Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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Perdiendo la batalla
Punto de vista de Adrián
Al ver la tristeza en el rostro de Alix, no pude evitar querer ayudarla a rescatar a Rosa de las garras de Julián. Ese hombre era un narcisista consumado, capaz de vender su propia alma con tal de retener las propiedades de Elena.
—Tengo una propiedad en las afueras, bajo vigilancia privada las veinticuatro horas —le dije, rompiendo el silencio mientras dejaba mi taza de café sobre la mesa con una determinación gélida—. Diremos que Thorne & Co. necesita personal doméstico de confianza para sus nuevas oficinas y le ofreceremos un sueldo que Julián no podrá igualar en su actual estado de bancarrota. Ella vendrá por voluntad propia y él no podrá objetar nada sin quedar como un tirano ante sus pocos aliados.
Alix me miró fijamente. Sus ojos mostraron un alivio profundo, como si un peso inmenso se estuviera evaporando de sus hombros.
—Hazlo hoy mismo, Adrián. Cada minuto que pasa en esa casa es un riesgo —su determinación me conmovió; ella realmente amaba a esa mujer.
A las 10:00 AM, mientras Alix coordinaba el traslado de Rosa desde la distancia, yo llegué a la sede de la Constructora Ferrara. Pero esta vez no iba para una simple auditoría. Iba acompañado de tres abogados de élite y un equipo de peritos contables. Julián me recibió en el vestíbulo. Su rostro lucía demacrado; las ojeras y el ligero temblor de sus manos delataban que el broche de la noche anterior le había robado el sueño.
—Adrián, no esperaba verte tan temprano —dijo, intentando recuperar su máscara de hombre de negocios, aunque sus ojos buscaban desesperadamente una señal de debilidad en mí—. Pensé que después de la cena de anoche podríamos hablar de la fusión en términos más... amistosos.
—Se acabó el tiempo de la amistad, Julián —respondí, caminando hacia la sala de juntas sin detenerme—. Y también se acabó el tiempo de las mentiras.
Entré en la sala donde ya esperaban los principales accionistas. Julián me siguió, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el silencio tenso.
—¿Qué significa esto? —preguntó, mirando al equipo legal que empezaba a desplegar documentos sobre la mesa de caoba.
—Significa que hemos encontrado las pruebas de que inflaste los activos de la empresa usando tierras que no te pertenecen legalmente —sentencié, clavando mis ojos en los suyos—. Los terrenos San Román nunca fueron cedidos por Elena de manera voluntaria. Hemos hallado irregularidades en el registro y testimonios de que la firma fue obtenida bajo coacción médica.
Julián soltó una carcajada nerviosa, buscando apoyo en la mirada de sus socios.
—Eso es absurdo. Elena se fugó con otro hombre, ella simplemente desapareció. Si no ha vuelto en todo este tiempo es porque seguramente ya está muerta, así que no puede testificar. Esos terrenos son míos por derecho sucesorio.
—La muerte no borra el fraude, Julián —dije, deslizando un documento sellado hacia el centro de la mesa—. Y da la casualidad de que el fideicomisario original de los San Román ha "reaparecido" con nuevas instrucciones. A partir de este momento, Thorne & Co. asume la administración total de esos activos. Estás fuera, Ferrara.
En ese instante, el teléfono de Julián vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Sofía. Lo vi palidecer aún más al leerlo; Rosa se había ido de la casa, llevándose consigo su maleta y la última pizca de paz mental que le quedaba a Julián. Él me miró con una mezcla de odio y una chispa de reconocimiento que me hizo sonreír.
—¿Tú a qué estás jugando, Adrián Valenzuela? —exclamó, con una voz tan alta que los accionistas quedaron petrificados.
Me incliné hacia él, invadiendo su espacio personal.
—Soy la persona que ha venido a recordarte que el agua siempre devuelve lo que intentas hundir —le susurré al oído, antes de volverme hacia los accionistas—. Señores, comencemos con el proceso de liquidación.
Julián se hundió en su silla. Creía que podía jugar conmigo como si fuera una marioneta, pero la realidad lo golpeó en la cara, borrando la estúpida sonrisa que por años había usado para engañar y manipular jóvenes a su antojo.
—¿Esto es acaso algún tipo de venganza, Valenzuela? —preguntó, atrayendo las miradas de los presentes.
—Yo no me vengo de nadie —respondí con una calma letal—. Solo hago justicia por aquellos que ahora no pueden defenderse.
La junta continuó, dejando claro que mi empresa se haría cargo del fideicomiso San Román hasta que el asunto se aclarara legalmente. Por ahora no podía sacar a Julián totalmente del camino, pues las investigaciones apenas empezaban, pero al menos había detenido su robo. Le había quitado el suelo bajo los pies.