Nahela soñaba con ser dueña de su propio destino, pero su familia decidió su futuro por ella. Obligada a casarse con un hombre al que no ama, comprende que la libertad tiene un precio demasiado alto.
Gabriele Di Matteo llegó a Colombia para cerrar un importante negocio y regresar a Nueva York. El amor nunca estuvo en sus planes, mucho menos involucrarse en los problemas de una desconocida.
Pero una noche basta para cambiarlo todo.
Lo que comienza como una promesa de ayuda se convierte en una huida desesperada, un peligroso desafío a hombres poderosos y un amor capaz de romper todas las reglas.
Porque cuando el destino une a dos almas perdidas, ni la distancia, ni el poder, ni el miedo son suficientes para separarlas.
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Verdades.
Mi nana duerme en la otra cama con una respiración cansada, como si todos los años que lleva cargando sobre los hombros hubieran decidido caer sobre ella esta noche. Yo, en cambio, soy incapaz de cerrar los ojos, me incorporo lentamente sobre el colchón.
La habitación es sencilla. Una lámpara amarillenta ilumina tenuemente las paredes desgastadas. Afuera se escuchan algunos vehículos pasar a la distancia y el murmullo apagado de voces provenientes del pasillo.
Pero dentro de mí hay un ruido ensordecedor hecho de preguntas, de dolor, rabia y tristeza porque toda la adrenalina de la huida me había impedido pensar. Había estado demasiado ocupada intentando sobrevivir, intentando escapar, no ser descubierta, mantenerme fuerte, pero ahora ya no hay árboles ni sogas. No hay gritos de José Joaquín atravesando la hacienda.
Solo estoy yo y la verdad. Mis ojos comienzan a arder, intento contenerme, lo intento de verdad, pero el primer sollozo escapa de mi garganta sin que pueda evitarlo, luego otro y otro más fuerte y doloroso. Me llevo ambas manos a la boca para intentar ahogar el llanto, po funciona porque de pronto siento que me estoy rompiendo.
—Mi niña...
La voz adormilada de mi nana llega hasta mí, levanto el rostro y la miro. Entonces dejo de luchar, me levanto de la cama y camino directamente hacia ella como cuando era pequeña, como cuando tenía fiebre o como cuando despertaba asustada por alguna pesadilla. Me dejo caer entre sus brazos y lloro con fuerza hasta que el pecho me duele. Hasta que siento que me falta el aire.
Las manos un poco arrugadas de mi nana acarician mi espalda mientras yo me aferro a ella como si fuera la única cosa firme en medio del derrumbe de mi vida.
—No sé quién soy... —sollozo—. Nana... no sé quién soy.
Ella besa mi cabello.
—Claro que lo sabes.
—No...
Me aparto apenas para mirarla.
—La mujer que creí mi madre durante veinticinco años no es mi madre —mi voz se quiebra—. Y lo peor es que... creo que muchas cosas comenzaron a tener sentido —las lágrimas continúan deslizándose por mis mejillas—. Ahora entiendo por qué siempre mostró más preferencias hacia José Luis y a José Carlos.
—Nahela...
—Ahora entiendo por qué conmigo siempre era diferente. Intentaba ser correcta, intentaba cumplir con su deber, pero nunca fue igual —trago saliva con dificultad—. Ella misma me lo dijo —mi nana baja la mirada—. Me dijo que me quería... pero que nunca logró amarme como ama a sus hijos porque yo siempre fui el recuerdo de la traición de José Joaquín. Mi verdadera madre era una empleada de la hacienda que murió después de darme a luz.
Mi voz se convierte en un susurro roto, me duele el pecho.
—¿Cómo se supone que debo vivir sabiendo eso? —mi nana me abraza más fuerte.
—No fue tu culpa.
—¿Entonces de quién fue? —pregunto desesperada—. ¿Qué hice mal para que mi propia madre muriera al traerme al mundo? ¿Qué hice para crecer sintiéndome menos querida? ¿Qué hice para que quisieran entregarme como si fuera mercancía?
