Tras despertar en el cuerpo de la villana condenada a muerte de su novela favorita, una mujer de la época moderna tiene una sola misión: ¡Sobrevivir! Para lograrlo, debe alejarse del imponente Héroe, el hombre destinado a matarla por amor a la protagonista original. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Cada intento de huida termina en un encuentro desastroso que ella interpreta como una sentencia de muerte, mientras que él... empieza a ver en la "villana" algo que nunca esperó: un corazón que lo cautiva. Ella corre por su vida, pero él ya ha empezado la cacería... por su amor.
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Capitulo 19: La vulnerabilidad del emperador
El carruaje imperial se detuvo ante la entrada principal del palacio con la precisión de una sentencia ejecutada. El aire allí es diferente; no es el ambiente cargado de perfumes y chismes de la nobleza en la capital, sino un frío seco, cargado de autoridad y el peso de siglos de gobierno absoluto.
Cuando la puerta del carruaje se abrió, Einar descendió primero. Sus botas resonaron contra el mármol como un disparo en el silencio de la tarde. Sin esperar al lacayo que corrió a prestar servicio, el Emperador se giró y extendió su mano enguantada en cuero oscuro hacia el interior. Isabella, con el corazón acelerado, aceptó el contacto. Su mano es pequeña y pálida frente a la del hombre que sostiene el destino del imperio.
Al bajar, en lugar de soltarla, Einar entrelazó sus dedos con los de ella y la acercó a su costado. Isabella, sintiendo que todos los ojos del palacio (guardias, sirvientes, altos funcionarios) estan clavados en ellos, se aferró a su brazo. Fue un acto instintivo, un ancla en medio de un océano de miradas atónitas.
El choque colectivo fue palpable. Los guardias, que han estado de pie como estatuas de piedra, bajaron la vista con una rapidez inusual; los trabajadores se quedaron congelados en el lugar. Durante años, la corte ha sostenido un rumor susurrado en los pasillos más oscuros: el Emperador no solo evita a las mujeres, las detesta. Se decía que su corazón era un bloque de hielo impenetrable y que ninguna dama había logrado siquiera rozar su brazo sin que él reaccionara con una frialdad cortante. Verlo ahora, caminando con elegancia, exhibiendo a Isabella como si fuera el tesoro más preciado de su colección, es una imagen que amenaza con derrumbar la realidad de todos los presentes.
Isabella mantiene la barbilla alta, obligándose a caminar con la gracia de una emperatriz, aunque por dentro reza fervientemente a cualquier deidad que la escuche para que sus pies no la traicionen en el suelo tan pulido. "Un traspié aquí y mi reputación como emperatriz se rompe antes de empezar", penso mientras siente el calor del cuerpo de Einar a su lado.
No la llevó a un salón de té ni a los jardines privados. La guio a través de los corredores principales, directo hacia el Salón del Consejo, un lugar donde el Emperador suele reunir a sus ministros y nobles para los asuntos más críticos del imperio.
__¿A dónde vamos?__. Susurró Isabella, notando que el ritmo de Einar no baja.
__A terminar con las dudas antes de que empiecen__. Respondió él, sin mirarla.
Cuando las enormes puertas de madera tallada se abrieron de par en par, el murmullo de los nobles dentro del salón se transformó en un silencio sepulcral. Los ministros, que esperaban una reunión urgente sobre suministros o fronteras, se quedaron mudos al ver a su soberano entrar. Y, más importante aún, al ver a quién lleva del brazo.
Isabella escaneó la habitación en un segundo. Rostros pálidos, bocas entreabiertas, miradas de pura confusión. Einar no les dio tiempo para procesar la información. Caminó hasta el estrado y, sin soltar a Isabella, se giró para enfrentar a los hombres más poderosos del imperio después de el.
__Están aquí porque el imperio tendrá una emperatriz__. Su voz resonó, carente de cualquier calidez.
__Isabella Monfort es mi futura esposa. No vine a pedir permiso, ni a buscar opiniones. Vine a informar__. Un murmullo de incredulidad recorrió la sala. Isabella, observando con atención clínica, vio cómo algunos apretaron los puños bajo las mangas de sus trajes, mientras otros intercambian miradas de confusión. La noticia de que la "solterona rechazada" del ducado Monfort será la mujer al lado del hombre más peligroso del mundo es una píldora amarga para muchos.
__Les advierto algo__. Continuó Einar, su mirada barriendo el salón como una ráfaga de viento helado.
__Trátenla con el mismo respeto, o mejor dicho, con el mismo miedo que me tienen a mí. Si alguien es tan estúpido como para ir en su contra, o tan imprudente como para intentar algo en secreto, recuerden esto: la muerte es una vieja amiga que vive en los pasillos de este palacio. Y estaré encantado de presentársela a cualquiera que ose tocar un solo cabello de su cabeza__.
Los ministros, obligados por la etiqueta y el terror, comenzaron a ofrecer felicitaciones tan falsas que Isabella sintió náuseas. Son hombres que, en la sombra, probablemente ya estan trazando planes para que Einar muera en alguna de sus campañas sanguinarias. Saben que, si él cae en batalla, el trono quedará vulnerable, y una princesa o un descendiente dócil será mucho más fácil de manipular que el actual soberano.
"Debo ser cuidadosa", pensó Isabella, apretando ligeramente el brazo de Einar. "Estos hombres son serpientes. Si quiero sobrevivir a esto, no puedo depender solo de la espada de mi prometido. Necesito mis propios aliados".
