A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 5
Cap 5: Pierdo al bebé
Dos semanas después del huevo en cazuelita, fue un miércoles. El primo de Gerardo, Memo, había llegado a comer. Olía a cigarro. Ninguno de los hombres ayudó a poner la mesa. Camila lavaba lechuga en la tarja cuando los oyó hablar al otro lado de la pared, en el cuarto de servicio convertido en bodega. Se habían metido ahí para que la suegra no los oyera. No contaron con la pared de adobe.
—Pero te la chingaste, Gera —decía Memo, en voz baja—. La andas trayendo aquí como si nada.
—No me la chingué. Bernal se pasó.
—Bernal se pasó porque tú lo metiste al cuarto, cabrón.
Hubo una pausa. Después la voz de Gerardo. Más baja. Más limpia. La voz que él reservaba para entre hombres.
—Fue un acuerdo. Yo no forcé nada. Bernal se pasó de la raya y ya. La culpa fue de él. Yo me fui del cuarto. Lo que pasó adentro no lo vi.
—Pero la dejaste.
—La dejé porque era el trato.
—¿Y si te demanda?
—Estaba bajo el efecto. No se acuerda. Y aunque se acordara, le va a creer al juez antes que a mí. Mira lo que es. ¿Quién va a creerle?
—¿Y el frasco de dónde salió?
—Eso no te lo digo. Pero quedó adentro de la familia. Una de las morras de su lado. Una que tiene cuentas pendientes con ella desde hace años. Me dio el dato sin que le pidiera nada a cambio. Eso lo bonito de las cuentas viejas, primo: se cobran solas.
—¿Brisa?
—Yo no dije ningún nombre.
—Gera, eres pendejo.
—Soy ambicioso, Memo. Hay diferencia. Y, dicho sea, el lunes me llega el ascenso. Doble sueldo. La casa nueva por fin. Esa morra no entiende lo que le estoy haciendo a la vida de los dos.
Memo dijo algo que ella no alcanzó a oír. Gerardo se rio. Camila apretó la hoja de lechuga hasta romperla.
* * *
Cerró la llave. Se secó las manos en el delantal de la suegra. Se sacó el delantal por la cabeza. Caminó al comedor.
En el comedor estaban Doña Remedios, Brenda, dos tías de visita, una sobrina, el suegro y Memo. Centro de mesa: jarra de jamaica, cazuela de tinga.
Camila se quedó parada en el marco de la puerta.
—Suegra. Voy a decir algo. Para que lo oiga la familia. Para que después no se pueda decir que no lo dije.
—¿Qué pasó, mija? Siéntate.
—Yo no me caí en el resort. —La voz era nivelada, baja, casi monótona—. Yo no me confundí. Yo no exageré. Gerardo me llevó al resort para ofrecerme al señor Bernal. Su jefe. A cambio de un ascenso. Me echaron algo en la leche. Salí de eso a golpes con una lámpara. Salí al pasillo y le toqué a la puerta de un desconocido, porque mi marido se había ido del cuarto cuando entró el otro hombre. Eso pasó.
Doña Remedios soltó una risa muy corta, sin alegría.
—Mija. Por favor.
—No le pido que me crea. Le pido que lo oiga. Para que después no diga que no lo sabía.
—¡Una nuera no le falta el respeto al marido en su propia casa! ¡A mi hijo!
—No estoy inventando.
—¡Cómo te atreves!
Gerardo entró desde la bodega, blanco. Había alcanzado a oír la última frase.
—Cami...
—Acabo de oírte decir que fue un acuerdo. Acabo de oírte decir que nadie me iba a creer.
—Eso no es lo que dije.
—Eso es lo que dije.
—Estás confundiendo las cosas, mi vida.
—No. Por primera vez en años no estoy confundiendo nada.
Brenda, desde su silla, sostuvo el teléfono dentro del bolsillo de la pijama. La cámara grababa la cara del hermano. Después se preguntaría por qué grabó en lugar de defenderlo. En ese momento, grabó.
Una de las tías —la más vieja, la que de niña le decía a Camila "tu carita merece un mejor partido"— se persignó.
—Que esto no salga de aquí —murmuró—. Por Dios.
—Tía. Esto ya salió. Yo lo acabo de sacar. La que decida ahora qué hacer con lo que oyó va a ser cada uno.
—Cami, hija—
—No me defienda, tía. No vine por eso.
—¿Qué quieres entonces?
—Que cuando dentro de un mes le pregunten "¿usted sabía?", no mientan. Es todo.
La tía bajó la mirada al mantel.
Brenda subió el volumen del teléfono medio centímetro.
—Esta plática se acabó —dijo el suegro, levantándose por primera vez—. Si tienes problemas con mi hijo, los arreglan ustedes. En mi mesa no se ventila eso.
—No vine a ventilar nada. Vine a decirlo en voz alta. Ya lo dije.
Caminó hacia la puerta de la calle. Nadie se levantó. Nadie la frenó. Gerardo se quedó parado en mitad del comedor con la cara desencajada y la corbata todavía colgando del cuello sin terminar de anudar.
—Cami. —La voz le salió ronca—. Cami, regresa.
—No.
—Cami, no se acaba así.
—Sí se acaba así.
