaban agrietadas.
El techo apenas resistía.
No quedaba nadie allí.
Solo silencio.
Loretta se arrodilló frente a una estatua cubierta de polvo.
Sus brazos rodeaban una pequeña manta vacía.
La misma manta que había pertenecido a su bebé.
Las lágrimas ya ni siquiera salían con facilidad.
Estaba agotada.
Vacía.
Rota.
—Lo siento.
Su voz apenas fue un susurro.
—Lo siento mucho.
Cerró los ojos.
—Debí ser diferente contigo.
Las imágenes de Carter aparecieron una tras otra.
Su paciencia.
Su bondad.
Su manera de observarla.
Los sentimientos que ella descubrió demasiado tarde.
—Debí decírselo.
El llanto regresó.
—Debí hacerlo.
Apoyó la frente contra el suelo.
—Si existe otra oportunidad... cualquier oportunidad...
Su respiración se volvió débil.
—Salvaré a mi hijo.
Una lágrima cayó sobre la piedra.
—Y lo querré como debí hacerlo desde el principio.
El templo quedó en silencio.
Y poco a poco, la oscuridad terminó envolviéndola. La muerte la había alcanzado.