Al terminar la farsa de las felicitaciones, Einar tiró de ella, sacándola de la sala y llevándola a través de pasillos laberínticos hacia el ala privada del palacio. Se detuvo frente a unas puertas dobles, talladas con detalles exquisitos.
__Aquí te quedarás__. Dijo, abriéndolas para revelar una habitación que parece sacada de los sueños. Lo más impactante, sin embargo, es que la puerta de enfrente, claramente el aposento del Emperador, está a solo unos pasos de distancia.
__Estarás frente a mí. Nadie entrará aquí sin mi permiso__. Isabella entró, sintiendo que el peso del dia finalmente empieza a hacer un orificio en sus nervios. Se giró hacia él, decidiendo que, si tiene que vivir bajo su ala, al menos se asegurará de que él no piense que ella es una muñeca de trapo.
__¿Frente a ti?__. Preguntó ella, cruzándose de brazos.
__Vaya, Majestad Pareces un pervertido intentando comerse el pastel antes de la boda__. Einar se quedó helado. Parpadeó, genuinamente confundido por el término.
__¿El pastel? ¿De qué hablas?__. Isabella sintió un ataque de risa al ver la expresión de absoluta perplejidad en el rostro del tirano que será su esposo.
__Es una metáfora, Einar__. Dijo ella, acercándose a él con una sonrisa maliciosa.
__Significa que tienes tantas ganas de estar conmigo en la intimidad que me has puesto en la habitación de al lado para tenerme cerca. ¿Es eso? ¿No puedes esperar a que pongamos el anillo en nuestros dedos?__.
El silencio que siguió fue atronador. Por un instante, Isabella pensó que había cruzado la línea, que él se enfadaría o la sacaría a rastras. Pero entonces, vio algo imposible. El tono oscuro de la piel de Einar comenzó a transformarse, un rubor intenso y profundo subió desde su cuello hasta las puntas de sus orejas. El Emperador, el hombre que no teme a la muerte ni a los ejércitos, esta completamente avergonzado.
Isabella saltó internamente de alegría. "¡Ja! ¡Lo tengo!" Ver al hombre más temido del imperio sonrojarse como un adolescente es, con diferencia, la mejor parte de su nuevo destino.
__Yo... eso es una...__. Einar balbuceó, claramente despojado de sus defensas habituales. Se pasó una mano por el rostro, intentando recuperar la compostura, pero el rojo en sus mejillas es demasiado evidente.
__Oh, vaya__. Añadió Isabella, disfrutando cada segundo de su victoria—. ¿Te he dejado sin palabras, Majestad? ¿Tanta experiencia en el campo de batalla y te intimida una simple verdad?__.
El Emperador, dándose cuenta de que esta siendo humillado (de una manera extrañamente placentera), se recuperó con una velocidad aterradora. En un parpadeo, cerró la distancia entre ellos. Isabella retrocedió instintivamente hasta que su espalda chocó contra la pared fría de la habitación. Einar colocó una mano a cada lado de su cabeza, acorralándola.
Su mirada ya no es de vergüenza, sino de una intensidad oscura que le robó el aliento.
__Puedes burlarte todo lo que quieras, Isabella__. Susurró él, acercando su rostro al de ella hasta que sus narices casi se rozaron.
__Disfruta de tus pequeñas victorias mientras puedas. Porque aunque he jurado no tocarte hasta la noche de bodas, hay muchas formas de hacer que una mujer pierda la cabeza. Y te aseguro que, antes de que llegue ese día, serás tú quien me ruegue que te haga mía__.
El calor de su aliento contra la piel de ella es insoportable. El corazón de Isabella se aceleró, no solo por miedo, sino por la cruda y peligrosa electricidad que fluye entre ellos.
__Y en cuanto a mi impaciencia...__. Añadió él con una sonrisa depredadora.
__Quizás tengas razón. Pero será un placer ver cómo intentas escapar de lo que tú misma has despertado__. Isabella sintió que sus propias mejillas comenzaron a arder, traicionándola. Necesita un respiro, necesita recuperar el terreno que él acaba de conquistar con una sola mirada.
__Como sea__. Dijo ella, empujándolo ligeramente por el pecho, aunque él no se movió ni un milímetro.
__Antes de que empieces con tus amenazas, quiero que traigas a mi doncella de la mansión. Y mi ropa, mis pertenencias. En el caos de anoche y está mañana, olvidé todo__.
Einar la observó durante un largo momento, analizando su rostro, su desafío, su vulnerabilidad. Finalmente, se apartó, recobrando su máscara de frialdad imperial.
__Tus deseos serán cumplidos__. Dijo él, girándose hacia la puerta.
__Nada de lo que necesites faltará en esta habitación__. Sin decir una palabra más, Isabella aprovechó el momento de apertura y, con un movimiento rápido, le cerró la puerta en la cara, dejando al Emperador afuera, frente a la madera cerrada.
Se quedó allí, apoyada contra la puerta, conteniendo la respiración. Sus manos le tiemblan. Fuera, al otro lado, Einar permaneció inmóvil durante un segundo. Luego, para sorpresa de Isabella, escuchó una risa baja, un sonido oscuro y genuino que vibró a través de la puerta.
El Emperador se alejó por el pasillo, pero Isabella, al asomarse por la rendija, pudo ver la sonrisa que cruza su rostro. No es la sonrisa de un hombre que ha sido rechazado, sino la de un cazador que acaba de darse cuenta de que su presa es mucho más interesante de lo que había imaginado.