La caja apareció el día del funeral de su abuela.
Dentro había cientos de cartas con fechas imposibles, nombres desconocidos y secretos que jamás debieron existir.
Cuando Luna abre una de ellas, despierta en una vida diferente. Una donde es cantante. Otra donde nunca nació. Otra donde alguien la ama desesperadamente.
Pero cada carta tiene un precio.
Con cada viaje, un recuerdo desaparece.
Y cuando descubre una carta escrita por ella misma desde el futuro, comprende una aterradora verdad:
Alguien está borrando historias.
Y ella podría ser la siguiente.
✨ "Toda historia tiene un final. Algunas tienen más de uno."
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Libro II – Capítulo 24: El Faro de los Primeros Escritores
La figura de ojos ámbar desapareció entre las sombras antes de que alguien pudiera verla.
Solo quedó el eco de una risa.
Suave.
Fría.
Y llena de una paciencia aterradora.
Luna sintió un escalofrío.
Se giró rápidamente hacia los estantes.
No había nadie.
Pero estaba segura de que no estaban solos.
Desde hacía unos minutos, la Biblioteca ya no transmitía tranquilidad.
Era como si miles de libros estuvieran intentando advertirles de un peligro que todavía no podían comprender.
Aurora también lo había notado.
Su sonrisa había desaparecido.
—Tenemos que irnos.
Dijo en voz baja.
El Escriba levantó la vista.
—¿Tan pronto?
—Sí.
Si la Habitación Prohibida volvió a despertar...
Significa que otros también sintieron su llamado.
El Guardián sujetó con fuerza la espada.
—¿Quiénes?
Aurora tardó unos segundos en responder.
—Los Censores.
El silencio cayó sobre la habitación.
Luna observó los rostros de todos.
Era evidente que conocían ese nombre.
Pero nadie quería pronunciarlo.
—¿Quiénes son?
Preguntó finalmente.
El Escriba respiró profundamente.
—Hace siglos existía un grupo encargado de decidir qué historias merecían sobrevivir.
Si consideraban que una historia era peligrosa...
La destruían.
Y con ella desaparecían sus personajes, sus recuerdos y hasta el nombre de su autor.
Luna sintió un nudo en la garganta.
—¿Ellos crearon al Olvido?
Aurora negó lentamente.
—No.
Pero aprovecharon su existencia para hacer desaparecer miles de historias que nunca les gustaron.
El mapa dibujado por la pluma negra comenzó a brillar nuevamente.
El sendero plateado avanzó unos centímetros más.
Ahora mostraba un inmenso puente suspendido sobre un océano de tinta.
Después...
El dibujo se detuvo.
Debajo apareció una nueva frase.
"El Faro solo puede encontrarse cuando dos corazones recuerdan la misma promesa."
Luna volvió a leer aquellas palabras.
Una.
Dos.
Tres veces.
No entendía por qué, pero cada carta parecía conocerla mejor que ella misma.
El Guardián tomó el mapa.
—No podremos llegar caminando.
El Escriba sonrió levemente.
—No pensaba hacerlo.
Los cuatro abandonaron la Habitación Prohibida.
Atravesaron los interminables pasillos de la Biblioteca.
Hasta llegar a una enorme puerta circular cubierta por antiguas runas.
Luna jamás la había visto.
Aurora apoyó ambas manos sobre la piedra.
Las runas comenzaron a iluminarse.
El suelo vibró.
Y lentamente...
La puerta se abrió.
Al otro lado no había otra sala.
Había un puerto.
Un océano inmenso.
Pero el agua no era agua.
Era tinta.
Oscura.
Brillante.
Infinita.
Miles de libros flotaban lentamente sobre su superficie.
Como pequeñas embarcaciones perdidas.
Luna quedó maravillada.
—¿Qué lugar es este?
El Escriba respondió con orgullo.
—El Mar de las Historias.
Aquí llegan todos los relatos que alguna vez fueron escritos.
Los que terminaron.
Los que jamás fueron publicados.
Y también aquellos que todavía esperan un autor.
En el muelle descansaba un barco muy antiguo.
Su casco estaba construido con madera blanca.
Las velas parecían hechas de páginas.
Y el mástil tenía la forma de una gigantesca pluma.
Luna sonrió.
