Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
**Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cultivo 2
Después de la demostración, Elia estaba feliz.
Genuinamente feliz.
Aquella visita había valido completamente la pena.
No solo había aprendido algo nuevo.
También había visto magia aplicada de una manera práctica.
Útil.
Inteligente.
Y eso la fascinaba.
Mientras caminaban hacia una pequeña terraza donde les servirían té, la joven seguía mirando ocasionalmente al duque.
Y Albert seguía escuchando.
Por desgracia para su tranquilidad mental.
[Pensándolo bien...]
Albert sintió peligro.
[Realmente es atractivo.]
Mucho peligro.
[Tal vez más de lo que pensé al principio.]
Albert decidió concentrarse en caminar.
[No ayuda que sea alto.]
No estaba funcionando.
[Ni que huela tan bien.]
Albert tropezó ligeramente con una piedra.
Por suerte logró disimularlo.
Elia no lo notó.
Porque estaba ocupada con sus propios pensamientos.
[Qué vergüenza.]
[Estoy actuando como una adolescente.]
Albert intentó convencerse de que no estaba escuchando.
Era imposible.
Pero lo intentó.
Y entonces apareció el pensamiento más inesperado de todos.
[Quizás este sea mi amor imposible.]
La joven sonrió ligeramente.
Una sonrisa pequeña.
Divertida.
Como si ella misma encontrara absurda la idea.
Albert casi dejó de caminar.
Porque aquello era nuevo.
Muy nuevo.
Y sorprendentemente agradable.
Durante aproximadamente tres segundos.
Porque después recordó.
Jack.
El supuesto romance inexistente.
La tragedia de su vida.
La mentira que Elia había construido sola.
Y que seguía creyendo.
Albert tomó una decisión inmediata.
Necesitaba corregir aquello.
Hoy.
Ahora.
Antes de que terminara imaginando una boda entre él y Jack.
Así que cuando ambos se sentaron a tomar té, el duque inició una conversación aparentemente casual.
—El duque Gallagher escribió recientemente.
Elia levantó la vista.
—¿En serio?
—Sí.
Albert tomó un sorbo de té.
—Jack sigue causándole problemas.
Elia sonrió.
Aquello sí podía imaginarlo.
—No me sorprende.
—Dice que la esposa del duque Gallagher es prácticamente su hermana.
La sonrisa de Elia desapareció.
[...espera.]
Albert escuchó perfectamente la reacción.
[Ya está hablando de su pareja.]
[No debería escuchar esto.]
[Pero sería descortés no hacerlo.]
El duque continuó.
—Aunque honestamente no sé quién aceptará casarse con Jack.
Elia parpadeó.
Albert siguió adelante.
Porque una vez iniciada aquella misión ya no podía detenerse.
—Quizás alguna maga. O alguna noble extremadamente paciente. O alguien que no valore demasiado su tranquilidad.
La joven seguía escuchando.
Confundida.
Muy confundida.
Porque aquello no encajaba con su teoría.
Y Albert estaba disfrutando un poco más de lo que debería.
—Aunque supongo que cuando Jack tenga esposa...
Albert sonrió.
—Gallagher y yo finalmente podremos vengarnos de todos los dolores de cabeza que nos ha causado.
Silencio.
Completo silencio.
Dentro de la cabeza de Elia.
Lo cual era extremadamente raro.
Albert casi se preocupó.
Hasta que finalmente llegó el pensamiento.
[...¿esposa?]
[Sí.]
[¿Esposa?]
[Exactamente.]
[¿Entonces no son pareja?]
[Correcto.]
[¿Nunca fueron pareja?]
[Nunca.]
Albert tuvo que ocultar una sonrisa detrás de la taza.
Porque aquella revelación parecía haber destruido completamente el castillo de teorías que Elia llevaba semanas construyendo.
Y aún así... ella no terminaba de creerlo.
[Pero se llevan muy bien.]
Albert cerró los ojos.
[Pero son cercanos.]
[Sí.]
[Pero parecían tan cómodos entre ellos.]
[Porque somos amigos.]
[Pero...]
[Porque somos amigos.]
[Pero...]
[Amigos.]
Albert estaba empezando a comprender por qué aquella mujer necesitaba tantas listas.
Su cerebro jamás se detenía.
Finalmente decidió rematar el asunto.
De una vez.
