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ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Matrimonio arreglado
Popularitas:887
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.

El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.

Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 19 LAS MANZANAS DE CARAMELO

Saqué huevos frescos, queso, tortillas de maíz recién hechas y café de grano de Oaxaca. Mientras las tortas se calentaban en el sartén y el café soltaba su aroma intenso, lavé con mucho cuidado una manzana roja, brillante y perfecta. La corté en gajos finos, les quité las semillas y las bañé en un caramelo suave que preparé con azúcar y un toque de vainilla, hasta que quedaron doradas y brillantes.

Justo cuando dieron las siete en punto, apareció en la puerta. Llevaba una pijama de seda gris y el pelo revuelto, y me miró con esa expresión de siempre: fría, distante, como si yo no tuviera derecho a estar ahí tan temprano.

—Buenos días —le dije, sonriendo mientras le señalaba la silla—. Siéntese, por favor. Desayune antes de que se enfríe.

Él se sentó despacio, sin quitarme la vista de encima, y vio la torta de huevo y el café humeante. Pero cuando sus ojos cayeron sobre el plato con los gajos de manzana, su mandíbula se tensó de golpe.

—Come —repetí, señalando el plato.

Empezó con la torta: comió despacio, probando cada bocado como si midiera cada sabor, y en pocos minutos el plato quedó vacío. Bebió todo el café, y luego se quedó mirando la manzana como si fuera una serpiente lista para atacar.

—Te falta la fruta —le recordé suavemente.

Él alzó la vista, y sus ojos oscuros me desafiaron.

—No como manzanas —dijo, tajante—. Nunca.

—Esta es diferente —le aseguré, acercándole un gajo—. Mira, lleva caramelo y un poco de canela. No sabe igual que las demás. Prueba solo un trozo. Por favor.

Se quedó callado un largo rato, dudando. Al final, tomó el gajo con dos dedos, como si le costara tocarlo, y se lo llevó a la boca con cautela, masticando muy despacio, como si esperara que el sabor le quemara la lengua o le hiciera daño. Cuando terminó, no hizo ninguna mueca de asco. Solo tragó, y suspiró casi sin darse cuenta.

—¿Cómo está? —pregunté—. ¿Le gustó?

—Sí —dijo, y fue la primera vez que su voz no sonó tan cortante—. Está bien.

—¿A qué hora vendrá a almorzar? —le pregunté mientras recogía los platos.

—A las cuatro —respondió, poniéndose de pie—. No me haga esperar.

Y salió de la cocina sin mirar atrás.

Mientras él se iba, oí ruidos en el pasillo: Susana había llegado con tres personas más, todas con uniformes de limpieza, que empezaron a revisar las ventanas y los muebles con esmero. Me acerqué a ella cuando se quedó sola doblando unas mantas.

—Susana —le llamé en voz baja—. ¿Puedo preguntarle algo? Se habla mucho del señor Fierro… dicen cosas muy raras sobre lo que come. ¿Es verdad todo lo que cuentan?

Ella se detuvo de golpe, miró a los lados para asegurarse de que nadie nos oyera, y me hizo una seña para que la siguiera hasta el rincón más alejado del salón. Se sentó en un sofá pequeño, y su rostro, siempre sereno, se llenó de tristeza.

—Mire, señorita —empezó, entrelazando las manos con fuerza—. Yo conozco al señor Emiliano desde que era un bebé. Trabajé con su madre muchos años, y cuando ella se fue, me pidió que viniera aquí para cuidarlo. Él es como un hijo para mí, aunque nunca me lo diga.

Hizo una pausa, y sus ojos se llenaron de lágrimas que no dejaba caer.

—De muy pequeño, apenas tenía cuatro años, le pasó algo terrible. Se enfermó gravemente del estómago, y los médicos no daban con qué era. Durante años, no podía tragar casi nada: cualquier cosa sólida que probaba, la vomitaba al instante. Pasó meses y meses en el hospital, alimentado solo por suero y sondas, sin probar ni un bocado de comida de verdad. Yo lo veía ahí, tan flaquito, tan asustado… le dábamos purés muy suaves, pero ni así podía retenerlos.

Susana miró hacia la escalera, como si pudiera ver al niño pequeño que Emiliano fue.

—Recuerdo una vez —siguió, con la voz entrecortada—, su padre le trajo una manzana roja, la más bonita que encontró, y le dijo que si comía un trozo se pondría fuerte. El niño se esforzó mucho, se la comió… y al poco tiempo lo vomitó todo, y se puso a llorar porque creyó que era culpa suya. Desde entonces, le tiene pánico a las manzanas. Ni siquiera las soporta ver.

—¿Y nadie ha podido hacer nada? —pregunté, con el corazón encogido.

—Muchos especialistas, muchos tratamientos —negó ella—. Mejoró un poco al crecer, pero sigue siendo muy difícil. Hace años que no come nada que no sea preparado por alguien en quien confíe del todo, y aun así… suele dejar los platos enteros. Por eso le digo que es un milagro lo que pasa con usted: cualquier cosa que salga de sus manos, se la come. Esa manzana con caramelo… hace veinte años que no probaba ni un trozo.

Me quedé callada, pensando en la frialdad de Emiliano, en su arrogancia, y ahora entendí que quizás no era más que una coraza para proteger al niño asustado que llevaba dentro.

—Entonces… —susurré—, no es que sea un hombre exigente por capricho.

—No, señorita —respondió Susana, y por fin se le escapó una lágrima—. Es que tiene miedo. Mucho miedo de volver a sentirse así de indefenso.

 

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