Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Condiciones
La oficina quedó en silencio después de que el duque admitiera que su contrato era terrible.
Vesta seguía sentada frente a él.
Con los brazos cruzados.
Todavía molesta.
Todavía sospechando de cada una de sus sonrisas.
Y el duque Reed, apoyado contra el respaldo de su silla, la observaba con aquella expresión serena que empezaba a irritarla.
Finalmente, él habló.
—Entonces, lady Vesta...
Ella levantó la vista.
—¿Qué?
—¿Qué condiciones agregaría usted?
Vesta lo miró como si hubiera perdido la razón.
—No firmaría nada.
—Supongamos que tuviera que hacerlo.
—No quiero.
—Supóngalo.
Ella hizo un puchero.
El duque esperó pacientemente.
Vesta suspiró exageradamente.
—Bien.
Se acomodó en la silla.
Y levantó un dedo.
—Mínimo, un contrato debería cubrir mis necesidades básicas.
El duque inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Necesidades?
—Sí.
Y entonces comenzó.
—Primero.
Levantó un dedo.
—Mis necesidades económicas.
El duque guardó silencio.
—Quiero dinero propio. Suficiente para mantenerme si algún día decido irme.
El hombre la observó.
—¿Incluso estando casada?
—Especialmente estando casada.
Vesta lo miró directamente a los ojos.
—No me mire así.
—¿Así cómo?
—Como si fuera raro.
Apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Creo en el "felices para siempre".
Su voz se suavizó un poco.
—De verdad lo creo.
Y entonces añadió..
—Pero si un día usted traeja a otra mujer...
Los ojos verdes de Vesta brillaron peligrosamente.
—Yo me voy.
El duque permaneció inmóvil.
—Aunque tenga magia.
Vesta señaló su hermoso rostro.
—Le arranco esa cara tan guapa por infiel.
El silencio fue absoluto.
La leña crepitó en la chimenea.
El duque la observó.
Y confirmó algo por centésima vez.
Lady Vesta Dupont estaba un poco loca.
Pero...
No le desagradaba aquella locura.
En absoluto.
—Segundo.
Otro dedo.
—Necesidades afectivas.
El duque levantó una ceja.
—Explíquese.
Vesta se sonrojó un poco.
Pero siguió hablando.
Porque era Vesta.
Y Vesta decía lo que pensaba.
—No quiero un matrimonio donde dos personas apenas se vean. No quiero convertirme en un adorno bonito. Quiero que mi esposo esté presente.
Sus mejillas se pusieron ligeramente rojas.
—Que converse conmigo. Que me acompañe. Que forme parte de mi vida.
Bajó un poco la mirada.
—No quiero sentirme sola dentro de mi propio matrimonio.. y sobre todo que cumpla con mis necesidades físicas, usted me entiende.. en la habitación..
El silencio llenó la oficina.
El duque la observó.
Y algo en su pecho se tensó ligeramente.
Porque aquella joven no estaba describiendo un acuerdo político.
Estaba describiendo una familia.
Una compañía.
Un hogar.
—Tercero.
Vesta recuperó parte de su energía.
—Mi familia.
Los ojos oscuros del duque se volvieron más serios.
—Los Dupont no deben saber mi secreto. No porque desconfíe de ellos.
Su voz se volvió más suave.
—Sino porque sufrirían.
Pensó en Vance.
En Vincent.
En el orgullo de su padre.
En las cartas de su hermano.
Y tragó saliva.
—No quiero que piensen que perdieron a su hija.
Miró al duque.
—Porque sigo siendo Vesta.. pero no sé, si la Vesta que se crio con ellos..
Se llevó una mano al pecho.
—Aunque recuerde otra vida.
El hombre permaneció en silencio.
Y, por primera vez desde que descubrió su secreto, comprendió verdaderamente cuál era el mayor miedo de ella.
No era perder riquezas.
Ni privilegios.
Era perder a su familia.
—Cuarto.
Vesta volvió a levantar otro dedo.
—Las escuelas. Quiero seguir ayudando. Ya decidí convertirme en una buena persona.
Miró al duque con determinación.
—Así que cualquier contrato debe incluir apoyo para mi proyecto educativo.
El duque la observó.
—¿Incluso en este momento piensa en ello?
Ella parpadeó.
—Claro. Hay niños esperando.
Y aquella respuesta sencilla dejó al duque sin palabras durante un instante.
—Y quinto.
El duque la miró.
—¿Todavía hay más?
—Sí.
Vesta juntó las manos.
Y sus ojos verdes brillaron.
—Quiero información.
—¿Información?
—Sí.
Se inclinó hacia adelante.
—Quiero saber qué ocurre entre los nobles.
El silencio llenó la oficina.
El duque la observó.
—¿Por qué?
Vesta pareció genuinamente confundida por la pregunta.
—Porque me gusta el chisme.
El silencio fue devastador.
—Lady Vesta.
—¿Qué?
—¿Está hablando en serio?
—Completamente.
Señaló el escritorio.
—¿Se imagina?
Sus ojos brillaban de entusiasmo.
—Duques... Condes.. Escándalos aristocráticos.. Secretos familiares.
El duque cerró los ojos.
Vesta sonrió.
—No quiero intervenir.. Sólo quiero enterarme.
El silencio duró varios segundos.
Y entonces...
El duque Reed se llevó una mano al rostro.
Y soltó una breve carcajada.
Porque definitivamente...
Definitivamente aquella mujer era especial.
Hermosa.
Sí.
Alegre.
También.
Gritona.
Muchísimo.
Auténtica.
Sin ninguna duda.
Y un poco loca.
Quizás bastante.
Pero mientras otras damas habrían pedido joyas.
Vestidos.
Palacios.
O títulos.
Lady Vesta Dupont exigía independencia económica, protección para su familia, recursos para escuelas y acceso privilegiado a los chismes de la aristocracia.
El duque la observó.
Y por primera vez en muchos años, comprendió que no podía predecir qué saldría de la boca de aquella joven.
La mujer frente a él lo fascinaba precisamente porque no encajaba en ningún molde.
Vesta lo miró fijamente.
—¿Qué?
Los labios del duque se curvaron lentamente.
—Nada.
—No me diga "nada" con esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa cara de que está pensando que estoy loca.
El duque guardó silencio unos segundos.
Y luego respondió con absoluta sinceridad:
—Creo que es un poco excéntrica.
Vesta abrió mucho los ojos.
—¡Qué grosero!
—Pero también...
La observó directamente.
—Creo que es la persona más honesta que he conocido.
Vesta se quedó inmóvil.
Y luego desvió ligeramente la mirada.
Sus mejillas adquirieron un tenue color rosado.
—Bueno...
Se acomodó un mechón rubio detrás de la oreja.
—No sé mentir muy bien.
El duque la contempló unos segundos más.
A aquella joven que había entrado a su vida como un torbellino.
Que había cambiado el orgullo por escuelas.
El miedo por valentía.
Los contratos por listas imposibles.
Y que seguía creyendo en los finales felices mientras exigía un fondo económico de emergencia por si su esposo resultaba ser un idiota.
Y, por primera vez desde que había decidido que quería un heredero...
El duque Reed tuvo un pensamiento completamente distinto.
Quizás...
Más que un heredero...
Lo que realmente deseaba era que aquella mujer imposible siguiera sentada frente a él, llenando el silencio de su oficina con sus quejas, sus sueños, sus exigencias absurdas y sus confesiones sinceras.
Porque el poderoso león rojo de Sunderland había descubierto algo inesperado.
La hija menor de los Dupont no era la mujer más sensata del reino.
Pero, sin duda alguna...
Era la más difícil de olvidar.