Y para siempre.
—Supongo que algún día también me gustaría formar una familia.
La taza de Elia se congeló a medio camino.
Albert continuó.
Como si estuviera hablando del clima.
—Casarme. Tener hijos. Y compartir mi vida con una buena mujer.
Silencio.
Absoluto.
Completo.
Devastador.
Dentro de la cabeza de Elia.
Albert esperó.
Y entonces ocurrió.
[¿Qué?]
Albert casi sonrió.
[¿Qué?]
Otra vez.
[¿Qué?]
Una tercera vez.
Porque claramente el cerebro de Elia necesitaba reiniciarse.
La joven seguía sentada.
Perfectamente educada.
Perfectamente tranquila.
Asintiendo de vez en cuando.
Mientras por dentro ocurría una crisis existencial.
[No son pareja.]
[No.]
[No fueron pareja.]
[No.]
[Nunca fueron pareja.]
[Nunca.]
[¿Entonces imaginé todo eso?]
[Sí.]
[Todo.]
[Sí.]
[Absolutamente todo.]
[Sí.]
Albert tuvo que mirar hacia otro lado.
Porque estaba peligrosamente cerca de reír.
Y aquello habría sido difícil de explicar.
Mientras tanto Elia seguía procesando la información.
Porque sinceramente... aquello cambiaba muchas cosas.
Muchísimas cosas.
Especialmente algunas conclusiones que había dado por ciertas.
Y mientras observaba al duque hablar tranquilamente sobre futuras familias e hijos, sintió una extraña sensación.
Como si acabara de descubrir que una teoría en la que había creído durante dias era completamente falsa.
Lo cual era exactamente lo que había ocurrido.
Por primera vez en mucho tiempo...
Elia no sabía qué pensar.
Y aquello era tan raro... que incluso Albert lo encontró fascinante.
Elia permaneció varios segundos observando al duque.
Intentando procesar toda la información nueva.
Y aquello era difícil.
Muy difícil.
Porque acababa de descubrir que el hombre no tenía una relación secreta con Jack.
Que quería casarse.
Que quería tener hijos.
Y que aparentemente le gustaban las mujeres.
Información que, por alguna razón, su cerebro consideraba extremadamente importante.
Así que cuando Albert terminó de hablar, ella simplemente sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Suave.
Sincera.
Y entonces aparecieron los pensamientos.
[Oh no.]
Albert sintió que algo se tensaba.
Porque ya conocía ese inicio.
[Ahora es todavía más atractivo.]
El duque bajó lentamente la taza.
[¿Por qué tenía que decir eso?]
[Porque era verdad.]
[¿No podía quedarse callado?]
[No.]
[Ya era guapo antes.]
Albert decidió concentrarse en el té.
[Ya era inteligente.]
No estaba funcionando.
[Ya era amable.]
Definitivamente no estaba funcionando.
[Y ahora además quiere formar una familia.]
Albert tuvo que mirar hacia el horizonte.
Porque escuchar elogios era una cosa.
Escuchar aquella clase de elogios era otra muy distinta.
Y entonces apareció la parte que le gustó mucho menos.
[Es imposible.]
El duque volvió a mirarla.
[Definitivamente es imposible.]
[¿Por qué?]
[Una persona así buscaría una mujer mucho más capaz.]
Albert frunció ligeramente el ceño.
[Alguien más inteligente.]
[Que no hubiese sido antes una niña consentida y mala]
[Que no piense demasiado.]
Bueno...
eso sí era complicado.
[Que no necesite hacer listas para todo.]
Albert tuvo que contener una sonrisa.
[Que no pase las noches preocupándose por cosas absurdas.]
La sonrisa desapareció.
Porque ahora entendía.
Aquello no era modestia.
Era inseguridad.
Las mismas inseguridades que aparecían cada cierto tiempo.
Las mismas que la hacían dudar incluso cuando estaba haciendo un excelente trabajo.
Y por alguna razón... no le gustó escucharlas.
Nada.
Durante un momento consideró responder.
Decir algo.
Cualquier cosa.
Pero no podía.
Porque una persona normal no respondía a pensamientos.
Así que simplemente continuaron hablando.
De cultivos.
De negocios.
De inversiones.
Y poco a poco la conversación regresó a temas más seguros.
Finalmente llegaron a los detalles finales del acuerdo.
Semillas.
