Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.
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Capítulo 15: Cinco días para el detalle final
Los días siguientes se fundieron en una sola sucesión de luz de lámpara, telas y metal.
Yoselin aprovechó cada hora que tenía antes de la entrega para pulir hasta lo más mínimo, consciente de que el trabajo que había empezado la noche anterior —aquellas puntadas perfectas que parecían desaparecer en el tejido— merecía que nada quedara a medias.
Quedaban cinco días para que la señora Elizondo viniera a probarse todo, y ella se propuso no dejar nada al azar, ni siquiera lo que nadie más pensaría en revisar.
Primero se dedicó por completo a terminar los accesorios. Aparte del collar y los aretes principales, había ideado una pulsera fina de platino con una sola piedra pequeña en el centro, y unos pequeños broches para sujetar el borde del escote asimétrico sin romper su fluidez.
Trabajó con paciencia, limando los bordes del metal hasta que eran suaves como la seda, asegurándose de que ninguna pieza rozara ni molestara al moverse. Recordaba lo que había elegido el día anterior: ese acabado mate que no compite con la luz, que acompaña en silencio, y se aseguró de que cada nuevo accesorio mantuviera esa misma esencia, sin añadir nada innecesario.
Luego pasó a los arreglos finales del vestido. Se lo probó en el maniquí una y otra vez, ajustando aquí un milímetro, alargando allá un pliegue, para que la caída fuera exactamente igual a la que había imaginado.
Reforzó las costuras donde la clienta solía moverse más, cosió las piedras pequeñas con el mismo hilo resistente y casi invisible, y revisó que el dobladillo cayera justo a la altura del tobillo, ni más largo ni más corto. Cada cambio era pequeño, pero sumaba para que la prenda pareciera hecha no solo para su talla, sino para su forma de ser.
Cuando el vestido y las joyas estuvieron listos, Yoselin se dio cuenta de que faltaba una pieza más para que todo fuera perfecto: el calzado. No podía ser cualquier cosa; tenía que respetar la sobriedad del diseño sin pasar desapercibido, y combinar tanto con el tono gris azulado como con el brillo suave del platino.
Salió entonces a buscarlo, recorriendo tiendas especializadas hasta que encontró lo que buscaba: unos zapatos de tacón bajo y cómodo, hechos de un material similar al vestido, con una única pieza de platino idéntica al de las joyas cosida en la punta. Al ponerlos junto al resto del conjunto, encajaron como si hubieran sido creados al mismo tiempo.
Pasó así las cinco jornadas, quedándose hasta tarde cada noche, igual que la primera vez, sin quejarse del cansancio ni de la presión.
No sabía que Alejandro seguía recibiendo informes de cada paso suyo, ni que cada detalle que cuidaba era una prueba más que empezaba a derribar sus muros. Pero ella sí sabía algo: cuando todo estuviera junto, el vestido, las joyas y los zapatos contarían una historia completa, y nadie podría decir que carecía de orden, de cuidado o de excelencia.
Al llegar la víspera de la prueba, guardó todo en la funda con mucho esmero. Ya no había nada que cambiar, nada que mejorar. Solo faltaba esperar a ver la cara de la clienta, y también —aunque no quisiera admitirlo— la mirada del hombre que todavía no había dicho su última palabra.