—Nada.
—¿Por qué nadie me quiso lo suficiente para decirme la verdad?
El silencio que sigue resulta doloroso, entonces recuerdo algo. Me aparto lentamente de su abrazo y la observo. Nana Edith siempre estuvo allí.
Cuando enfermaba.
Cuando tenía miedo.
Cuando lloraba.
Cuando José Joaquín me castigaba.
Cuando Yadira se mostraba distante.
Siempre estuvo ella.
Mis lágrimas vuelven a brotar.
—Nana...
—Dime, mi niña.
—¿Tú lo sabías?
Sus ojos se llenan inmediatamente de lágrimas.
—¿Qué cosa?
—Que Yadira no era mi madre —la habitación parece quedarse sin aire—. Tú siempre estuviste en la hacienda —continúo con la voz temblorosa—. Fuiste la nana de los hijos de Yadira. Estuviste allí cuando yo nací.
Mis labios tiemblan.
—¿Lo sabías? —vuelvo a preguntar.
Edith comienza a llorar y asiente. Siento que el corazón se me rompe otra vez.
—Sí.
Cierro los ojos. Una parte de mí ya conocía la respuesta.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Su llanto se vuelve más intenso.
—Porque me lo prohibieron.
—¿Quién?
—José Joaquín —abro los ojos—. Él me dijo que si alguna vez abría la boca... me mataría, fueron tantas amenazas —sus manos buscan las mías—. Y yo le creí, Nahela porque he visto durante muchos años de lo que es capaz José Joaquín Santacruz.
La observo y descubro miedo en sus ojos. Un miedo antiguo, arraigado y real.
—No eran solo amenazas vacías —susurra—. Ese hombre era capaz de hacerlo —las lágrimas corren libremente por sus mejillas—. Perdóname.
Niego inmediatamente.
—No —aprieto sus manos—. No te estoy juzgando, nanita —mi voz vuelve a quebrarse—. Me duele... sí. Pero entiendo que no era tu historia para contar, pero aun así... nunca me abandonaste.
Una sonrisa triste aparece en los labios de mi nana.
—¿Cómo iba a hacerlo? —acaricia mi rostro—. Tú eras una bebé tan pequeña —sus ojos brillan—. Tan enfermiza. No tomaste leche materna. Todo eran fórmulas, teteros, desvelos. Pasábamos noches enteras despiertas porque llorabas sin parar.
Una pequeña risa temblorosa escapa entre lágrimas.
—Creí que no ibas a salir adelante.
—Pero lo hice.
Ella besa mi frente.
—Claro que sí.
—¿Fui muy terrible?
—Fuiste una luchadora desde el primer día.
Vuelvo a abrazarla y esta vez el llanto cambia. Ya no es solo dolor, también hay amor y gratitud porque quizás perdí a una madre que nunca fue realmente mía, pero nunca estuve sola.
—Nana...
—¿Sí?
—¿Hay algo más que no sé?
Siento cómo su cuerpo se tensa. Sus dedos acarician lentamente mi cabello.
—Sí —levanto el rostro para mirarla—. Hay muchas cosas que todavía debo contarte.
Mi respiración se acelera.
—¿Qué cosas?
Ella seca mis lágrimas con ternura.
—Te lo contaré todo, pero cuando estemos seguras.
—¿Por qué?
Sus ojos reflejan un temor que nunca antes había visto.
—Porque aún estamos huyendo de la maldad de la familia Santacruz —me abraza nuevamente—. Y algunas verdades son tan peligrosas que podrían costarnos la vida.
Me aferro a ella y cierro los ojos. Tal vez mi mundo acaba de romperse, tal vez ya no sé quién soy. Tal vez la mujer que llamé mamá durante veinticinco años nunca logró amarme como yo necesitaba, pero mientras escucho el corazón de nana Edith latiendo junto al mío, comprendo algo.
La sangre puede crear la vida, pero el amor verdadero es quien decide quedarse y mi nana siempre eligió quedarse.