Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 7
...HENRRY...
Entré a la habitación de Mía sin golpear. Ella estaba tirada en su cama, todavía con los audífonos puestos, mirando el techo con cara de querer prenderle fuego a la mansión. Cuando me vio entrar, ni siquiera se molestó en sentarse; solo se quitó un lado de la diadema con una lentitud exasperante.
—¿Qué te pasa, Henrry? ¿Ahora tampoco se puede tener privacidad en esta bendita habitación? —masculló, cruzándose de brazos.—Ya tuve suficiente con la profesora barata que contrató papá.
No le respondí. Caminé directo hacia su clóset, abrí su mochila de la academia y la volqué por completo sobre su escritorio. Cuadernos, cosméticos de diseñador y su tableta cayeron haciendo ruido.
—¡¿Pero qué haces?! ¡Estás loco! —gritó Mía, bajándose de la cama de un salto.
Ignoré sus gritos. Sentía una presión en el pecho que apenas me dejaba respirar. Caminé hacia su vanity, el enorme tocador de luces blancas, y empecé a abrir los cajones uno a uno, removiendo las paletas de maquillaje y las joyas de oro y diamantes que mi padre le compraba.
—¡Déjame mis cosas! ¡Le voy a decir a mi papá y te va a ir muy mal, Henrry! —me amenazó, intentando empujarme por el brazo.
—Dile —siseé, sin mirarla, registrando el último cajón—. Dile a Augusto. Ve a su despacho ahora mismo y dile que tu querido hermano te está revisando la habitación. Pero de paso le enseñas esto.
Saqué la fotografía de la bolsa de mi saco y la estampé sobre el mármol del tocador. Mía bajó la mirada. En cuanto vio la imagen de ella besándose contra la reja de esa casa en los suburbios, se quedó completamente muda.
El color se le borró de la cara en un segundo. La altanería se le evaporó, dejando ver solo el miedo.
—¿De... de dónde sacaste eso? —susurró.
—Se la quité a Aitana Vega en el pasillo antes de que entrara al despacho de mi padre —respondí, con la voz ronca, tratando de contener el temblor de mis manos. Volví al tocador y mis dedos tropezaron con algo al fondo del cajón de los perfumes. Lo saqué.
Era una cadena de plata barata con un dije de cuarzo rosa. Una imitación económica, de esas que venden en cualquier mercado artesanal por unos cuantos dólares. Desentonaba de una forma grotesca entre el cristal de Murano y los perfumes importados de Mía.
—¿Qué es esto? —le exigí, mostrándole la baratija en la palma de mi mano.
—Es... es un regalo de Mateo —bajó la mirada, apretando los puños.
Apreté el collar en mi puño, sintiendo que la rabia me quemaba la garganta. No era rabia contra ella, era un pánico primitivo, el miedo más puro que había sentido en toda mi vida.
—¿Tienes una maldita idea de lo que estás haciendo, Mía? —me acerqué a ella, obligándola a mirarme.—. ¡Te escapaste sola! ¡Caminaste por un vecindario clase media sin que los escoltas lo supieran! ¿Sabes lo que le pasa a la gente con nuestro Legado si camina sola por la calle? ¿Sabes lo fácil que es que te sigan, que te metan en un auto y no volvamos a saber de ti?
—¡No me pasó nada! —exclamó ella, con los ojos llenos de lágrimas, intentando defender su burbuja—. ¡No es un peligro!
—¡Me importa un demonio si es un peligro o no! —le solté, dándole un suave sacudón por los hombros para que reaccionara. Mi voz era un siseo furioso, cargado de una desesperación que apenas podía camuflar—. Lo que me importa es que burlaste la seguridad. ¿De dónde demonios sacaste a este tipo, Mía? ¿Quién es?
Mía se zafó de mi agarre de un tirón, limpiándose una lágrima con rabia.
—Es... es Mateo Gómez. Es un chico becado en la academia —confesó, bajando la vista hacia la alfombra.
—¿Un becado? —La presión en mi pecho aumentó. Alguien de fuera de nuestro círculo, alguien que no jugaba bajo nuestras mismas reglas—. Te vas a alejar de él, Mía. Inmediatamente. No puedes ser tan jodidamente imprudente. Si Augusto ve esta foto, no te va a dar un discurso. Él elimina los problemas. Va a destruir a la familia de ese chico en veinticuatro horas y a ti te va a mandar a un internado en Suiza antes del anochecer.
Mía tragó saliva de golpe. La mención del carácter implacable de Augusto la hizo reaccionar; sabía perfectamente de lo que su padre era capaz. Sin embargo, la terquedad de nuestra sangre no tardó en salir a flote.
Apreté el collar de cuarzo en mi puño. El frío del metal barato me recordó el riesgo real de la situación.
Aunque me doliera en el alma tener que invadir su espacio de esa manera, la pregunta me quemó la garganta:
—¿Qué más has hecho con ese muchacho, Mía? —le exigí, mirándola fijamente a los ojos.
Ella me sostuvo la mirada, y su expresión se transformó en una máscara de absoluta indignación.
—Eso hace parte de mi privacidad, Henrry —respondió con una frialdad cortante—. No seas tan entrometido. No tienes ningún derecho a meterte en mi vida a ese nivel.
La miré en silencio. Sentí un vuelco en el estómago, una mezcla de impotencia y un miedo atroz que me heló la sangre. Ella creía que esto era un berrinche de hermanos. No tenía la menor idea del mundo en el que vivíamos ni de las consecuencias de sus actos.
Solté un largo suspiro, forzando a mis hombros a relajarse para no alertarla más.
—Ok —dije simplemente, guardando la cadena en mi bolsillo.
No insistí. No valía la pena seguir discutiendo con una adolescente atrincherada en su rebeldía.
Yo iba a tomar medidas drásticas, por su bien.
—Cámbiate y termina tus pendientes. Mañana tienes sesión temprano con la insoportable de Vega —le ordené antes de dar media vuelta.
Salí de su habitación y cerré la puerta detrás de mí. El pasillo estaba en completo silencio. Me saqué el teléfono del saco y marqué el número de mi secretaria de absoluta confianza. No esperé a que saludara.
—Quiero un reporte completo sobre el chico de la foto que te enviaré, su nombre es Mateo Gómez, el becado de la academia de Mía —le ordené, con una voz fría que no admitía réplicas—. Investiga a su familia, a qué se dedican sus padres, sus finanzas, sus deudas, todo. Lo quiero en mi tableta antes de que amanezca.
—Entendido, Director Henrry. ¿Algo más? —preguntó ella al otro lado de la línea.
—Prepara mi camioneta y al equipo de seguridad para mañana a primera hora —concluí, apretando los dientes—. Vamos a hacer una visita privada a la casa de ese muchacho.