Un amor roto por mentiras renace entre el deseo y el rencor. Aura regresa con un secreto que lo cambia todo: un hijo. Mauricio nunca dejó de amarla, pero el engaño los separó. Entre pasiones, verdades ocultas y una rival obsesiva, el destino los enfrentará nuevamente.
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Capítulo 1: Un nuevo comienzo
El sonido de la cafetera llenó la cocina con un aroma cálido y reconfortante. Aura se movía con precisión entre la estufa y la encimera.
Afuera, la mañana apenas comenzaba. La luz del sol se filtraba tímidamente por la ventana, iluminando su rostro sereno… aunque sus ojos delataban el cansancio de alguien que cargaba más de lo que mostraba.
—Un día más… —susurró para sí misma, sirviendo jugo en un pequeño vaso de plástico azul.
Sobre la mesa colocó un plato con pan tostado, huevos revueltos y algunas frutas cortadas en pequeños trozos. Todo estaba pensado para él.
Siempre para él.
Aura respiró hondo antes de girarse hacia el pasillo.
—Christopher… mi amor, es hora de levantarse —dijo con dulzura, acercándose a la puerta entreabierta de la habitación.
Un pequeño bulto se movió entre las sábanas.
—Cinco minutos más, mami… —murmuró una vocecita adormilada.
Aura sonrió, apoyándose en el marco de la puerta.
—Eso dijiste ayer… y terminaste corriendo por toda la casa porque llegábamos tarde al kinder.
Un silencio breve.
Luego, una cabecita despeinada apareció.
Christopher la miró con ojos grandes, aún cargados de sueño, pero brillantes como el cielo en un día despejado.
—¿Hay pan tostado?
—Hay pan tostado… y tu jugo favorito.
Eso fue suficiente.
El niño se incorporó de golpe, dejando atrás cualquier rastro de pereza.
—¡Voy!
Aura negó suavemente con la cabeza, divertida, mientras regresaba a la cocina.
......................
Minutos después, pequeños pasos apresurados resonaron en el piso.
—Buenos días, mami —dijo Christopher, dándole un beso en la mejilla antes de sentarse en su silla.
—Buenos días, Chris —respondió ella, acomodándole un mechón rebelde de cabello.
Lo observó comer con esa mezcla de amor y nostalgia que solo una madre conoce. Cada gesto, cada expresión… había tanto de él en ese niño que a veces le dolía respirar.
Pero ese pensamiento lo empujó al fondo de su mente.
No era momento.
—Apúrate, cariño, tienes que vestirte —le recordó con suavidad.
Christopher asintió y, tras terminar su desayuno, bajó de la silla con determinación.
—Yo puedo solo.
Aura arqueó una ceja.
—¿Seguro? La última vez la camiseta estaba al revés.
—Fue a propósito —respondió él, muy serio—. Era estilo.
Ella soltó una pequeña risa.
—Claro, señor estilo. Ve, te espero.
El niño salió corriendo hacia su habitación.
Aura aprovechó ese momento.
Tomó su teléfono y marcó. Su corazón latió un poco más rápido mientras esperaba.
—¿Aló? —respondió una voz femenina al otro lado.
—Mamá… —dijo Aura en voz baja, casi como si temiera romper algo con ese simple saludo.
—Aura, hija —la voz de Isabel se llenó de calidez—. ¿Cómo estás?
—Bien… trabajando mucho —respondió, apoyándose en la encimera—. ¿Y ustedes?
—Tu padre está aquí conmigo.
Aura cerró los ojos un instante.
—¿Cómo está su corazón?
Hubo un breve silencio.
—Estable —respondió Isabel—. Ha estado siguiendo el tratamiento, aunque ya sabes cómo es… terco como siempre.
Aura sonrió con tristeza.
—Cuídalo, mamá… por favor.
—Siempre lo hago, hija.
Se escuchó un leve movimiento al otro lado de la línea.
—¿Es Aura? —preguntó una voz masculina, más grave.
El pecho de Aura se apretó.
—Sí, soy yo, papá.
—¿Estás bien?
—Sí… —respondió rápidamente—. Solo quería saber de ustedes.
Sabía que no podía extenderse demasiado.
No con él ahí.
No con su pequeño secreto tan cerca.
Miró hacia el pasillo, asegurándose de que Christopher no saliera en ese momento.
—Tengo que irme… al trabajo —añadió con rapidez—. Los llamo luego, ¿sí?
