Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
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UNA AMISTAD ENTRE SONRISAS Y ESPINAS
Las semanas siguientes transcurrieron con una tranquilidad que Alana jamás había experimentado desde su regreso a la capital.
La visita de Isabella a la residencia Storm no fue un hecho aislado. Al contrario, terminó convirtiéndose en una costumbre.
Cada cuatro o cinco días, un elegante carruaje con el emblema de la casa Valtier se detenía frente a la mansión, y de él descendía la joven de cabellos dorados acompañada únicamente por una dama de compañía.
—¿Lady Alana está disponible? —preguntaba siempre con una sonrisa impecable.
Los sirvientes ya conocían aquella voz y abrían las puertas con respeto. Poco después, Alana descendía por la gran escalera principal con una expresión mucho más relajada que semanas atrás.
—¡Isabella! Llegaste antes de lo esperado.
—No podía esperar más. Encontré un libro que estoy segura de que te encantará.
Aquellos pequeños detalles hicieron que la amistad entre ambas creciera con rapidez. Intercambiaban novelas, hablaban durante horas sobre música, compartían recetas de postres y discutían cuál era el jardín más hermoso de toda la capital.
Tomaban el té bajo el enorme roble del jardín de los Storm, donde las flores perfumaban el aire y las fuentes ofrecían un sonido relajante. A veces permanecían allí hasta que el sol comenzaba a ocultarse, acompañadas únicamente por el canto de los pájaros y el suave tintinear de las cucharillas de plata contra las tazas de porcelana.
Los duques Storm observaban aquellas escenas con satisfacción.
Durante mucho tiempo habían temido que su hija viviera aislada del resto de la nobleza debido a su carácter reservado.
Ahora, verla sonreír con naturalidad llenaba de tranquilidad sus corazones.
—Nuestra hija necesitaba una amiga —comentó la duquesa una tarde mientras observaba a las jóvenes desde la terraza.
—Y parece haber encontrado una buena compañera —respondió el duque.
Si tan solo hubieran sabido lo que realmente comenzaba a crecer detrás de aquellas sonrisas...
Los encuentros no tardaron en multiplicarse.
Un día era Isabella quien visitaba la residencia Storm.
Al siguiente, era Alana quien acudía a la elegante mansión Valtier.
La residencia de Isabella poseía una belleza distinta. Todo estaba dispuesto con una precisión casi perfecta. Los jardines parecían diseñados con regla, las flores estaban distribuidas por colores y ni una sola hoja permanecía fuera de lugar.
Era hermosa.
Pero también fría.
Alana nunca consiguió sentirse completamente cómoda allí, aunque atribuía aquella sensación a la diferencia entre ambas familias.
Durante una de aquellas visitas, compartieron una refinada merienda compuesta por té de jazmín, pequeños pasteles de limón, tartaletas de frutos rojos y delicados macarons traídos desde un reino vecino.
—Deberíamos salir más seguido —comentó Isabella mientras sostenía con elegancia su taza de porcelana—. He escuchado que inauguraron una nueva cafetería cerca de la plaza central.
Los ojos de Alana se iluminaron.
—¿La que prepara pasteles con miel de flores silvestres?
—Esa misma.
—Entonces debemos ir.
Isabella sonrió ampliamente.
—Lo tomaré como un sí.
Así comenzó una nueva costumbre.
Cada semana dedicaban al menos un día a recorrer la capital.
La ciudad imperial estaba llena de vida.
Las calles principales reunían comerciantes provenientes de distintos reinos. Había puestos con especias aromáticas, joyeros capaces de trabajar piedras preciosas frente a los clientes, artesanos que tallaban delicadas figuras de madera y perfumerías cuyos aromas parecían envolver toda la avenida.
Las dos jóvenes caminaban protegidas por discretos guardias, aunque procuraban mantener un perfil sencillo para disfrutar del ambiente.
Entraban en cafeterías famosas entre las damas nobles.
Probaban nuevos sabores de té.
Compartían enormes porciones de pastel de chocolate, vainilla y frutas.
Alana reía con facilidad.
Era una risa sincera, libre de cualquier pretensión.
Aquella espontaneidad despertaba miradas de admiración entre quienes las observaban.
Más de una vez los comerciantes comentaron que lady Storm poseía una elegancia natural que no necesitaba ser forzada.
Eran comentarios inocentes.
Pero Isabella los escuchaba todos.
Y cada uno dejaba una pequeña marca en su orgullo.
Una tarde decidieron visitar la avenida comercial más prestigiosa del reino.
Las vitrinas exhibían vestidos bordados con hilos de oro, sombreros adornados con delicadas plumas blancas, abanicos pintados a mano por artistas imperiales y joyas tan finas que parecían pequeñas obras de arte.
