En un mundo donde los humanos conservan los rasgos e instintos de sus ancestros animales, Oleg es una rareza: un hermoso y tierno omega leopardo de las nieves que intenta pasar desapercibido en su último año de universidad. Cuando consigue una pasantía en el departamento de administración de una imponente empresa constructora, su pacífica burbuja se rompe al quedar bajo el mando de Wú Zhìyuān. Zhìyuān es una pantera negra dominante, serio, uraño y temido por todos. Mientras Oleg lucha por esconder sus orejas delatadoras cuando se avergüenza y amasa mantas en secreto para calmar sus nervios, el aroma a café amargo de su jefe empieza a convertirse en su único refugio contra los peligros de la gran ciudad. Una historia de instintos compartidos, secretos de oficina y un amor tan puro y silencioso como las cumbres más altas.
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Capítulo 6: El rugido de la tormenta y el refugio del cubículo
Capítulo 6: El rugido de la tormenta y el refugio del cubículo
El viernes por la tarde, el Distrito Norte se vio sorprendido por un cambio drástico en el clima. El cielo se tiñó de un gris plomizo y una intensa tormenta eléctrica comenzó a golpear los enormes ventanales de la constructora Líu. Los truenos resonaban con tanta fuerza que hacían vibrar los cristales del piso doce, desatando un ambiente caótico que a la mayoría de los empleados los ponía de prisa por terminar su jornada e irse a casa.
Para Oleg, sin embargo, la tormenta era una espada de doble filo. Por un lado, adoraba la repentina bajada de temperatura que enfriaba el ambiente corporativo; por otro, el estruendo de los rayos era una tortura para sus sensibles orejas de leopardo de las neves.
Cada vez que un trueno ensordecedor sacudía el edificio, las orejas blancas y moteadas de Oleg se aplastaban por completo contra su cabeza. Su larga y pesada cola invernal ya no estaba enroscada en la silla; ahora la tenía firmemente abrazada contra su pecho, usando el espeso pelaje gris como un escudo acústico improvisado mientras intentaba, con dedos temblorosos, seguir tecleando los reportes de cierre de semana. Sus manos amasaban compulsivamente la tela de su suéter para liberar el estrés del ruido.
Desde su oficina, Wú Zhìyuān observaba la escena a través del cristal opaco. Su aguzado instinto de pantera negra le permitía percibir que el aroma de Oleg —usualmente limpio como la nieve fresca— se había vuelto denso y ligeramente ácido debido a la ansiedad. El alfa frunció el ceño. Ver al pequeño y hermoso omega encogido en su cubículo, saltando sutilmente con cada relámpago, despertaba en su interior un instinto territorial de protección que no lograba comprender del todo.
Zhìyuān tomó una pila de carpetas de auditoría interna y abrió la puerta de su despacho. Avanzó con su característico caminar felino, silencioso y seguro, hasta detenerse frente al escritorio del pasante.
—Oleg —llamó con su voz profunda y grave.
Un rayo iluminó el cielo en ese preciso instante, seguido de un estruendo brutal. Oleg soltó un tierno y ahogado bufido de susto, un prusten que delató su vulnerabilidad absoluta, y encogió los hombros escondiendo el rostro en su cola. Al darse cuenta de que su jefe estaba allí, levantó la mirada con los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas de vergüenza.
—Se-Señor Wú... perdón. El ruido es... un poco fuerte —susurró Oleg, intentando enderezarse sin soltar del todo su pesada cola. Sus orejas seguían totalmente gachas, ladeándose con timidez.
Zhìyuān se quedó estático un segundo, detallando los pequeños colmillos del omega que presionaban nerviosamente su labio inferior. El temperamento huraño del alfa pareció suavizarse ligeramente, aunque su rostro se mantuvo serio.
—Los leopardos de las nieves son dueños de las alturas, no deberías temerle al cielo —dijo Zhìyuān, dejando las carpetas sobre el escritorio con un movimiento pausado—. Sin embargo, trabajar en un espacio abierto con este ruido no te permitirá concentrarte. Recoge tus cosas y pasa a mi oficina. Terminarás el cierre semanal allí dentro.
Oleg parpadeó, atónito. Sus orejas dieron un pequeño brinco de sorpresa.
—¿En... en su oficina, señor? No quisiera interrumpir su espacio...
—Es una orden, no una sugerencia —cortó la pantera negra con tono plano, aunque sin hostilidad—. El aislamiento acústico de mi despacho es superior. Moverte ahí evitará que cometas errores en los balances por culpa de los nervios. Muévete.
Sin esperar respuesta, el alfa regresó a su oficina. Oleg, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho —esta vez no solo por los truenos, sino por la imponente presencia de su jefe—, organizó rápidamente sus notas y su computadora portátil.
Al entrar al despacho de Zhìyuān, la diferencia fue inmediata. El sonido de la tormenta se redujo a un murmullo lejano. El espacio era amplio, decorado en tonos oscuros y impregnado por completo con el magnético aroma a café amargo y madera del alfa dominante.
—Siéntate en la mesa de juntas de la esquina —indicó Zhìyuān sin levantar la vista de sus propios documentos.
Oleg se acomodó en una de las lujosas sillas de cuero. Al sentirse finalmente a salvo del ruido y en un entorno más privado, sus orejas comenzaron a relajarse, recuperando poco a poco su posición erguida. Soltó un suspiro aliviado y dejó caer su pesada cola sobre su regazo, comenzando a teclear con fluidez. Desde el fondo de su pecho, un ronroneo sumamente bajo y suave comenzó a vibrar de manera inconsciente, agradecido por el refugio.
Zhìyuān, cuyo oído captaba hasta el más mínimo susurro, percibió el tierno ronroneo del omega. Una sutil y casi invisible sonrisa tiró de la comisura de los labios del huraño alfa. El ambiente en la oficina se volvió extrañamente cómodo y cálido, una tregua silenciosa en medio de la tormenta, donde la pantera y el leopardo de las nieves compartían el mismo territorio en perfecta y pacífica sintonía.