En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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La física de la distancia
El gran problema con acercarse demasiado a alguien… es que el espacio se vuelve un enemigo implacable y el cuerpo ya no sabe cómo fingir que no siente absolutamente nada. La gravedad de las miradas es una fuerza matemática que no se puede evadir con discursos cínicos ni escudos de buena familia.
—Hoy no tengo un plan, Cenicienta —anunció Axel mientras caminaban sin rumbo fijo por el Quai de la Tournelle. Las manos le temblaban ligeramente dentro de los bolsillos de su abrigo, una anomalía física que decidió ignorar.
Liv detuvo el paso y lo miró de reojo, entornando los ojos tras sus gafas con una desconfianza casi cómica.
—Eso me preocupa muchísimo más que cuando sí tienes un plan detallado en tu agenda de junior controlador.
—Debería preocuparte —admitió él con una media sonrisa que no llegó a sus ojos.
—¿Entonces qué se supone que vamos a hacer? ¿Caminar hasta que se nos congelen las pestañas?
Axel se encogió de hombros, deteniéndose a observar el reflejo de las luces de la ciudad sobre las aguas oscuras del Sena.
—Nada. Simplemente nada.
—¿Nada? —Liv soltó una pequeña risa incrédula—. Axel Von Lindberg, tú no sabes cómo hacer “nada”. Tu cerebro debe tener un cronómetro interno que calcula la productividad de cada respiro que das.
—Claro que sé hacerlo. Es un concepto humano básico.
—No, no sabes.
—Sí, sí sé.
—No. Definitivamente no.
Axel exhaló un suspiro largo, rindiéndose ante la testarudez de la chica. La miró fijamente, notando cómo la punta de su nariz estaba roja por el viento helado de París.
—Ven conmigo.
Terminaron en su departamento. No fue una decisión estratégica. No fue una jugada meditada para la apuesta del System, ni formaba parte del elaborado juego de seducción que sus amigos vigilaban desde las sombras. O, al menos… eso fue lo que Axel intentó repetirse a sí mismo en un eco mental desesperado mientras hacía girar la llave en la cerradura de alta seguridad.
—Nunca había estado aquí —murmuró Liv, entrando con pasos cortos y cuidadosos, como si temiera que el suelo de mármol pulido pudiera romperse bajo el peso de sus botas desgastadas o que pudiera alterar el orden de las cosas con solo respirar.
—No hay mucho que ver, la verdad —respondió él, arrojando las llaves sobre la consola de la entrada. El tintineo metálico resonó con demasiada fuerza en el silencio del lugar.
Y era la verdad. El departamento, ubicado en un piso alto con una vista envidiable a los tejados grises de la ciudad, era el epítome del minimalismo moderno. Ordenado, impecable, frío. Los muebles eran de diseñador, las líneas eran rectas y las paredes carecían de cuadros personales o fotografías familiares. Parecía la página de una revista de arquitectura de lujo, o una habitación de un hotel de cinco estrellas. Un lugar donde alguien dormía… pero nadie vivía realmente.
Liv caminó lentamente por la estancia, deteniéndose frente al gran ventanal. Sus ojos marrones lo analizaron todo con esa agudeza que a Axel tanto le aterraba.
—Es… extrañamente triste, Axel.
Axel alzó una ceja, cruzándose de brazos mientras se recargaba en el marco de la puerta.
—Gracias por el cumplido inmobiliario, Liv. Se supone que es un diseño de vanguardia.
—No, hablo en serio —dijo ella, girándose para mirarlo con una honestidad desarmante—. No hay nada tuyo aquí. Ningún rastro de la persona que eres cuando te ríes en el parque o cuando te quejas del aceite en la cocina. Es solo un cascarón caro.
Las palabras cayeron con el peso de una sentencia en el espacio vacío. Axel apretó la mandíbula, sintiendo que la calidez del lugar se esfumaba de golpe.
—No te traje a mi casa para recibir una sesión de terapia psicológica gratuita, Liv.
—Lo sé.
—Entonces hazme un favor y no analices cada esquina de mi vida.
—No puedo evitarlo. Es lo que hago con los libros, y tú eres el rompecabezas más complicado que he encontrado en París.
—Pues inténtalo. Pon tu mente en pausa.
Liv sostuvo la mirada, con una suavidad que lo descolocó por completo.
—Tú tampoco puedes evitar lo que haces, Axel. Intentas ponerle una etiqueta de control a todo para no tener que sentir el vacío.
Silencio. Un silencio denso que amenazaba con volverse incómodo. Para cambiar radicalmente el ambiente y huir de la zona de peligro, Axel dio media vuelta y caminó hacia la barra de la cocina.
—¿Quieres chocolate caliente? Creo que aún me quedan algunos bloques de chocolate belga que me envió mi madre.
Liv sonrió de inmediato, y la tensión se disipó como el humo.
—Eso sí es un plan que puedo respaldar sin protestar.
Minutos después, ambos estaban sentados en el enorme sofá de piel color gris Oxford. La televisión estaba encendida en un canal de noticias internacionales a bajo volumen, pero ninguno de los dos prestaba la menor atención a la pantalla. Estaban sentados más cerca de lo normal. Más cerca de lo que las reglas no escritas de su extraña dinámica permitían, y mucho más de lo que cualquiera de los dos había estado dispuesto a admitir… hasta ese preciso instante.
—¿Siempre estás solo aquí? —preguntó Liv en un murmullo, acunando la taza caliente entre sus manos.
—Prefiero estarlo —respondió Axel con frialdad fingida, mirando fijamente el líquido oscuro—. La soledad es predecible. No exige nada, no decepciona a nadie y no genera expectativas que no se puedan cumplir.
—Eso no es preferencia, Axel. No es lo mismo.
—Para mí lo es. Es una elección práctica.
—No —negó ella con suavidad, girando la cabeza para obligarlo a mirarla—. Nadie prefiere la soledad real en el fondo de su corazón. Solo… te acostumbras a ella porque el miedo a que te lastimen es más grande que el deseo de conectar. Te pones una armadura y la llamas comodidad.
me gustó mucho