En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 20
El viaje transcurrió sin mayores inconvenientes. Los caminos estuvieron despejados, el clima fue agradable y, para sorpresa de Xenia, la presencia constante de Clark terminó siendo menos agotadora de lo que había imaginado.
No es que fuera menos insistente.
Seguía hablando demasiado.
Seguía apareciendo cada vez que ella intentaba quedarse sola.
Y seguía teniendo la extraña capacidad de sonreír incluso cuando ella lo estaba rechazando.
Pero después de tantos días compartiendo carruaje, comidas y conversaciones, Xenia había terminado acostumbrándose un poco a él.
Lo suficiente para dejar de intentar ignorarlo cada cinco minutos.
Aquella tarde iba profundamente dormida en el carruaje.
Tenía el libro abierto sobre el regazo, aunque hacía bastante rato que había dejado de leer. El constante movimiento del camino y el cansancio acumulado terminaron venciendo incluso su curiosidad.
—Xenia...
Una voz suave llegó hasta ella.
—Xenia.
Sintió que alguien la llamaba otra vez.
Abrió lentamente los ojos.
Frente a ella estaba Clark observándola con una pequeña sonrisa.
—Ya llegamos.
Xenia parpadeó varias veces antes de mirar por la ventana.
Sus ojos se iluminaron inmediatamente.
—Por fin.
El pueblo era mucho más grande de lo que esperaba.
Las calles estaban llenas de gente caminando de un lado a otro. Había puestos decorados con cintas de colores, comerciantes instalando mercancías y numerosas decoraciones que anunciaban la llegada del festival.
Incluso desde la distancia se respiraba un ambiente alegre.
Xenia sintió cómo desaparecía gran parte del cansancio.
Al menos mentalmente.
Porque físicamente sentía que había pasado una eternidad sentada.
—Creo que ya no siento las piernas.
Clark soltó una pequeña risa.
—Yo tampoco.
—Y el trasero me duele.
—Definitivamente a mí también.
Por primera vez ambos estuvieron completamente de acuerdo.
La mansión alquilada para su estancia se encontraba sobre una pequeña colina a las afueras del pueblo.
No era tan grande como el ducado Edevane ni tan lujosa como una residencia imperial, pero resultaba elegante y acogedora.
Después de llegar, Xenia prácticamente desapareció.
Se dirigió directamente a la habitación que le habían asignado, tomó un largo baño caliente y pidió que le llevaran la cena allí mismo.
No tenía energías para nada más.
Clark tampoco estaba mucho mejor.
Aunque jamás lo admitiría delante de ella.
Tras varios días encerrado en un carruaje, incluso él comenzaba a sentirse agotado.
Aun así, mientras se relajaba en su habitación, una sonrisa apareció involuntariamente en sus labios.
Había disfrutado bastante el viaje.
Más de lo esperado.
Y la razón tenía cabello corto y una obsesión preocupante por las pociones.
Mientras tanto, varias doncellas recorrían los pasillos de la mansión intercambiando susurros emocionados.
—¿La viste?
—Claro que la vi.
—Es muy bonita.
—Y el príncipe parece llevarse muy bien con ella.
—¿Será su prometida?
—¿Prometida?
—Tal vez su amante.
—¡Dioses!
—¿Y si vinieron juntos para el festival?
—¡Eso sería tan romántico!
Las jóvenes comenzaron a inventar historias cada vez más absurdas.
Para cuando terminaron, prácticamente habían decidido que se trataba de una pareja secretamente enamorada.
La realidad era bastante diferente.
Pero ellas no lo sabían.
Más tarde, cuando el cansancio disminuyó un poco, Xenia decidió salir a recorrer la mansión.
Quería familiarizarse con el lugar donde vivirían durante los próximos días.
Abrió la puerta de su habitación.
Y exactamente al mismo tiempo se abrió la puerta de la habitación contigua.
Ambos se quedaron mirando durante un instante.
—...
—...
—¿Por qué tu habitación está al lado de la mía? —preguntó Xenia.
Clark pareció reflexionar.
—Destino.
—Corrupción.
—También podría ser.
Xenia negó con la cabeza.
Era inútil discutir.
—¿Vas a algún lado? —preguntó él.
—Solo quería recorrer un poco la mansión.
—Entonces voy contigo.
—No te invité.
—Lo sé.
—...
—Vamos.
Xenia suspiró.
Y terminó aceptándolo.
Porque ya sabía que intentar detenerlo solo haría que insistiera más.
Caminaron por varios pasillos, exploraron algunas salas y finalmente terminaron llegando al jardín trasero.
El sol comenzaba a ocultarse.
Todo el horizonte estaba teñido de tonos dorados y anaranjados.
Desde la colina donde se encontraba la mansión podía verse gran parte del pueblo.
Las pequeñas luces de las casas comenzaban a encenderse una tras otra.
Era un paisaje hermoso.
Por unos segundos ambos permanecieron en silencio observándolo.
—¿Qué piensas hacer mañana? —preguntó Clark.
Xenia mantuvo la vista fija en el horizonte.
—Salir temprano.
—¿A buscar la planta?
—Sí.
—¿Por dónde empezarás?
—Preguntaré a los lugareños. Los libros dicen dónde crece, pero la información tiene más de treinta años. Es posible que algunas cosas hayan cambiado.
Clark asintió.
—Entonces estaré listo a primera hora.
Xenia finalmente giró la cabeza para mirarlo.
—Ya te dije que no es necesario.
—Y yo te dije que voy a ayudarte.
—No necesito ayuda.
—Eso mismo dijiste antes de ser secuestrada.
—Golpe bajo.
—Muy efectivo.
Xenia lo fulminó con la mirada.
Clark sonrió satisfecho.
La conversación terminó ahí porque una ráfaga de viento atravesó el jardín.
El aire era mucho más frío de lo que parecía.
Xenia se abrazó ligeramente a sí misma.
Clark la observó unos segundos.
Sin decir nada, se quitó el saco que llevaba encima.
Antes de que ella pudiera reaccionar, lo colocó cuidadosamente sobre sus hombros.
El calor que todavía conservaba la prenda la envolvió de inmediato.
Xenia parpadeó sorprendida.
—Gracias.
—No es nada.
Por primera vez no hubo ninguna broma.
Ninguna respuesta provocadora.
Solo tranquilidad.
La luz del atardecer iluminó el rostro de ambos mientras observaban el paisaje.
Y durante unos segundos, el silencio entre ellos resultó extrañamente cómodo.
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