Un divorcio es solo el principio
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Volviendo al juego
Salí del despacho de Dante con el contrato de representación firmado y una extraña sensación de ligereza. Al llegar a la mansión —esa jaula de oro que yo misma había decorado con una perfección asfixiante—, el silencio ya no me pesó.
Me quité los tacones y caminé descalza por la alfombra persa. Me serví un té verde en una taza de porcelana fina y me senté en el despacho que, hasta ayer, solo pertenecía a "él". Abrí la computadora y, por primera vez en Diez años, no busqué recetas de cocina gourmet ni destinos para nuestras vacaciones de aniversario.
—Hola de nuevo, Elena —susurré frente a la pantalla blanca.
Durante el matrimonio, mi currículum en Economía y mi maestría en Gestión de Activos habían quedado archivados en un cajón, junto con mis sueños de independencia. Me convertí en la "esposa de", la que organizaba cenas benéficas y sonreía en las fotos de los diarios sociales. Pero la mujer que analizaba mercados de riesgo no había muerto; solo estaba invernando.
Tecleé mi antigua contraseña de la firma donde trabajaba antes de casarme. Para mi sorpresa, seguía activa. Entré en mis cuentas de inversión personales, esas que alimenté con las "sobras" de los gastos domésticos que él creía que yo desperdiciaba en spas.
—Vaya... parece que las "sobras" han crecido —dije, viendo una cifra con seis ceros que él ni siquiera sospechaba.
Empecé a redactar una lista, no de supermercado, sino de resurrección:
Vender el anillo de compromiso: Un diamante de cuatro quilates que ahora solo me recordaba a un contrato incumplido. Directo a capital semilla.
Llamar a mi antigua jefa: Una mujer que me dijo que me arrepentiría de dejar la firma. Tenía razón, pero no se lo diría... todavía.
Cambiar las cerraduras: Porque la elegancia no está peleada con la seguridad.
De pronto, el sonido de un motor conocido rugió en la entrada. Las luces del auto de mi marido iluminaron los ventanales. Mi corazón no dio un vuelco de miedo, sino de anticipación. Él entró dando un portazo, con la cara desencajada, probablemente tras recibir la notificación preliminar de Dante o notar que sus cuentas corporativas estaban bajo lupa.
—¡Elena! —gritó desde el vestíbulo—. ¿Qué demonios es esto de que Quintana me llamó? ¿Te has vuelto loca?
Me levanté con una calma glacial. Caminé hacia la escalera, apoyando una mano en el pasamanos tallado. Lo miré desde arriba, con la luz dándome por detrás, viéndome como la visión que él ya no podía poseer.
—No me he vuelto loca, cariño —respondí con una voz tan suave que lo obligó a guardar silencio para escucharme—. Me he vuelto rentable. Y tú, lamentablemente, acabas de pasar a ser una pérdida deducible de impuestos.
Me quedé en lo alto de la escalera, observándolo desarmarse en el vestíbulo. Se veía pequeño, con el nudo de la corbata flojo y esa mirada de pánico que tienen los hombres cuando se dan cuenta de que el pedestal que construyeron para su ego se está derrumbando.