No sé en qué momento exacto mi vida dejó de ser “normal”. A veces pienso que fue un día cualquiera, uno de esos en los que el sol entra por la ventana como si nada pudiera romperse. Pero se rompió. Y no hizo ruido.
Me llamo Dara. Y antes de que todo cambiara, yo era solo una adolescente más con sueños demasiado grandes para mi realidad. Pero mi vida dio un giro de la noche a la mañana. Un giro que me hizo reinventarme, crecer de repente ... pero déjenme contarles algo: No hay dificultades grandes porque los sueños sí se cumplen
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9 Cuando los celos tienen nombre
Nunca me había considerado una persona celosa.
La verdad era que nunca había tenido la oportunidad de serlo.
Antes de Mateo, mi vida giraba alrededor de los estudios, los libros y los sueños que guardaba en cuadernos gastados.
Después de Mateo, mi vida giraba alrededor de sobrevivir.
No había espacio para romances.
Ni para ilusiones.
Ni para corazones rotos.
O al menos eso creía.
Hasta que apareció Valeria.
Y descubrí que los celos podían instalarse en el pecho como una piedra.
Silenciosa.
Pesada.
Imposible de ignorar.
Al día siguiente de verla en la cafetería, llegué con una sensación extraña en el estómago.
Había dormido poco.
Pensado demasiado.
Y llorado más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Mateo iba sentado en su cochecito mordiendo una galleta para bebés mientras yo intentaba convencerme de que todo estaba bien.
Porque debía estar bien.
Fabio no era mi pareja.
No me debía explicaciones.
Y mucho menos promesas.
Sin embargo, cuando crucé la puerta de Aurora, lo primero que hice fue buscarlo con la mirada.
Y ahí estaba.
Hablando con Valeria.
Otra vez.
Sentí que algo dentro de mí se hundía.
Ella estaba sentada en una de las mesas cercanas a la ventana.
Hermosa.
Perfecta.
Sonriendo.
Fabio la escuchaba con expresión seria.
Yo aparté la mirada de inmediato.
—Buenos días —saludé.
Fabio giró la cabeza.
—Buenos días, Dara.
Su voz sonó normal.
Demasiado normal.
Como si nada hubiera cambiado.
Como si la noche anterior no hubiera existido.
Como si yo no hubiera pasado horas preguntándome qué significaba aquella frase.
"Has llegado demasiado tarde."
Valeria se acercó unos minutos después.
—Hola.
Levanté la vista.
—Hola.
—Tú debes ser Dara.
Asentí.
Ella sonrió.
—Fabio me ha hablado de ti.
Mi corazón tropezó.
—¿Sí?
—Claro.
—No sabía eso.
—Dice que eres muy trabajadora.
No supe qué responder.
Porque había algo en ella que me ponía nerviosa.
No parecía arrogante.
Ni mala persona.
Y eso complicaba las cosas.
Porque habría sido más fácil odiarla si hubiera sido desagradable.
Pero no lo era.
Cuando se alejó, Fabio apareció junto a mí.
—¿Todo bien?
Lo miré.
—¿Por qué no habría de estarlo?
Él suspiró.
—Porque te conozco.
—No tanto.
La respuesta salió más fría de lo que pretendía.
Fabio frunció ligeramente el ceño.
—Dara...
—Tengo trabajo.
Y me alejé antes de que pudiera decir algo más.
El resto de la mañana fue un desastre.
No por los clientes.
Ni por el trabajo.
Sino por mí.
Porque estaba distraída.
Porque cada vez que veía a Valeria hablar con Fabio sentía una punzada absurda.
Porque odiaba sentirla.
Y porque odiaba aún más no poder evitarla.
A la hora del almuerzo, Mateo estaba sentado en su silla infantil jugando con unos bloques de colores.
Fabio se acercó.
—¿Puedo?
Mateo inmediatamente levantó los brazos.
—Papá.
El bloque cayó de sus manos.
El tiempo se detuvo.
Yo me congelé.
Fabio también.
Silencio.
Un silencio enorme.
Imposible.
Mateo volvió a sonreír.
