dónde estés siempre serás tu
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12
—Ok, los pasajes ya están comprados y el hotel reservado —anuncié, cerrando las pestañas de navegación con un golpe rotundo en el teclado—. Ya no hay marcha atrás, Roberta. Nos vamos a Rusia en menos de una semana.
—Sigo pensando que estás cometiendo una locura y que, como abogada civilizada que pretendes ser, deberías mandarle un correo electrónico primero —insistió Roberta, mientras acomodaba unos frascos de especias en la alacena con movimientos nerviosos.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sugieres que le escriba, Rob? —le espeté, cruzándome de brazos y apoyándome en el respaldo de la silla.
—Pues… mmm… no sé, algo diplomático. Un aviso formal de 'hola, voy para allá' —repuso, ladeando la cabeza.
—¡Por favor! —solté una carcajada amarga—. ¿Te imaginas el texto? 'Querido ruso, hijo de tu soviética patria: ¿Te acuerdas de que hace cinco, casi seis años, me dejaste abandonada en un cuarto de hotel después de una noche idílica donde tú y yo nos entregamos por primera vez? Pues fíjate que tus años de no haber estado con nadie te dieron una puntería verdaderamente excelente y me dejaste embarazada. Salí con premio y ahora tu hija de cinco años tiene un gancho de izquierda que noquea niños en el kínder. Nos vemos el martes para el café'. ¿Así te gusta, Rob? ¿Se lee lo suficientemente formal para ti?
Roberta se dio la vuelta lentamente, sosteniendo una cuchara de madera como si fuera un cetro, y me miró con una mezcla de diversión y lástima.
—¡Ay, pero qué genio, de veras! A ti te hace falta un poco de cardio con urgencia para suavizar ese humor tan rancio que te manejas, mi reina. Te urge —comentó, negando con la cabeza.
—Jaja, qué chistosa. De verdad, un payaso se queda corto contigo —le respondí, rodando los ojos, aunque en el fondo sabía que el sarcasmo era mi única defensa contra el pánico absoluto que me devoraba por dentro.
Tomaríamos exactamente una semana de vacaciones. Conseguir el permiso laboral en el bufete no había sido tan complicado como lidiar con los preparativos logísticos y emocionales. Los días previos al vuelo fueron una tortura psicológica. Mis nervios estaban de punta, al grado de que despertaba a mitad de la noche con la respiración acelerada.Roberta, por su parte, se comía las uñas de forma compulsiva mientras intentaba empacar abrigos térmicos aptos para el Polo Norte en maletas medianas. En completo contraste con nuestro colapso nervioso, Camila era un hermoso conejo brincando de felicidad por toda la casa. Su energía se había triplicado y no dejaba de correr en su inseparable tutú rosa, el cual pretendía llevar puesto encima del pantalón térmico.
—¡Mami! ¿Y mi mochila de osito? —gritó desde el pasillo, su voz resonando con una emoción pura y desbordante.
—¡Está en la sala, Cami, sobre el sillón! —le respondí en voz alta, doblando un suéter de lana gruesa.
—¡Mami! ¿Y mis colores para dibujar en el avión? —volvió a preguntar apenas dos minutos después, apareciendo en el umbral de mi habitación con una energía que me agotaba de solo mirarla.
—En tu cuarto, supongo. Busca en el escritorio, amor.
—¡Mami! ¿Sabes dónde está la cámara de fotos que me regaló mi tía Rob? —insistió, dando brinquitos sobre un solo pie.
—Está en mi cuarto, Cami. En el cajón de la mesita de noche. Ve por ella con cuidado —le indiqué, soltando un largo suspiro.
Roberta se asomó por la puerta de mi habitación, sosteniendo un par de botas para la nieve. Miró hacia el pasillo por donde la niña acababa de salir corriendo y luego me miró a mí, que estaba al borde de un ataque de ansiedad.
—¿Qué hace? ¿Por qué tiene tanta prisa? —preguntó mi amiga, extrañada por el torbellino rosa.
—No lo sé con certeza, pero supongo que es la pura adrenalina de saber que finalmente conocerá a su papá —respondí en un susurro, sintiendo que el corazón se me estrujaba—. Ella realmente cree en la historia de los abuelitos enfermos en Rusia. Está feliz porque cree que va a una reunión familiar largamente esperada.
—Ay, Azul… —el tono de Roberta se suavizó por primera vez en días—. Nos vamos a meter en la boca del lobo, pero esa niña se merece todas las respuestas del mundo. Si tenemos que pelear con osos rusos, peleamos.
El día del viaje llegó y el trayecto fue una odisea que puso a prueba nuestra cordura. Fueron horas interminables hacia el aeropuerto, filas kilométricas en migración, escalas eternas en terminales aéreas donde el café sabía a plástico y un vuelo transatlántico en el que Camila no durmió más de dos horas. La niña se la pasó tomando fotografías borrosas a las nubes con su cámara de juguete y haciéndole preguntas incómodas a la azafata sobre si en Rusia los osos caminaban por las calles. Roberta intentó calmar los nervios pidiendo miniaturas de vino tinto cada tres horas, mientras que yo me dediqué a mirar fijamente la pantalla del asiento, viendo cómo el pequeño avión del mapa digital cruzaba el océano Atlántico, arrastrándome inexorablemente hacia el pasado que tanto me había esforzado por enterrar. Fue un viaje largo, extenuante y mentalmente desgastante.
Sin embargo, contra todo pronóstico y a pesar de las turbulencias emocionales, llegamos sanas y salvas a nuestro destino. Al cruzar las puertas automáticas del aeropuerto internacional de Moscú, el impacto fue brutal. El gélido y hostil frío ruso invernal nos golpeó la cara como una bofetada de realidad helada, congelándonos los pensamientos en un segundo. El paisaje exterior estaba completamente sepultado bajo una capa de nieve blanca y brillante, y el aire que exhalábamos se convertía en densas nubes de vapor.
Camila se detuvo en seco, abriendo sus enormes ojos azules de par en par, maravillada por el invierno extranjero. Se ajustó su gorro de lana, me tomó de la mano con fuerza y miró hacia el horizonte de edificios altos y luces parpadeantes.
—Mami… ya llegamos a la casa de mi papá —susurró con una devoción inocente que me heló la sangre más que el propio clima siberiano.
Miré a Roberta, quien se estaba subiendo el cierre de la chamarra hasta la nariz mientras temblaba visiblemente, y luego miré a mi hija. El viaje largo había terminado, las maletas estaban en el suelo y el frío nos rodeaba. Oficialmente estábamos en el terreno de Dmitriy Ivanov, y el reloj para enfrentar la verdad había comenzado a correr.