En su primera vida, ella fue invisible.
Hija mayor de una familia rica, creció viendo cómo el amor, la protección y las oportunidades se volcaban exclusivamente sobre su hermana menor. Sus padres la culparon por errores ajenos. Sus hermanos la ignoraron. Cuando el peligro llegó a casa, no dudaron en ofrecerla como sustituta, como cebo, como sacrificio.
Murió a manos de un asesino que nunca pagó por su crimen.
Y su familia… nunca buscó justicia.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un nuevo cuerpo, en una familia poderosa donde es amada, protegida e intocable. Cuatro hermanos dispuestos a mancharse las manos por ella. Un hombre peligroso, heredero de un imperio, que la ama sin condiciones y la convierte en su esposa sin pedir explicaciones.
Con una nueva identidad y un poder que antes le fue negado, regresa para enfrentar a quienes la destruyeron. No busca perdón. No quiere respuestas.
Renació para verlos caer.
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13. El Error Más Tentador
[Isabella]
Lucien se alejó cuando sus hermanitos comenzaron a llamarlo, armando alboroto como si la fiesta fuera solo de ellos. Yo los miré irse con una sonrisa inevitable. Era imposible no hacerlo. Verlo así, relajado, rodeado de gente que lo quería de verdad, me provocaba una calidez rara en el pecho. Una que todavía no sabía cómo nombrar.
Entonces sentí una mano apoyarse en mi hombro.
Por reflejo pensé que era Thiago. Incluso sonreí antes de girarme.
Pero cuando volteé… mi sonrisa se borró por completo.
Era Adrián.
Mi antiguo hermano.
Sentí la rabia atravesarme el cuerpo como una descarga. Fue inmediato, visceral. No tuve que pensarlo. Solo verlo me provocó repulsión. Un rechazo tan profundo que me revolvió el estómago. Lo odiaba. Lo odiaba con una intensidad que no se había debilitado con la muerte ni con el tiempo. Tener un hermano como él había sido como convivir con un lobo disfrazado de oveja, uno que fingía protección mientras miraba hacia otro lado cuando realmente importaba.
Me di cuenta entonces de algo que antes no había querido aceptar: siempre había sido así. Yo solo no lo quise ver.
—Disculpa —dije, intentando apartarme—. Creo que…
No me dejó terminar.
—Señorita Valcour —dijo con una sonrisa cargada de falsa cortesía—, ¿acaso le molesta mi presencia? ¿O cree que no soy digno de dirigirle la palabra?
Tenía una mano metida en el bolsillo y la otra sostenía una copa, como si la escena fuera un juego para él. Por poco me reí. La ironía era grotesca. ¿De verdad se sentía ofendido? ¿De verdad un imbécil como él venía a hablarme de dignidad?
Lo miré y el recuerdo llegó sin permiso.
Yo era más joven. Demasiado ingenua. Estábamos en un evento, uno de esos a los que me llevaban solo para cumplir, para aparentar familia. Adrián insistió en que me quedara cerca de la barra mientras él “resolvía algo”. Me dijo que no exagerara, que no pasaba nada. Un hombre se acercó. Primero palabras amables, luego comentarios incómodos, después una mano donde no debía. Yo me congelé. No supe reaccionar. Busqué a Adrián con la mirada.
Él estaba ahí.
Vio todo.
Y no hizo nada.
Cuando por fin logré apartarme y le reclamé, su respuesta fue un golpe más duro que cualquier mano ajena. Me dijo que había sido mi culpa, que si un hombre se me acercaba así era porque yo no sabía poner límites, que era débil, que exageraba. Que no armara un escándalo.
Recordarlo todavía me daba náuseas.
Volví al presente con el corazón latiendo con violencia. Tenía ganas de gritarle todo eso en la cara, de arrancarle la máscara y dejarlo expuesto frente a todos. Pero no lo hice. No valía la pena.
Ahora no era Valeria.
Ahora no tenía que soportarlos.
Sonreí. Una sonrisa suave, educada, perfectamente ensayada.
—No se equivoque —le dije con el mismo sarcasmo medido—. No me molesta su presencia. Simplemente no me interesa.
Su sonrisa se tensó apenas.
—Solo pensé que…
—Pensó mal —lo interrumpí—. Si me disculpa, tengo cosas más agradables que hacer esta noche.
Me aparté sin darle espacio a responder. Caminé despacio, con la espalda recta, sintiendo todavía el temblor en el cuerpo.
Suspiré, convencida de que por fin me dejaría tranquila. Pero no. Sentí su mano cerrarse alrededor de la mía con una firmeza que me hizo hervir la sangre. Intenté safarme de inmediato, pero él no soltó.
—Sabes… —dijo con esa voz falsa, casi burlona— te pareces a Valeria. Mi hermano parece que no está loco. Sí te pareces a ella.
Algo se rompió dentro de mí.
La rabia subió sin aviso, caliente, violenta. Me giré hacia él sin pensar, mirándolo directo a los ojos.
—¿Y si fuera así? —le respondí con dureza—. ¿Qué te importa? Dejen de compararme con alguien muerto.
