Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 18
Capítulo 18: La orden que no pudo romperla
El Consejo cerró las puertas antes de que la manada pudiera explotar.
Luz fue llevada con las sanadoras. Su madre lloraba en el pasillo, con la voz rota de tanto repetir gracias. Milena quiso quedarse con ellas, pero Jacobo se acercó y dijo en voz baja:
—Rodrigo Duarte ya está dentro.
El nombre bastó.
Abuela Clara había temblado al oírlo.
Milena entró al salón con la muñeca vendada y frío en los dedos. Dante caminaba a su lado. Su Transformación parcial no había bajado del todo: ojos oscuros con borde dorado, uñas más largas de lo normal, hombros tensos bajo la camisa rota. Cada respiración le costaba. La plata del sello seguía castigándolo desde dentro.
Rodrigo Duarte estaba sentado como dueño.
Cabello gris. Traje negro. Manos limpias. Olía a cuero, ceniza y mando viejo. El tipo de hombre que no necesitaba levantar la voz porque durante años otros habían aprendido a temblar antes de que hablara.
Milena supo que lo odiaba antes de escucharlo.
—La famosa Cruz —dijo Rodrigo.
Dante se detuvo.
—Está en mi territorio.
—Vine porque tu Consejo me llamó.
Lorena no miró a Dante.
Ahí estaba.
Rodrigo no había entrado por fuerza.
Alguien le abrió la puerta.
Isadora golpeó el bastón.
—Se investigará la acusación contra Valeria Ríos y el daño a una Omega bajo luna llena.
Rodrigo levantó una mano.
—Primero se investigará por qué una mujer bajo juramento abandonó el sendero lunar y usó sangre no registrada sobre una menor.
Dante gruñó.
—Salvó a Luz.
—Eso lo decidirá el Consejo.
Milena rió una vez.
Todos la miraron.
—Perdón. Pensé que salvar a una niña envenenada era claro hasta para un Duarte.
El rostro de Rodrigo no cambió.
Su olor sí.
Molestia.
—Arrodíllate, Milena Cruz.
La orden cayó sobre ella.
No pertenecía a Dante. No tenía su calor ni su rabia contenida. Era más vieja, más sucia, una fuerza metida en la sangre de Luna de Hierro por años de miedo, pactos y obediencia.
Las rodillas de Milena cedieron.
Dante la sostuvo antes de que tocara el suelo.
El contacto encendió el vínculo.
Calor contra la orden.
El pecho de Milena ardió. La voz de Rodrigo le empujaba los huesos hacia abajo. El bond tiraba de ella hacia Dante, no para someterla, sino para recordarle que aún tenía centro.
Rodrigo inclinó la cabeza.
—El vínculo ya responde.
Milena apretó los dientes.
No.
No le daría ese gusto.
—No me arrodillo.
La orden golpeó otra vez.
Más fuerte.
Sangre le bajó de la nariz.
Dante se puso delante de ella.
—No la órdenes.
Rodrigo sonrió.
—¿Vas a detenerme con ese lobo roto?
El salón olió a miedo.
Esa frase llevaba años esperando.
Dante la sintió. Su espalda se tensó. La plata bajo sus muñecas brilló incluso bajo las vendas. La sombra del lobo subió por su cuello y el aire empezó a vibrar con un gruñido que no cabía en la garganta humana.
Milena lo tocó por detrás, apenas.
—No empuje contra el sello.
—Está atacándola.
—Y usted cayéndose no ayuda.
Rodrigo levantó la voz:
—Milena Cruz, confiesa que usaste acónito sobre la niña Omega para manipular a la manada.
La orden Alpha llenó el salón.
Milena gritó.
No por voluntad.
Por dolor.
La palabra quería salirle de la boca. Confieso. Confieso. Confieso. Le raspaba la lengua, le golpeaba los dientes, le abría la garganta desde dentro.
El vínculo tiró desde el pecho de Dante.
No como cadena.
Como mano.
Milena se agarró a eso.
—No.
Rodrigo se levantó.
—Confiesa.
El hilo de sangre le bajó hasta el labio.
Milena sintió a su loba enterrada rascar desde dentro.
Pequeña.
Herida.
Viva.
—No.
Dante rugió.
La forma del lobo salió por su cuerpo a medias: hombros más anchos, uñas negras, colmillos visibles, venas oscuras marcándole el cuello. La plata lo castigó al instante. El olor a piel quemada llenó el salón.
Aun así, se puso entre Milena y Rodrigo.
—Está bajo mi protección.
Rodrigo no retrocedió.
—No puedes proteger ni a tu propio wolf.
Dante dio un paso.
El piso crujió.
Isadora se levantó.
—Rodrigo, basta.
—No. Quiero que todos vean lo que queda del heredero Navarro.
Milena vio el dolor en Dante.
Y vio otra marca.
Vergüenza.
No por ella.
Por años de ser mirado como un Alpha incompleto.
La rabia le calentó la sangre.
Milena salió de detrás de él.
Dante intentó detenerla.
—Milena.
—No.
Se limpió la sangre de la nariz con el dorso de la mano y miró a Rodrigo Duarte.
—Si necesita aplastar a una mujer herida para sentirse Alpha, entiendo por qué la Abuela Clara le tenía miedo.
El salón se quedó sin aire.
Rodrigo sonrió.
Frío.
—Tu abuela habló más de la cuenta.
Confirmación.
Dante también la oyó.
Su lobo empujó otra vez.
Esta vez, el sello no lo detuvo completo.
Una garra negra rompió la venda.
Rodrigo dejó de sonreír.
Dante respiraba con dificultad, pero seguía en pie.
—Sal de mi territorio —dijo.
La orden Alpha salió rota.
Pero salió de él.
No de la herencia de Rodrigo.
Los guerreros de la puerta bajaron la cabeza ante Dante.
Rodrigo miró alrededor y entendió que por esa noche no podía ganar.
—Disfruta tu teatro —dijo—. Tu lobo no llega vivo a la próxima luna llena.
Milena sintió el golpe en Dante antes de verlo.
Rodrigo se fue.
Dante cayó de rodillas.
Y esta vez, cuando Milena corrió hacia él, nadie se atrevió a detenerla.