—Cami, esto lo vamos a arreglar entre los dos. Como pareja. Sin papeles. Sin escándalo. Te juro—
—Gerardo. La próxima vez que oigas mi nombre lo va a leer un agente del Ministerio Público.
Y entonces la sintió.
Una punzada que le subió del fondo del vientre y se enroscó alrededor del ombligo. No fuerte al principio. Solo presente. Camila se detuvo dos segundos en el pasillo, agarrada del marco. Se pasó la mano por el abdomen. La punzada respondió con otra, más larga.
No giró la cabeza para que nadie lo viera.
Abrió la puerta. Salió.
* * *
La banqueta blanca. Caminó tres pasos en línea recta, dobló la esquina. Sacó el teléfono.
—¿Bueno, Cami?
—Abuela. Estoy en la colonia. Cerca del paradero. Me tienes que recoger.
—¿Estás bien?
—No. Algo me está pasando. Abajo.
—Camina hacia el paradero, mija. Voy en el primer taxi.
* * *
Abuela Inés la encontró sentada en la banqueta a dos cuadras del paradero, con la frente en las rodillas.
—Mija.
—Abuela.
La abuela no preguntó. La levantó del brazo. La metió al taxi. Le dijo al chofer el nombre del IMSS más cercano.
—¿Hace cuánto te empezó?
—Veinte minutos. Quince. Está subiendo.
La abuela le tomó la mano. Camila apoyó la cabeza contra su hombro.
* * *
En urgencias, una enfermera la sentó en silla de ruedas. El médico era joven, con los ojos cansados.
—¿De cuánto cree que está?
—Cinco semanas. Cinco y media.
—¿Tiene controles?
—No, doctor. Acabo de enterarme.
—¿Sangrado?
—Empezó hace una hora.
Ordenó un ultrasonido.
* * *
El cuarto del ultrasonido era frío. El gel en el vientre. La pantalla con sombras que Camila no supo leer. El médico tardó en hablar.
—Lo siento, señora.
Camila ya lo sabía. Igual le dolió oírlo.
—¿Está cien por ciento?
—Cien por ciento. Es un aborto espontáneo en curso. Es temprano. No requiere intervención quirúrgica. Va a salir solo. Le vamos a dar manejo del dolor y la dejamos en observación unas horas.
—¿Por qué pasó?
—A esta edad gestacional, la mayoría son por causas que no podemos identificar. Estrés extremo, trauma, alteraciones genéticas. A veces así es.
—¿Algo de lo que tomé en el resort hace cinco semanas pudo provocarlo?
El médico la miró un segundo.
—¿Qué tomó?
—Un sedante. Sin mi consentimiento.
—Eso amerita denuncia, señora.
—Está en proceso.
—Si nos autoriza, podemos asentar en el expediente la sospecha de exposición a sustancia no identificada. Eso le sirve si va a usar este episodio como evidencia.
—Asiéntenlo.
—Vamos.
Camila asintió otra vez.
* * *
No lloró delante del médico. No lloró delante de la enfermera. No lloró cuando la pasaron a la cama de observación detrás de la cortina blanca, ni cuando le pusieron la pulsera con su nombre mal escrito —Lascano, sin la zeta—.
Abuela Inés se sentó en la sillita junto a la camilla. Le tomó la mano por encima de la sábana.
—Ya, mija. Ya.
Entonces, sí.
Camila volteó la cara hacia el hombro de Abuela Inés y lloró sin sonido durante mucho tiempo. Lloró por una mujer que era ella y por otra que no había alcanzado a ser. Lloró por una vida muy chica, muy nueva, que no había pedido nacer en el cuerpo de una mujer rota.
Abuela Inés le acarició la coronilla y rezó por dentro, sin que se oyeran las palabras.
Cuando Camila se quedó sin lágrimas, todavía con la cara contra el hombro de la abuela, dijo, despacio:
—Me divorcio. Esta semana.
—Cami.
—Esta semana, abuela. No el mes que entra. No después del novenario. Esta semana.
Abuela Inés le apretó la mano como se aprieta una rama para no dejarla caer al río.
—Ya, mija. Ya.
Camila cerró los ojos. El techo blanco del cuarto de observación se le quedó atrás, marcado en los párpados, igual de blanco que el techo de la suite del desconocido la mañana que despertó del primer error de su vida.
Esta vez la puerta la iba a abrir ella.
Abuela Inés se quedó al lado de la camilla otra media hora. Le acomodó el cabello de la frente. Sacó del bolso un cuadrito de chocolate envuelto, lo abrió, se lo puso en la boca a Camila como cuando era niña con fiebre. Camila lo masticó despacio. Le supo a azúcar barata y a infancia.
—Mija.
—Dime, abuela.
—¿Quieres que llame al señor que te trajo aquí ahora? Tu... amigo de la suite. El que te abrió la puerta.
—No, abuela. A él no le debo nada todavía. No quiero deberle esto.
—¿Y si quisiera saber?
—Que se entere por su cuenta. Yo no.
Inés asintió. No insistió.
Camila cerró los ojos. Decidió, sin decirlo en voz alta, que el lunes a primera hora iba a tocar la puerta del despacho de orientación legal. Y que el martes iba a firmar lo que hubiera que firmar.