Él era solo un niño de 20 años; ella, una guerrera de 28 huyendo de una traición.
Cuando Elena despierta en una casa de seguridad, lo último que espera es encontrarse con un joven de mirada color miel y una confianza que la descoloca. Tras una noche de pasión que ella jura olvidar, Elena lo desprecia: "Niño, busca a tu padre, no tengo tiempo para juegos".
Él solo le responde con una promesa que le quema el alma: "Este niño acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida... y voy a volver por ti".
Diez años después, el niño se ha convertido en un hombre implacable. Elena ha sobrevivido a todo, pero no está lista para el regreso de aquel extraño. Él no ha olvidado su aroma, su fuerza, ni a su "gordita". Esta vez, no aceptará un "no" por respuesta.
Una historia de reencuentro, poder y una obsesión que el tiempo no pudo borrar.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 7
La gala de beneficencia era el evento del año. Elena caminaba entre la multitud con la cabeza en alto, enfundada en un vestido de satén color esmeralda que parecía fundirse con su piel. Sus 36 años le habían sentado de maravilla; sus curvas eran más imponentes que nunca y su seguridad emanaba un aura que obligaba a la gente a abrirse a su paso.
Todo iba bien hasta que una reportera de chismes, buscando el titular fácil, le plantó el micrófono en la cara frente a las cámaras.
—Señora Elena, se dice en los círculos sociales que usted cambia de amantes como de zapatos. ¿Qué se siente ser una mujer de negocios tan exitosa pero tener esa reputación de estar acostada con medio club de empresarios?
El silencio cayó sobre el pasillo. La prensa esperaba un tartamudeo, una disculpa o que ella se retirara ofendida. Pero Elena se detuvo, giró el cuerpo con una elegancia felina y miró a la mujer directamente a los ojos. Su voz sonó como un latigazo de acero, clara y letal.
—Dígame algo —empezó Elena, acercándose un paso, invadiendo el espacio de la reportera—. Si yo fuera un hombre sentado en mi despacho, con mi cuenta bancaria y mis éxitos, y tuviera a una mujer diferente cada noche, ¿usted me haría esta pregunta? No. Me llamaría "el soltero más codiciado de la ciudad". Me llamaría un semental, un conquistador.
La reportera parpadeó, balbuceando, pero Elena no la dejó hablar.
—¿Por qué cuando un hombre lo hace es un trofeo, pero cuando lo hago yo, usted usa la palabra "zorra" entre líneas? ¿Qué cambia? ¿Mi anatomía? ¿El hecho de que yo elijo y no soy la elegida? —Elena soltó una risa amarga—. No me acuesto con "varios hombres" porque esté buscando amor; lo hago porque puedo, porque quiero y porque tengo el mismo derecho que cualquier hombre en este salón de disfrutar de mi cuerpo sin pedir permiso. Así que guarde su moral doble para alguien que le tenga miedo a su micrófono. A mí, sus etiquetas me resbalan.
La reportera bajó la cámara, humillada. El murmullo de admiración empezó a correr por el salón, pero Elena ya no escuchaba.
De repente, un frío eléctrico le recorrió la nuca. Un aroma familiar, una mezcla de sándalo, madera húmeda y un toque de tabaco caro, cortó el aire perfumado de la gala. Elena se quedó petrificada. Sus instintos, los de la guerrera que no se deja sorprender por nadie, le gritaron que estaba en peligro.
Se giró lentamente hacia la entrada principal.
Las puertas dobles se abrieron y el murmullo de la fiesta murió al instante. Un hombre avanzaba por la alfombra roja. Era alto, de hombros imponentes que llenaban un traje negro hecho a medida. Su mandíbula, ahora más marcada y madura, estaba tensa. Pero fueron sus ojos lo que detuvo el corazón de Elena.
Color miel.
Eran los mismos ojos del "niño" de hace diez años, pero ya no había rastro de inocencia en ellos. Alexander, ahora un hombre de 28 años en la cúspide de su poder, la miraba de una forma que la hizo sentir desnuda frente a todos. No era una mirada de admiración, ni de saludo. Era la mirada de un depredador que finalmente ha acorralado a la presa que ha rastreado durante una década por todo el continente.
Él no se detuvo ante la prensa, ni ante los empresarios que intentaban saludarlo. Sus ojos estaban fijos en ella, quemándola, reclamando cada centímetro de su piel a la distancia. Elena sintió cómo sus piernas, esas que nunca flaqueaban, temblaban ligeramente.
Alexander llegó hasta quedar a un metro de ella. Su fragancia la envolvió, borrando los últimos diez años como si nunca hubieran existido. Él no sonrió. Simplemente la recorrió de arriba abajo con una lentitud insultante, deteniéndose en sus caderas y en su busto, antes de volver a clavar sus ojos miel en los de ella.
—Te dije que volvería por ti —dijo Alexander. Su voz había bajado una octava; era un rugido bajo que solo ella pudo escuchar—. Y veo que mi gordita se ha convertido en una reina que muerde.
Elena tragó saliva, tratando de recuperar su máscara de hielo, pero el calor que emanaba de él la estaba fundiendo.
—Alexander... —susurró ella, apenas reconociendo su propia voz.
—Para ti, ya no soy un niño, Elena —él se inclinó, rozando su oído con sus labios, tal como lo hizo aquella noche—. Ahora soy el hombre que va a recordarte por qué nunca pudiste olvidar mi nombre.
Alexander le tomó la mano y, ante la mirada atónita de toda la alta sociedad, le dio un beso en los nudillos sin apartar la mirada de sus ojos, una declaración de guerra y de deseo que dejó claro que la cacería acababa de terminar.
.
.
.Le llego el amarre jajaja