—Cuídate, hija —dijo su padre.
—Te queremos —agregó su madre.
—Y yo a ustedes.
Colgó.
Su mano tembló ligeramente al dejar el teléfono sobre la mesa.
Un nudo se formó en su garganta.
Seis años… y aún no encontraba la forma de decirles la verdad.
Seis años ocultando la existencia de su hijo.
—Mami, mira —la voz de Christopher la sacó de sus pensamientos.
Aura se giró.
El pequeño estaba de pie en el pasillo, con la ropa puesta… correctamente.
Camisa dentro del pantalón, zapatos en el pie correcto, mochila colgando de un solo hombro.
Orgulloso.
—¿Ves? Yo puedo solo.
Aura lo miró unos segundos… y luego sonrió, acercándose a él.
—Eres increíble, ¿lo sabías?
Christopher asintió, convencido.
—Sí.
Ella soltó una pequeña risa y se agachó frente a él, ajustándole suavemente el cuello de la camisa.
—Vamos, se nos hace tarde.
Tomó su mano.
Y juntos salieron de casa.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
El sonido seco de unos tacones apresurados rompía la calma del pasillo ejecutivo. Dentro de la oficina principal del Grupo Luzuriaga, el ambiente era completamente tenso, cortante… casi irrespirable.
—Señor Luzuriaga… yo… yo hice exactamente lo que usted pidió —la voz de la joven temblaba de nervios.
Mauricio no levantó la vista de la pantalla de su computadora.
—No.
La asistente apretó los dedos contra la carpeta que sostenía, intentando no perder la compostura.
—Sí, señor… el informe está completo, revisé cada—
—¿Revisaste? —la interrumpió él, finalmente alzando la mirada.
Sus ojos negros se clavaron en ella con una intensidad que hizo que el aire se volviera más pesado.
—Entonces explícame por qué hay tres errores en la segunda página.
El corazón de la joven comenzó a latir con fuerza.
—Yo… debió ser un descuido, puedo corregirlo ahora mismo—
—No trabajo con “descuidos”.
Mauricio se levantó lentamente de su silla, rodeando el escritorio con pasos firmes y controlados.
Se detuvo frente a ella.
—Aquí no pagamos por intentos —continuó, su voz baja pero afilada—. Pagamos por resultados.
La asistente bajó la mirada, sintiendo cómo la presión le cerraba la garganta.
—Lo siento… de verdad lo siento, solo necesito otra oportunidad—
Mauricio extendió la mano.
—Dámelo.
Ella dudó un segundo antes de entregarle la carpeta.
Él la abrió, pasando las páginas con rapidez, como si confirmara algo que ya sabía.
Y entonces…
La cerró de golpe.
El sonido la hizo estremecer.
—Estás despedida.
El mundo de la joven pareció detenerse.
—¿Qué…?
—Recursos Humanos se encargará del resto.
—Pero… señor, por favor… necesito este trabajo —sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas—. No volverá a pasar, se lo prometo.
Mauricio la observó.
Fríamente.
—Las promesas no corrigen errores.
Eso fue todo.
La joven sintió cómo las lágrimas finalmente caían por sus mejillas.
—Usted es un demonio… —susurró, con una mezcla de dolor y frustración—. Nadie puede trabajar así.
Mauricio sostuvo su mirada.
Y por un instante… apenas uno… algo cruzó por sus ojos.
Algo que no encajaba con esa dureza.
Pero desapareció.
—Entonces termine de irse señorita.
Las palabras fueron el golpe final.
La asistente asintió, temblando, y retrocedió un paso. Luego otro.
Se giró con rapidez, intentando salir antes de quebrarse por completo.
Pero al llegar a la puerta… no pudo más.
Las lágrimas brotaron sin control mientras la abría.
Y salió.
Casi huyendo.
Mauricio permaneció de pie, inmóvil, mirando hacia la nada.
Sus manos se tensaron levemente a los lados.
Su mandíbula se marcó.
Y entonces, con un gesto brusco, volvió a su escritorio.
Se sentó.
Su mirada se perdió por un segundo…
demasiado largo.
Y en ese vacío, algo latía.
Pero como siempre…
lo enterró.
Porque sentir… ya no era una opción.
perp cuando veas la realidad haber si vas a llorar y rogar para pedir perdón hombre...
ya deja de comportarte como niño y aprende a ser hombre ..e investiga qué fue lo que paso en realidad porque esa silvana e una culebra ponsoñosa ...