Para asegurar su presidencia de la prestigiosa compañía de chocolates familiar, el arrogante Gerson accedió a unir su vida legalmente a la de Hellen. Ella era una heredera millonaria a quien él y su madre despreciaban profundamente por considerarla ingenua, pero cuyo capital era indispensable para sus ambiciones. Sin embargo, el destino cambió de rumbo aquella mañana, cuando Hellen se desplomó inexplicablemente tras beber un té que su propia suegra le había preparado...
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Capítulo 24
Gerson:
Verla bajar las escaleras de la mansión fue como ver un milagro que no me pertenecía.
Hellen lucía una belleza que me cortó la respiración; su vestido se ceñía a su silueta con una elegancia que gritaba poder, y sus ojos, aquellos que antes me miraban con timidez, ahora destilaban una ilusión brillante que me destrozó el alma.
Pero esa ilusión no era por mí. Era por Christian Dumont. Me quedé estático en la sala, con el pecho apretado por una impotencia salvaje, viendo cómo cruzaba el umbral y se subía al auto de ese infeliz sin siquiera regalarme una mirada de despedida.
Se fue. Se fue a los brazos de mi peor rival, dispuesta a iniciar un romance que me estaba matando en vida.
Consumido por el despecho y una frustración que no me cabía en el cuerpo, me encerré en la sala de estar a beber. Me maté a alcohol. Botella tras botella, intenté ahogar las imágenes que mi mente recreaba con saña: Hellen sonriéndole a Dumont, Hellen dejándose tocar por él, Hellen olvidándose por completo de que llevaba mi apellido. Para cuando la medianoche cubrió la mansión, yo ya estaba completamente borracho, sumergido en una resaca moral y física que me nublaba el juicio.
Fue en ese estado de vulnerabilidad absoluta cuando la puerta se abrió y apareció Viviana.
Al verme derrotado, tirado en el sofá con el vaso temblando en mi mano, se acercó con esa lencería provocativa que me pareció un burdo consuelo. Por puro capricho, por la maldita decepción de saber que la mujer que verdaderamente amaba andaba entregándose a otro, me dejé llevar. La tomé con brusquedad, buscando borrar el vacío que Hellen me había dejado en el pecho. Fue un acto sucio, un escape desesperado impulsado por el alcohol y el despecho de no tener a la dueña de mi vida. Pero el placer fue efímero y amargo.
Antes de que el amanecer tiñera el cielo y mucho antes de que Hellen regresara de su idilio, Viviana recogió sus cosas y se marchó en silencio, dejándome a solas con mi culpa.
Al día siguiente, la entrada a la fábrica de chocolates Evans, fue un verdadero infierno. Llegué arrastrando los pies, con una resaca espantosa que me hacía estallar las sienes y la ropa ligeramente desarreglada. El personal me miraba con murmullos apagados, pero no me importó. Me encerré en mi oficina de director de planta hasta que, a media mañana, Lucía entró sin tocar.
—Señor Gerson, la presidenta lo manda a llamar a su despacho de inmediato
Dijo con un tono seco que me encendió las alertas.
Caminé por el pasillo apretando los dientes y entré a la oficina presidencial. Hellen estaba sentada detrás de su escritorio de cristal, luciendo pulcra, imponente y con un rostro de porcelana que no delataba la menor debilidad.
—Siéntate, Gerson
ordenó, y su voz de seda cortó el aire con una frialdad ejecutiva
— Ayer llegaste a la planta oliendo a alcohol y completamente resacado, y hoy te dignas a aparecer en las mismas condiciones. No estás siendo un ejemplo para esta empresa, y no voy a tolerar esa falta de profesionalismo en mi gestión.
La miré fijamente, sintiendo que la rabia se me subía a la cabeza al recordar dónde y con quién había pasado ella la noche anterior.
—Yo ya no tengo que darte ninguna explicación, Hellen
dije con amargura, cruzándome de brazos
— A ti ya no te importa por qué me estoy emborrachando ni lo que hago con mi vida. Así que ahórrate el discurso.
Hellen dio un golpe suave pero firme sobre el escritorio, y sus ojos oscuros se clavaron en los míos como dos dagas.
—Grábate esto, Gerson: no te estoy hablando como tu esposa, te estoy hablando como tu jefa
sentenció, inclinándose hacia adelante con una autoridad aplastante
—Así que te mides. ¿Acaso quieres seguir jugando con tu puesto, o prefieres que te baje de categoría y le entregue la Dirección de Planta a alguien que sí tenga la capacidad de dar la talla?
El orgullo de hombre de negocios me explotó en el pecho. Me levanté de la silla, encarándola con furia.
—¡¿Qué es lo que pretendes, Hellen?!
le dije, con la voz ronca por la humillación
— ¡¿También quieres bajarme a limpiar pisos como a los demás, cuando sabes perfectamente que yo soy un jefe con el mismo nivel que tú?! ¡Esta empresa lleva mi apellido!
—¡Pues si eres un jefe, date a respetar y compórtate como tal!
me gritó ella, perdiendo por un segundo su postura calmada.
La discusión escaló con reproches profesionales cargados de un subtexto venenoso.
Hellen me miraba con un enojo profundo, asqueada, porque en el fondo de su corazón pensaba que mi borrachera se debía a que me había vuelto a acostar con Viviana aquella noche de la trampa. Y yo, por mi parte, destilaba veneno porque me estaba dando cuenta de que Hellen ya le estaba haciendo el coro a Dumont de la manera más descarada. Frustrado y sin querer ceder, me di la vuelta y salí de la oficina presidencial azotando la puerta de cristal.
Caminaba a paso rápido por el pasillo ejecutivo, con la mandíbula apretada y los puños cerrados, intentando contener la fiera que llevaba dentro. Fue justo en ese instante cuando me topé de frente con Lucía. Venía caminando desde el ascensor cargando un arreglo floral gigantesco, hermoso, precioso, repleto de rosas exóticas que desprendían un aroma que reconocería en cualquier parte. En el centro, sobresalía una tarjeta con el sello de la familia Dumont.
Me quedé congelado en medio del pasillo. Ver que ese infeliz le mandaba flores otra vez, y escuchar el murmullo de emoción de Hellen desde el despacho al ver entrar el arreglo por la puerta abierta, fue la gota que derramó el vaso. Fue el golpe definitivo que llenó mi copa de locura. El dolor de ver su felicidad por los detalles de otro hombre me desgarró por completo.
Me detuve a unos metros, girándome lentamente para mirarla a través del cristal de la oficina. La observé recibir el ramo con una sonrisa brillante, la misma sonrisa que antes me pertenecía. Mantuve mis ojos clavados en ella desde lejos, con una mirada cargada de un enojo salvaje y unos celos posesivos que prometían destruir todo a nuestro alrededor.