Valentina tenía 17 años cuando conoció a Lautaro, un amor inesperado que llegó para cambiar su vida para siempre. Entre miradas, promesas y momentos inolvidables, descubrió un sentimiento que creyó que duraría toda la vida.
Pero a veces el amor no alcanza.
Los malos entendidos, las personas equivocadas y las decisiones tomadas demasiado pronto los separaron. Mientras Lautaro siguió adelante con su vida, Valentina intentó olvidarlo, aunque una parte de su corazón siempre quedó en aquel pasado.
Con los años, Valentina construyó una familia junto a Franco, un hombre que le dio amor, estabilidad y un hogar. Se convirtió en esposa y madre, aprendiendo que la vida puede regalarte una felicidad diferente a la que imaginaste.
Pero hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar.
Porque algunas personas no desaparecen de tu corazón, aunque pasen los años, aunque cambien las vidas, aunque los caminos se separen.
Y cuando el destino decide volver a cruzarlos...
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Capítulo 15 – Promesas bajo las estrellas
Después de aquella noche en la casa de Camila, Valentina y Lautaro sentían que el amor entre ellos crecía cada día un poco más.
No era un amor de esos que nacen de un día para el otro.
Era un amor que se construía en los pequeños detalles.
En un "¿ya comiste?".
En un "avisame cuando llegues".
En una llamada de cinco minutos que terminaba durando dos horas.
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El lunes amaneció lluvioso.
Valentina estaba trabajando cuando sintió vibrar el celular en el bolsillo.
No necesitó mirarlo para saber quién era.
Lautaro ❤️
"Mirá por la ventana."
Frunció el ceño y levantó la vista.
Del otro lado de la calle, apoyado sobre su auto bajo un paraguas negro, estaba Lautaro.
Con una bolsa de una panadería en la mano.
Ella salió casi corriendo.
—¿Qué hacés acá?
—Sabía que hoy no ibas a tener tiempo de almorzar.
Le alcanzó la bolsa.
Adentro había dos medialunas, un sándwich y un jugo.
Valentina lo miró con una mezcla de sorpresa y ternura.
—No tenías que hacer esto.
—Quise hacerlo.
Ella sonrió.
—Gracias.
—No me agradezcas.
—¿Entonces?
—Dame un beso y estamos a mano.
Valentina se rió.
Miró para los costados.
—Estás loco.
—Un poquito.
Se acercó y le dio un beso corto.
Lautaro hizo una mueca.
—¿Ese fue el beso?
—Estoy trabajando.
—Bueno... después me das otro mejor.
Ella negó con la cabeza entre risas.
—Andá, antes de que me reten.
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Esa misma noche hablaron por videollamada.
Lautaro estaba acostado mirando el techo.
Valentina, envuelta en una frazada, sostenía un mate entre las manos.
—¿En qué pensás? —preguntó ella.
Él tardó unos segundos en responder.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Claro.
—¿Vos te imaginás un futuro conmigo?
Valentina quedó en silencio.
No porque dudara.
Sino porque nunca nadie le había hecho esa pregunta.
—Sí.
Lautaro sonrió.
—Yo también.
—¿Y cómo te lo imaginás?
Él se quedó pensando.
—No sé... una casa sencilla.
Un perro.
Muchos mates en el patio.
Vos riéndote de mis chistes malos.
Ella empezó a reír.
—¿Y hijos?
Lautaro sonrió.
—Algún día.
Pero falta mucho para eso.
Valentina sintió una paz difícil de explicar.
No estaban haciendo planes para la semana siguiente.
Estaban imaginando una vida.
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El sábado siguiente, el grupo decidió no salir al boliche.
Martín había conseguido permiso para usar la casa de campo de un tío, a las afueras de la ciudad.
Había un fogón, árboles enormes y un cielo completamente despejado.
Cuando cayó la noche, todos se sentaron alrededor del fuego.
Bruno sacó una guitarra.
No era un gran músico.
Pero alcanzaba para acompañar las canciones que todos conocían.
Camila cantaba desafinando.
Sofía no paraba de reír.
Martín hacía chistes malos cada cinco minutos.
Valentina observaba la escena.
—¿Qué pasa? —preguntó Lautaro.
—Nada.
—Te quedaste pensando.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Solo estaba disfrutando este momento.
—Yo también.
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Más tarde, se alejaron unos metros del grupo.
El ruido del fogón quedó atrás.
El campo estaba en silencio.
Solo se escuchaban los grillos y el viento moviendo los árboles.
Valentina levantó la vista.
—Mirá las estrellas.
Lautaro también miró hacia arriba.
—Hace años que no veía un cielo así.
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
—Prometeme una cosa.
—La que quieras.
—Si algún día tenemos problemas...
No te vayas sin escuchar mi versión.
Lautaro la miró con seriedad.
—Te lo prometo.
—Y si soy yo la que se enoja...
Obligame a hablar.
Porque a veces me cierro mucho.
Él sonrió.
—Trato hecho.
Se quedaron unos segundos en silencio.
Después Lautaro sacó una pequeña cadena de acero del bolsillo.
No era cara.
Ni llamativa.
Tenía un dije en forma de brújula.
—¿Esto qué es?
—La vi en una vidriera y me acordé de vos.
—¿Por qué una brújula?
Él respiró hondo.
—Porque desde que apareciste... siento que encontré el rumbo que estaba buscando.
Los ojos de Valentina se llenaron de lágrimas.
No dijo nada.
Simplemente se puso la cadena y lo besó.
Un beso lento.
Sincero.
Lleno de promesas que ambos creían que iban a durar para siempre.
A lo lejos, Camila los vio abrazados.
Sonrió y le dijo en voz baja a Martín:
—Ojalá nunca dejen de mirarse así.
Martín siguió la dirección de su mirada y respondió:
—Hay amores que parecen invencibles...
Solo el tiempo dirá si este es uno de ellos.
Y mientras el fuego seguía encendido y las risas llenaban la noche, ninguno de los seis imaginaba que la felicidad que estaban viviendo estaba a punto de enfrentarse a la primera gran prueba. Una prueba que pondría en juego la confianza, el orgullo y el amor que Valentina y Lautaro se habían prometido cuidar para siempre.