Un hombre común de la Tierra muere atropellado y reencarna en la prehistoria, en el salvaje mundo de Pristokia. Pero no despierta indefenso: viene acompañado por el "Sistema del Árbol Sagrado Primordial", el cual fusiona en su cuerpo el poder divino absoluto de Kaguya, Hagoromo y Hamura Otsutsuki. Con el control total del espacio, el tiempo y la energía universal, su primera misión será detener el meteorito que amenaza con extinguir a los dinosaurios. En lugar de destruirlos, decidirá esparcir el chakra en el planeta y cultivar a las bestias prehistóricas como sus plantas de energía. Cada criatura que muera le devolverá un poder inimaginable. Su objetivo final: devorar la energía de estrellas y galaxias, fusionar el universo en un solo mega-mundo y fundar el clan Otsutsuki definitivo. ¡Nadie podrá detener al ancestro supremo!
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Capítulo 4: El Decreto del Ancestro y la Guerra de las Bestias Sagradas
La Tierra Suprema ya no era un desierto prehistórico indomable; ahora se había transformado en el corazón del Imperio Otsutsuki. Para gestionar este mega-mundo expandido, el Dios Supremo, Dragon, había usado su propia costilla y su chakra primordial para dar vida a sus dos primeros descendientes de sangre pura: Ishiki, un guerrero de porte frío y analítico, y Kaguya, una mujer de mirada mística y ambición silenciosa. Debido a su origen divino, ambos habían nacido directamente con el poder del Rango Seis Caminos, destinados a ser los pilares del naciente Clan Otsutsuki.
Mientras tanto, Dragon permanecía en su palacio flotante, meditando en una cámara de gravedad estelar. Su nivel de cultivo ya rascaba el infinito del Rango Ancestro Supremo. Para él, los siglos de los mortales eran simples segundos. Su política era clara: el Dios no interviene en las minucias de la creación.
—Ishiki, Kaguya —la voz de Dragon resonó en las mentes de sus hijos sin necesidad de abrir los ojos—. He esparcido el chakra por los continentes. Observen y aseguren el equilibrio, pero no interfieran a menos que el megamundo corra peligro de fragmentación. El exceso de paz estanca el cultivo.
—Se hará tu voluntad, Padre —respondieron ambos, arrodillándose ante la imponente silueta divina antes de descender hacia la superficie del planeta.
Abajo, la evolución forzada por el chakra había creado facciones inteligentes entre los antiguos reptiles. En el Continente del Fuego, el Rex Ancestral de Chakra, llamado Ignis, había logrado romper las cadenas del Rango Mortal tras devorar miles de piedras espirituales surgidas de la fusión planetaria. Sus escamas brillaban con runas rojas de fuego; oficialmente, su conciencia había despertado y había alcanzado el Rango Kage.
Frente a él, en la frontera del Continente del Viento, un gigantesco Quetzalcoatlus de plumas esmeralda y ojos afilados, conocido como Zephyrus, rugía con la misma intensidad. Él también dominaba tormentas de vacío capaces de rebanar montañas, posicionándose firmemente en el Rango Kage. El conflicto por los recursos del megamundo era inevitable. Las huestes de Ignis invadieron el Valle del Viento para saquear un pozo de chakra primordial.
—¡Este territorio pertenece a la estirpe del Fuego! —rugió Ignis, su voz articulando el lenguaje humano gracias al intelecto otorgado por la energía—. ¡Los cielos se arrodillarán ante los depredadores de la tierra!
—¡Criatura rastrera! —respondió Zephyrus desde las alturas, batiendo sus alas colosales—. El viento apaga el fuego. ¡Tu arrogancia termina hoy!
[¡BOOM!] El choque de titanes comenzó. Ignis disparó ráfagas de fuego purificado que calcinaban el suelo a su paso, mientras Zephyrus respondedor con ráfagas de viento cortante que chocaban en el aire, creando explosiones que hacían eco a miles de kilómetros. La batalla escaló rápidamente, arrastrando a miles de dinosaurios menores de rangos Genin, Chunin y Jonin a una guerra sangrienta que amenazaba con desestabilizar la red de energía que alimentaba al planeta.
Desde el cielo, Ishiki observaba la destrucción con los brazos cruzados, evaluando el nivel de poder con su dojutsu.
—Su nivel es aceptable para ser bestias locales —comentó Ishiki con desdén—. Pero su ignorancia los ciega. Es hora de recordarles las leyes de nuestro Padre, el Ancestro Supremo.
[¡ZUM!]
Antes de que el ataque destructivo de Ignis, que rozaba el Rango Súper Kage, impactara y destruyera la región, Ishiki descendió del cielo como un relámpago. Una presión gravitatoria asfixiante cayó sobre el campo de batalla, obligando a Ignis y a Zephyrus a golpear el suelo, aplastados por un peso invisible. Los miles de dinosaurios cayeron de rodillas en un instante, temblando de terror ante el poder del Rango Seis Caminos.
—Escuchen con atención, criaturas inferiores —sentenció Ishiki, su voz resonando con autoridad divina—. Mi Padre ha dictado las leyes del cosmos. Ustedes, que apenas dominan este suelo, no son más que insectos en el Rango Kage. Por debajo de ustedes están los Genin y Chunin que sacrifican en esta guerra inútil. Por encima, estamos nosotros, los Seis Caminos. Y en la cúspide absoluta, gobernando los rangos Dios Regional y Dios Galáctico, se encuentra el Ancestro Supremo.
Ishiki miró con frialdad a los líderes heridos mientras la presión aumentaba.
—Peleen por el territorio, cultiven su poder y mueran si es su destino para que su chakra regrese al creador. Pero aquel que ose amenazar la estabilidad de este Megamundo, verá a su raza borrada del registro del tiempo. Tienen una era para evolucionar. No decepcionen al Clan Otsutsuki.
Con un movimiento de su mano, Ishiki usó una fracción del poder espacio-temporal de Dragon para restaurar las montañas destruidas, dejando a las civilizaciones prehistóricas con una lección grabada a fuego: el Clan Otsutsuki observa, y el orden del Dios Supremo no se cuestiona. Con la paz restaurada a la fuerza, los líderes de las bestias regresaron a sus tierras a entrenar en secreto, jurando que algún día superarían el Rango Kage para desafiar el poder de los dioses. El gran juego del cultivo cósmico continuaba bajo la mirada silente del palacio celestial.