Alana se detuvo frente a un broche de plata con un pequeño zafiro en forma de lágrima.
No era especialmente costoso.
Lo que llamó su atención fue la delicadeza del diseño.
—Es precioso...
El joyero sonrió inmediatamente.
—Tiene muy buen gusto, lady Alana. Es una pieza única.
Antes de que pudiera pedir verla más de cerca, Isabella dio un paso al frente.
—Lo compraré.
Alana giró sorprendida.
—¿También te gustó?
—Muchísimo.
—Entonces adelante.
La respuesta fue tan natural que Isabella quedó desconcertada.
Esperaba verla dudar.
Esperaba notar una pizca de decepción.
Pero Alana simplemente sonrió.
Cuando el vendedor entregó el estuche, Isabella añadió con tono amable:
—Aunque, siendo sincera... creo que era demasiado sencillo para ti. Estoy convencida de que encontrarás uno mucho más bonito.
—Puede ser —respondió Alana sin molestarse.
Continuaron caminando como si nada hubiera ocurrido.
Aquella escena comenzó a repetirse una y otra vez.
Si Alana admiraba un abanico decorado con flores de cerezo...
Isabella lo compraba antes.
Si observaba un perfume elaborado con rosas imperiales...
Isabella pedía dos frascos.
Si mostraba interés por una cinta de seda azul...
—Ese color no resalta tu cabello. Estoy segura de que más adelante encontraremos algo más adecuado para ti.
Siempre existía una excusa.
Siempre iba acompañada de una sonrisa amable.
Y siempre sonaba como un consejo dado por una verdadera amiga.
Alana nunca sospechó.
Pensaba que simplemente compartían gustos similares.
En una ocasión incluso comentó con inocencia:
—Qué curioso. Siempre terminamos eligiendo las mismas cosas.
Isabella sonrió.
—Eso significa que estamos destinadas a ser grandes amigas.
Sin embargo, por dentro, aquellas palabras tenían un significado completamente distinto.
No soportaba la idea de que Alana poseyera algo que ella hubiera deseado primero.
Ni siquiera comprendía el origen de aquel sentimiento.
Simplemente ocurría.
Ver el interés reflejado en los ojos de Alana despertaba en ella una necesidad casi inmediata de apropiarse de aquello.
Aunque jamás volviera a utilizarlo.
Aunque terminara olvidado en un armario.
Aunque ni siquiera le gustara realmente.
Lo importante era que dejara de pertenecer al mundo de posibilidades de Alana.
Los comerciantes comenzaron a notarlo.
—¿Te fijaste?
—Cada vez que lady Storm muestra interés por un artículo, lady Valtier termina comprándolo.
—Quizá solo compartan gustos.
—Tal vez...
Pero ninguno se atrevía a decir nada frente a ellas.
Una tarde, mientras descansaban en una cafetería después de una larga jornada de compras, el propietario llevó personalmente un pastel recién horneado hasta su mesa.
—Este es nuestro postre más solicitado. Espero que sea de su agrado.
Alana probó el primer bocado y sonrió con sincera felicidad.
—Está delicioso.
El anciano pastelero respondió con una amable inclinación.
—Me alegra que haya sido del gusto de la joven dama.
Aquellas palabras eran simples.
Una cortesía hacia una clienta.
Pero Isabella sintió un incómodo pinchazo en el pecho.
¿Por qué todos parecían mirar primero a Alana?
¿Por qué siempre era ella quien recibía los elogios más espontáneos?
Durante el camino de regreso, apenas habló.
Observaba por la ventana del carruaje mientras las calles desfilaban lentamente.
"¿Por qué nunca se enfada?", pensó.
Cualquier otra joven noble habría reclamado.
Habría competido.
Habría presumido del poder de su familia para quedarse con cada objeto antes que su rival.
Pero Alana no.
Ella simplemente sonreía, aceptaba la situación y seguía adelante.
Aquella serenidad comenzaba a desesperarla.
Sin darse cuenta, Isabella ya no solo quería quedarse con las cosas que llamaban la atención de Alana.
Quería romper aquella calma.
Quería ver cómo perdía la compostura.
Quería comprobar si, detrás de aquella dulzura, existía alguna grieta.
Mientras tanto, Alana regresaba a casa convencida de haber encontrado a una amiga sincera.
No imaginaba que, entre paseos, tazas de té y dulces compartidos, la semilla de una peligrosa envidia había comenzado a echar raíces.
Y como toda semilla bien alimentada, solo necesitaba tiempo para convertirse en algo mucho más oscuro.
la union hace la fuerza