—Es hermoso.
Aurora acarició la cubierta.
—Se llama Esperanza.
Hace siglos que nadie navega con él.
El Guardián soltó una pequeña risa.
—Creo que estaba esperándote.
Mientras preparaban el barco...
Muy lejos de allí...
En el Faro de los Primeros Escritores...
El Hombre de Negro terminó una nueva carta.
La dobló cuidadosamente.
La guardó dentro de un sobre negro.
Pero esta vez no la dejó sobre la mesa.
La sostuvo unos segundos entre sus manos.
Sus ojos reflejaban cansancio.
Había pasado una eternidad escribiendo.
Una eternidad esperando.
Miró hacia el horizonte.
La luz del faro comenzó a debilitarse.
—No queda mucho tiempo...
Susurró.
Una voz respondió detrás de él.
—Nunca lo hubo.
El Hombre de Negro giró lentamente.
Frente a él apareció un anciano vestido con una larga túnica gris.
Su rostro estaba cubierto por antiguas cicatrices.
Llevaba un reloj de arena colgando del cuello.
—Sabía que vendrías.
Dijo el Hombre.
El anciano asintió.
—Los Censores ya despertaron.
Y no permitirán que ella llegue hasta aquí.
En la Biblioteca...
Luna observaba el océano de tinta.
Nunca había visto un lugar tan hermoso.
Y al mismo tiempo tan melancólico.
Miles de hojas flotaban sobre el agua.
Al acercarse descubrió que cada una contenía una frase distinta.
Una promesa.
Una despedida.
Un poema.
Una confesión de amor.
Eran fragmentos de historias.
Historias que habían sobrevivido al paso del tiempo.
Entonces encontró una hoja diferente.
No flotaba.
Brillaba.
La tomó cuidadosamente.
Solo tenía escrita una línea.
"Todavía guardo la flor que dejaste sobre mi escritorio aquel invierno."
El corazón de Luna comenzó a latir con fuerza.
Llevó la hoja hasta su pecho.
No sabía por qué.
Pero aquella frase le dolía.
Como si hubiera formado parte de su propia vida.
Aurora la observó en silencio.
—¿Qué sucede?
Luna levantó la vista.
—Creo...
Creo que yo escribí esa carta.
Aurora sonrió.
—No.
La escribió alguien para ti.
El barco comenzó a moverse lentamente.
No había viento.
No había remos.
Era el propio Mar de las Historias quien lo guiaba.
Mientras se alejaban del puerto, Luna miró hacia atrás.
La Biblioteca parecía aún más inmensa desde la distancia.
Sintió que estaba dejando atrás su hogar.
Pero también comprendía que, si quería descubrir la verdad, debía continuar.
El Escriba desplegó el mapa.
El sendero plateado seguía creciendo.
Cada minuto aparecía un nuevo tramo.
Como si alguien lo estuviera dibujando en ese mismo instante.
El Guardián frunció el ceño.
—Nos está esperando.
Aurora asintió.
—Sí.
Y lleva mucho tiempo haciéndolo.
Cuando cayó la noche, el barco llegó a una zona donde el océano permanecía completamente inmóvil.
No había olas.
No había sonido.
Ni siquiera las estrellas se reflejaban en la tinta.
Todo era oscuridad.
Entonces...
Una enorme campana comenzó a sonar a lo lejos.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
El Escriba empalideció.
—No puede ser...
Luna lo miró.
—¿Qué ocurre?
El anciano respondió con la voz quebrada.
—La campana del Faro nunca suena para dar la bienvenida...
Suena cuando alguien ha comenzado una cacería.
En ese mismo instante, decenas de luces rojas aparecieron entre la niebla.
No eran estrellas.
Eran faroles.
Y detrás de ellos...
Se distinguían los cascos de enormes barcos negros navegando directamente hacia el Esperanza.
Una voz atravesó el océano.
Fría.
Autoritaria.
—¡En nombre de los Censores, entreguen a la Primera Escritora!
Luna sintió que el miedo recorría todo su cuerpo.
Pero, por primera vez, no dio un paso atrás.
Miró el horizonte.
Respiró profundamente.
Y supo que, al final de aquel viaje...
La persona que llevaba tanto tiempo escribiéndole finalmente la estaba esperando.
Continuará...