La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Un mundo diferente
El trayecto transcurrió en un silencio sorprendentemente cómodo.
Simplemente tranquilo.
Hamlet miraba por la ventana mientras César conducía por las calles de Roma.
De vez en cuando intercambiaban alguna observación sobre el tráfico o el clima.
Nada más.
Y aquello resultaba extraño para César que estaba acostumbrado a aburrirse con Omegas que eran parlanchines.
Y si alguno le llamaba la atención normalmente era él quien dominaba las conversaciones.
Quien contaba historias.
Quien hacía reír.
Quien ocupaba el centro de atención.
Pero con Hamlet...
No sentía necesidad de llenar cada segundo con palabras.
—¿Vives muy lejos? —preguntó finalmente.
—No.
—Eso es un alivio.
—¿Por qué?
—Porque llevamos veinte minutos conduciendo. No sería bueno que llegues tarde si hay lluvia.
Hamlet soltó una pequeña risa.
La segunda que César le escuchaba en todo el día.
Y volvió a gustarle demasiado.
—Estamos cerca. A menos de diez minutos desde donde estamos.
—Ah, bueno.
—No todos vivimos en penthouses, chales y castillos.
—Lo sé. No lo dije a mal.
—Es aquí.
Finalmente el automóvil se detuvo frente a un edificio antiguo.
Era modesto y muy limpio. Pero evidentemente lejos de los barrios donde César estaba acostumbrado a moverse.
—Te espero.
—No hace falta.
—Voy al hospital contigo y te dejo allá, me sentiría mal si no completo está encomienda, además no tengo nada que hacer.
Hamlet lo miró.
—¿No tiene nada que hacer?
—Por eso estoy aquí... No tengo nada que hacer. Y esto me resulta más productivo.
Aquella lógica era absurda.
Y sin embargo, por alguna razón, Hamlet no discutió.
—Bien. Entonces suba. No hay problema en dejar el auto aquí.
Subieron.
El apartamento era pequeño.
Dos habitaciones.
Una cocina sencilla.
Muebles antiguos pero cuidados.
Todo estaba impecablemente limpio.
César observó alrededor como un gato.
No había lujos.
No había decoración extravagante.
Solo una sensación extraña de hogar.
Hamlet desapareció por un momento en una habitación.
—Siéntese donde quiera.
—Gracias.
César tomó asiento en el sofá.
Sus ojos recorrieron el lugar.
Había pocas fotografías.
Muy pocas.
Una llamó su atención.
Hamlet junto a una mujer omega de sonrisa cálida.
Probablemente su madre.
Luego otra fotografía.
La misma mujer.
Y un muchacho más trigueño que no conocía.
Cuando Hamlet regresó con una bolsa de ropa y algunos documentos, César señaló el marco.
—¿Familia?
Hamlet miró la fotografía.
—Sí. Mi hermano.
—No se parecen.
—Tenemos padres diferentes.
—Ah, ya veo.
Hamlet guardó silencio unos segundos.
—Crecimos separados.
—¿No son cercanos?
—No realmente. Ahora está de viaje. Nunca tuvimos un vínculo cercano cuando éramos niños porque es complicado.
—Lo siento.
Hamlet se encogió de hombros.
—Son cosas que pasan.
César observó la fotografía otra vez.
Por primera vez sentía curiosidad genuina por la historia de otra persona.
No por educación.
No por compromiso.
Curiosidad real y eso era mucho decir.
—¿Y ahora que crecieron?
—Ahora hablamos de vez en cuando.
—¿Solo eso?
—Es suficiente. Cuando crecimos cada uno tiene sus cosas en que pensar.
—Familia es familia.
Hamlet sonrió apenas.
—Los italianos siempre dicen eso.
—Porque es verdad.
—No siempre.
La respuesta salió demasiado rápido y sincera.
César vio algo detrás de aquella calma.
Una vieja tristeza. Parecía una herida pequeña.
Pero presente.
No preguntó más.
Instintivamente comprendió que no debía hacerlo.
No todavía.
—Tu madre tiene suerte de tenerte.
Hamlet se quedó quieto.
Sorprendido.
Aquello no era lo que esperaba escuchar.
—¿Por qué dice eso?
—Porque muchos hijos no harían todo esto que haces por ella.
Miró las bolsas.
Los medicamentos.
Las cuentas médicas sobre la mesa.
—Has cambiado tu vida por cuidarla.
Hamlet bajó la mirada.
—Ella hizo lo mismo por mí cuando era niño.
Durante unos segundos ninguno habló.
César sintió que estaba viendo al verdadero Hamlet.
No al profesional.
No al empleado.
No al omega distante.
Sino al hombre detrás de todo eso.
—Vamos, ya tengo todo —dijo finalmente Hamlet.
—Vamos.
El hospital estaba bastante concurrido.
Cuando llegaron al estacionamiento, César se dispuso a bajar.
Pero Hamlet ya había abierto la puerta apresuradamente. Cesar se apresuró a salir.
—Capone.
—¿Sí?
—Espera.
Hamlet se volvió.
—Gracias por traerme.
Cesar se quedó rascándose la cabeza, quería invitarlo a comer pero no quería ser intrusivo.
—No fue nada.
—Aun así.
La luz del atardecer iluminaba parcialmente su rostro.
César recibió una sonrisa completa. Era pequeña y sincera.
No una sonrisa profesional.
No una sonrisa para las cámaras.
Una sonrisa para él.
—Nos vemos mañana, chef.
Algo extraño ocurrió en el pecho de César. Por alguna razón se confirmó con llegas a ese punto.
Sintió una sensación cálida.
Ligera.
Ridículamente agradable.
—Nos vemos mañana, Hamlet.
El omega cerró la puerta y el subió al carro.
El Omega comenzó a caminar hacia la entrada del hospital.
César permaneció observándolo hasta que desapareció dentro del edificio.
Solo entonces arrancó el automóvil.
Y mientras se alejaba por el estacionamiento, se sorprendió pensando algo que jamás habría admitido en voz alta.
Por primera vez en mucho tiempo...
Tenía ganas de que llegara el día siguiente.