Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
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Capítulo 6 El encuentro de dos corazones.
Lyra dejó el bolígrafo en la mesa y levantó la cabeza, sus ojos avellanos brillando con interés repentino. "¿La omega que lo dejó embobado?"
—La misma —confirmó Lina, asintiendo con entusiasmo—. Y parece que el Rey Alfa, bueno, ya sabe... está especialmente interesado. Damián acaba de salir de su despacho con una sonrisa de oreja a oreja. Y he visto al Rey Alfa salir hacia el jardín con un libro en la mano.
Lyra se puso de pie como un resorte, casi derribando la silla en el proceso. "¿Qué? ¿Cómo es eso? ¡Mi hermano! El hombre de piedra, el corazón de hierro, el sin sentimientos, el...!"
—Jefa —la interrumpió Lina, conteniendo una risa—, pero... yo…
—¡Esto tengo que verlo con mis propios ojos! —exclamó Lyra, saliendo del estudio a toda prisa, dejando a su asistente boquiabierta.
Corrió por los pasillos de la mansión, su corazón latiendo con una mezcla de incredulidad y emoción. Su hermano, el Alfa que había rechazado a decenas de omegas de la alta sociedad, el que siempre decía que no tenía tiempo para el amor, el que se había ganado el apodo de "el corazón de hielo", ¿estaba interesado en alguien? ¿Y además, en una omega tan joven y aparentemente dulce?
Cuando llegó al jardín, encontró a Damián ya en posición, apoyado contra un pilar de la pérgola con una sonrisa de suficiencia. Y en el centro del jardín, sentado en un banco de piedra, estaba Bruno, con un libro abierto en las manos. Pero sus ojos, en lugar de estar fijos en las páginas, miraban hacia el sendero por donde sabía que llegarían.
Lyra se tapó la boca con ambas manos para no soltar una carcajada. Su hermano, el temido Rey Alfa, con un libro de poesía que claramente no había leído ni una página, esperando a una chica como un cachorro enamorado.
—¿Es verdad? —susurró Lyra, acercándose a Damián—. ¿Encontró a su destinada?
—Eso parece —respondió Damián, con una sonrisa cómplice—. Y yo estoy ayudando a que hagan contacto. Mira, ahí vienen.
Azú y Zea aparecieron por el sendero de gravilla, caminando lentamente mientras Azú señalaba las flores y los árboles, tratando de alargar el momento. Zea, ajena a la conspiración, miraba todo con admiración. Era tan tímida, tan inocente.
Bruno, al verla, sintió que el mundo se detenía. Su lobo interior rugió, y su corazón latió con fuerza.
—Zea —susurró su nombre, apenas un aliento.
Y entonces, Azú, con la astucia de una verdadera estratega, guió a su amiga justo frente al banco donde Bruno se sentaba.
—Tío Bruno —dijo Azú, con una voz inocente que no engañaba a nadie—, qué casualidad que estés aquí. Te presento a mi amiga, Zea. Zea, él es mi tío, el Rey Alfa.
Zea levantó la vista y se encontró con esos ojos grises que la habían perseguido toda la noche. Su corazón dio un vuelco, y sintió que sus mejillas se encendían.
—E-encantada Majestad—logró decir, su voz apenas un susurro.
Bruno se levantó lentamente, cerrando el libro con un movimiento que intentaba ser casual. Su mirada no se separó de ella ni un instante.
—El placer es mío —respondió, y su voz, grave y profunda, hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Zea.
Desde la distancia, Lyra y Damián se miraban, apenas conteniendo la emoción.
—Esto es mejor que cualquier serie —susurró Lyra.
—Lo sé —respondió Damián—. Y apenas está empezando.
Bruno dio un paso hacia Zea, y su lobo interior ronroneó de satisfacción. Estaba cerca de ella, tan cerca que podía sentir su aroma, una mezcla de flores silvestres y algo más dulce que no podía identificar. Supo en ese momento que no la dejaría ir. Que la protegería con su vida. Y que, por primera vez en su existencia, estaba dispuesto a ser sumiso al amor que ella despertaba en él.
Pero la pregunta era: ¿Zea estaría dispuesta a confiar en él?
La respuesta, como todo en la vida, tomaría tiempo. Y Bruno, el paciente Rey Alfa, estaba dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario.
—Zea —dijo suavemente, ofreciéndole una sonrisa que desarmó a la joven omega—, ¿te gustaría dar un paseo por el jardín conmigo?
Zea, con el corazón latiendo tan fuerte que temía que todos lo escucharan, dudó por un instante. Recordó las advertencias de sus padres. Recordó su miedo a los alfas. Pero también recordó la mirada de él, la forma en que la había mirado ayer, como si ella fuera lo único que importaba en el mundo.
Y, contra todo su instinto, asintió.
—Me encantaría —respondió, su voz temblorosa pero firme.
Bruno extendió su brazo, y Zea, después de una breve vacilación, lo tomó. Caminaron juntos por el sendero de rosas, mientras Azú, Lyra y Damián los observaban desde la distancia, sonriendo como los conspiradores que eran.
—Lo logramos —dijo Azú, orgullosa.
—Todavía no —respondió Lyra, sabia—. Esto apenas comienza. Pero estoy segura de que mi hermano hará todo lo posible para conquistarla.
—Y si no —añadió Damián, con una sonrisa pícara—, tendremos que intervenir de nuevo. Después de todo, ¿para qué sirve la familia si no es para meter las narices donde no nos llaman?
Los tres se rieron, y en el jardín, bajo el sol de la tarde, el Rey Alfa y la dulce omega comenzaron un baile que ninguno de los dos sabía cómo terminaría.