—Papá.
Mi corazón dejó de latir.
Fabio permaneció inmóvil.
Como si no supiera qué hacer.
—Mateo... —susurré.
Pero él siguió mirando a Fabio.
Feliz.
Inocente.
Ajeno al terremoto que acababa de provocar.
Fabio tragó saliva.
—Creo que acaba de confundirse.
Ninguno de los dos sonó convencido.
Porque la verdad era mucho más complicada.
Mateo había pasado meses viendo a Fabio cuidar de él.
Jugar con él.
Preocuparse por él.
Estar presente.
Mucho más presente que cualquier otra figura masculina en su vida.
Y los niños no entienden de biología.
Entienden de amor.
Esa noche, después del cierre, Fabio permaneció sentado en una de las mesas.
Parecía pensativo.
Agotado.
Yo estaba guardando las últimas bandejas cuando él habló.
—¿Te molestó lo que pasó hoy?
Sabía exactamente a qué se refería.
—No fue culpa de Mateo.
—Lo sé.
Silencio.
—Es un niño.
—Sí.
Volvió otro silencio.
Más incómodo.
Más profundo.
Finalmente Fabio habló.
—Cuando me llamó así...
Levanté la vista.
—¿Sí?
Él bajó la mirada.
Y por primera vez parecía vulnerable.
—No me disgustó.
Mi respiración se cortó.
Fabio soltó una risa amarga.
—Supongo que eso me convierte en una mala persona.
—No.
—Probablemente sí.
—No lo creo.
Él levantó los ojos.
Y nuestras miradas se encontraron.
—Dara, hay cosas que no deberían estar pasando.
—¿Como qué?
Fabio permaneció callado unos segundos.
Demasiados.
—Como esto.
—¿Esto qué?
—Todo.
La cafetería.
Mateo.
Tú.
Sentí un nudo en la garganta.
—No te entiendo.
—Precisamente ese es el problema.
Antes de que pudiera preguntar algo más, la puerta de la cafetería se abrió.
Valeria entró apresuradamente.
Tenía los ojos rojos.
Como si hubiera estado llorando.
—Necesito hablar contigo.
Fabio cerró los ojos brevemente.
—Valeria...
—Por favor.
El tono de su voz hizo que incluso yo sintiera lástima.
Ella estaba sufriendo.
Eso era evidente.
Fabio se puso de pie.
—Dara, ¿puedes darme unos minutos?
Asentí.
Porque no tenía otra opción.
Pero mientras ellos caminaban hacia la oficina, una sensación horrible comenzó a crecer dentro de mí.
No pretendía escuchar.
De verdad no.
Pero la puerta estaba entreabierta.
Y algunas palabras escapaban inevitablemente.
—... todavía te amo.
La voz de Valeria temblaba.
—Eso ya no cambia nada.
Era Fabio.
Silencio.
Luego un sollozo.
—¿Hay alguien más?
Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.
No.
No quería escuchar aquello.
No debía escuchar aquello.
Pero me quedé inmóvil.
Esperando.
Temiendo.
Necesitando saber.
Durante varios segundos no hubo respuesta.
Y entonces Fabio habló.
—No importa.
—Sí importa.
—Valeria...
—¿La amas?
El mundo entero pareció contener la respiración.
Yo también.
Esperando.
Muriendo lentamente.
Y entonces escuché algo que cambió todo.
Algo que jamás imaginé escuchar.
Algo que hizo que mi corazón se detuviera por completo.
—Eso es precisamente lo que estoy intentando evitar.
Silencio.
Absoluto.
Brutal.
Y antes de que pudiera procesar aquellas palabras, escuché otro sonido.
Uno pequeño.
Pero suficiente para destruir el momento.
El golpe de una taza cayendo al suelo.
Porque sin darme cuenta...
La había soltado de mis manos.
Y dentro de la oficina, el silencio terminó.
Porque Fabio sabía exactamente quién acababa de escuchar aquella conversación.
Y por primera vez desde que nos conocimos...
No había forma de esconder la verdad.
Más valiente 👏👏👏👏👏