Plazos.
Transporte.
Costos.
Y tras revisar los últimos documentos... cerraron el trato.
Oficialmente.
La Casa Russ y la Casa O'Neill trabajarían juntas.
Era exactamente lo que Elia había querido conseguir.
Y aun así... Albert descubrió algo incómodo.
No quería que terminara.
La reunión.
La conversación.
La cercanía.
Ninguna de esas cosas.
Por eso continuó hablando incluso después de que los documentos estuvieron guardados.
Y entonces cometió un error.
Porque le dio tiempo a Elia para pensar.
Mucho.
Demasiado.
[Y ahora necesito compradores.]
Albert escuchó atentamente.
[Y contactos comerciales.]
[Bien.]
[Eso será complicado.]
[También razonable.]
[Y quizás debería hablar con el conde Nilsson.]
[No.]
[Parece amable.]
[No.]
[Y dijo que quería volver a verme.]
[Definitivamente no.]
[Quizás podría ayudarme a encontrar compradores.]
Albert sintió una irritación inmediata.
Y completamente irracional.
Porque la idea tenía sentido.
Mucho sentido.
Era una buena estrategia.
Una estrategia inteligente.
Precisamente por eso era tan molesta.
Porque no podía criticarla.
Y aun así no le gustaba.
En absoluto.
—No será necesario.
Dijo de repente.
Elia levantó la vista.
Sorprendida.
—¿Perdón?
Albert se dio cuenta demasiado tarde de que había respondido a un pensamiento.
Por suerte logró corregir rápidamente.
—Los compradores.
—Oh.
—No será necesario buscarlos sola.
Elia parpadeó.
—¿No?
—Trabajaremos juntos.
La joven pareció sorprendida.
—Su Gracia, estoy segura de que tiene asuntos mucho más importantes que atender.
—No tantos. Además, si el proyecto tiene éxito, también beneficia a mis territorios.
Aquello era razonable.
Perfectamente razonable.
Y aun así... Elia no terminó de creerlo.
Albert lo supo inmediatamente.
Porque la escuchó.
[Seguramente está siendo amable.]
[No.]
[Es un duque.]
[Sí.]
[Tiene cientos de responsabilidades.]
[También.]
[No tendrá tiempo para esto.]
[Me hare el tiempo necesario]
[Probablemente delegará todo.]
[No.]
Albert casi suspiró.
Porque aquella mujer era imposible.
—Lady Russ.
—¿Sí?
—Cuando digo que trabajaremos juntos, hablo en serio.
Elia sonrió educadamente.
—Lo sé.
Mentira.
Albert la escuchó.
Perfectamente.
[No lo sé.]
Exactamente.
[Está siendo educado.]
No.
[Probablemente no volveremos a vernos tanto.]
Albert estaba empezando a comprender por qué Jack disfrutaba los misterios.
Porque resolver la lógica de Elia era más difícil que cualquier fenómeno mágico.
Y entonces llegó el golpe final.
[Debería responder la carta del conde Nilsson.]
Albert apretó ligeramente la mandíbula.
[No quiero ser descortés.]
[Y quizás podríamos reunirnos.]
[Y hablar de negocios.]
[Quizás.]
Albert observó tranquilamente su taza.
Por fuera.
Por dentro estaba librando una batalla.
Porque cada vez que lograba convertirse en el centro de los pensamientos de Elia... aparecía nuevamente el conde Nilsson.
Con sus flores.
Sus cartas.
Y su absurda capacidad para arruinarle el día sin siquiera estar presente.
Lo peor era que no podía hacer nada.
Porque Nilsson no estaba haciendo nada incorrecto.
Y porque Elia tenía todo el derecho a reunirse con quien quisiera.
Aquello no impidió que le molestara.
Muchísimo.
Mientras tanto, la propia Elia seguía completamente ajena.
Pensando en compradores.
Cultivos.
Negocios.
Y ocasionalmente en un conde demasiado amable.
Sin darse cuenta de que el hombre sentado frente a ella estaba empezando a descubrir algo muy incómodo.
Escuchar los pensamientos de Lady Russ había sido un problema.
Pero ahora existía otro.
Uno que ninguna teoría mágica parecía capaz de explicar.
Y era que cada vez que ella pensaba en el conde Nilsson.. Albert O'Neill se enfadaba más de lo razonable.