Apenas terminé la frase, su expresión cambió. El ceño se le frunció lentamente, como si una pieza no encajara.
—¿Cómo sabes que Valeria murió? —preguntó, con la voz más baja, más alerta.
En el instante en que me di cuenta de lo que acababa de decir, me solté con un tirón brusco. No respondí. No tenía que hacerlo. No iba a darle nada más.
No tuve tiempo de alejarme del todo cuando una sombra se interpuso entre nosotros.
—¿Te pasa algo en la cabeza? —la voz de Matteo sonó firme, peligrosa.
Lo vi empujar a Adrián sin esfuerzo, obligándolo a retroceder varios pasos. El golpe no fue violento, pero sí lo suficientemente claro. Thiago también se había acercado. Sus rostros no mostraban duda alguna, solo molestia pura. Habían visto el agarre. Habían visto demasiado.
—¿Te tocó? —preguntó Thiago, con los puños tensos.
Adrián intentó decir algo, pero Thiago ya estaba dando un paso al frente, listo para golpearlo. Vi su intención y reaccioné de inmediato. Me acerqué y le tomé el brazo con fuerza.
—No —dije, firme—. No vale la pena.
Thiago me miró, todavía alterado, pero se contuvo. Matteo no apartó la mirada de Adrián, como si le estuviera dejando claro que ese era el último aviso.
—No te vuelvas a acercar a ella... —dijo Matteo—. O la próxima no tendré misericordia de ti.
Adrián no respondió. Solo se acomodó la ropa, claramente molesto, y se alejó entre la gente, sin volver a mirarme.
Me quedé ahí unos segundos, respirando hondo, intentando que el temblor en mis manos desapareciera. No quería arruinar la velada. No por él. Nunca más por alguien como él.
Matteo se giró hacia mí con suavidad.
—¿Estás bien?
Asentí.
—Sí —respondí—. Gracias.
Thiago suspiró, pasando una mano por su nuca.
—No vuelvas a quedarte sola con tipos así —dijo—. Para eso estamos nosotros.
Los miré a ambos y, por primera vez, sentí algo distinto a la rabia o el miedo. Me sentí respaldada. Protegida.
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Cuando la fiesta terminó, Isabella ya no estaba allí.
Thiago no quiso que se quedara más tiempo. Sabía perfectamente cómo iba a terminar aquello si seguían compartiendo espacio con los Montoya. Y no estaba dispuesto a arruinar el evento que su madre había preparado con tanto esmero. Si dependiera de él, ya le habría partido la cara a más de uno. Pero esa noche no era para escándalos.
Así que decidió llevársela a casa temprano.
El trayecto fue silencioso. No incómodo, pero sí cargado. Al llegar a la residencia, los cuatro hermanos aparcaron sus autos casi al mismo tiempo en la entrada. Isabella entró primero, todavía con el cuerpo tenso, intentando no pensar demasiado en lo ocurrido.
—Trae el botiquín —ordenó Thiago a una de las empleadas apenas cruzaron la puerta.
No esperó respuesta. Se sentó frente a Isabella y tomó su mano con cuidado. Sacó una crema del botiquín y la aplicó con suavidad sobre la zona enrojecida donde Adrián la había sujetado. No era grave. Apenas una marca leve. Pero para ellos, era imperdonable.
Dante caminaba de un lado a otro, murmurando insultos al aire, incapaz de contener la rabia. Matteo no se quedaba atrás. Ambos parecían animales a punto de atacar, con los músculos tensos y la mirada oscura.
—¿Cómo se atrevió a tocarte? —gruñó Matteo—. Ese maldito.
—No tiene derecho —añadió Dante—. Ninguno de ellos lo tiene.
Isabella intentó calmarlos, hablándoles con voz suave, pidiéndoles que se tranquilizaran. Les decía que estaba bien, que no había pasado nada grave, que no valía la pena. Pero ellos apenas la escuchaban. Para ellos, alguien había cruzado una línea sagrada.
Alexander, que había permanecido en silencio hasta entonces, observaba la escena con el ceño fruncido. Cuando habló, su voz fue baja, firme, definitiva.
—Esto no se queda así.
Los demás se detuvieron.
—Nadie toca a mi hermana —continuó—. Nadie la incomoda, nadie la intimida y nadie se va a ir de rositas por hacerlo.
Isabella levantó la mirada hacia él. Alexander no estaba gritando. No estaba alterado. Y eso era lo que más miedo daba. Cuando hablaba así, significaba que ya había tomado una decisión.
—Descansa —le dijo, suavizando apenas el tono al mirarla—. De lo demás nos encargamos nosotros.
Isabella apretó los labios, sintiendo una mezcla extraña de alivio y preocupación.
Mientras subía a su habitación, con el corazón todavía acelerado, entendió algo con claridad absoluta.
Esta vez, no estaba sola.
Y los lobos que la rodeaban…
no estaban de su lado por obligación, sino por elección.
oye Lucien préstame a tu prima que si es adivina en todo lo que dice.. jajajaja necesito averiguar varias cosas 🤣🤣🤣🤣😅😅😅