¿Y si el mayor fracaso de tu vida fuera, en realidad, el comienzo de tu historia de amor?
Valeria creyó que reprobar una materia era el fin de su camino. Mientras veía a sus compañeros avanzar, ella tuvo que regresar a un salón que jamás imaginó volver a pisar.
Gabriel, un estudiante que apenas iniciaba su primer semestre de medicina, llegó con la ilusión de cumplir el sueño de convertirse en médico. Lo que no esperaba era encontrar a una joven de mirada melancólica que, sin proponérselo, cambiaría su vida para siempre.
Entre clases interminables, noches de estudio, guardias, cafés compartidos y el peso de una carrera que exige el corazón tanto como la mente, nacerá un amor capaz de demostrar que el destino nunca se equivoca.
Porque hay encuentros que no ocurren por casualidad.
Hay personas que llegan justo cuando creemos haberlo perdido todo.
Y, a veces, la materia que más duele repetir... es la misma que termina enseñándote la lección más importante de tu vida.
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El café, las risas y las grietas del corazón
Capítulo 3
El café, las risas y las grietas del corazón
La semana del primer parcial era, sin discusión, la más temida por cualquier estudiante de medicina.
Los pasillos de la facultad habían dejado de oler únicamente a café. Ahora también olían a estrés, a marcadores fluorescentes, a hojas subrayadas y a noches en vela.
—Creo que ya no siento la espalda —se quejó Gabriel mientras caminaba con un libro de Anatomía bajo el brazo.
Su amigo Daniel soltó una carcajada.
—Bienvenido a medicina.
—¿Siempre duele tanto?
—Todavía no has visto Fisiología.
—No me asustes.
Los dos rieron antes de entrar al edificio.
Gabriel recorrió el salón con la mirada.
Ahí estaba.
Valeria, como cada mañana, ocupando el último puesto junto a la ventana. Tenía el cabello recogido de cualquier manera, un lápiz entre los labios y el rostro escondido detrás de un enorme libro.
Parecía tan concentrada que ni siquiera notó cuando él llegó.
Gabriel sonrió para sí.
—Buenos días, doctora.
Ella levantó la vista.
—Todavía no soy doctora.
—Para mí ya vas por buen camino.
—No empieces.
—¿Qué hice ahora?
—Llegar con esos comentarios.
—¿Prefieres que te diga "compañera de sufrimiento"?
Valeria no pudo evitar reír.
—Eso suena más realista.
—Perfecto. Buenos días, compañera de sufrimiento.
Ella negó con la cabeza.
—Eres imposible.
—Y aun así me soportas.
—No estoy segura de eso.
—Entonces dime que me vaya.
Valeria abrió la boca para responder, pero terminó cerrándola.
Gabriel levantó una ceja.
—Lo sabía.
—¿Qué cosa?
—Que ya te acostumbraste a mí.
Ella rodó los ojos.
—No seas tan presumido.
—No es presunción. Es un diagnóstico.
Los dos comenzaron a reír justo cuando el profesor entró al salón.
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Las dos horas de clase parecieron eternas.
Al salir, Gabriel estiró los brazos.
—Necesito café o voy a dejar de funcionar.
—Tú siempre necesitas café.
—Eso también es un diagnóstico.
—Definitivamente vas a ser un paciente difícil.
—Pero un médico excelente.
—Eso aún está por verse.
Gabriel hizo una mueca de indignación.
—Acabas de herir mis sentimientos.
—Sobrevivirás.
—No lo sé... creo que necesito apoyo emocional.
Valeria volvió a reír.
Aquella risa era diferente.
Ya no era tímida.
Era espontánea.
Y Gabriel sintió una extraña satisfacción al saber que, poco a poco, estaba logrando devolverle algo que la vida le había quitado.
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La cafetería estaba llena.
Después de varios minutos encontraron una mesa libre.
Gabriel dejó dos cafés sobre la mesa.
—No me preguntes. Ya sabía cuál ibas a pedir.
Valeria arqueó una ceja.
—¿Cómo lo sabes?
—Siempre pides capuchino con poca azúcar.
Ella abrió los ojos con sorpresa.
—¿Te fijaste en eso?
—Me fijo en muchas cosas.
Por primera vez, Valeria sintió que alguien realmente la observaba.
No para juzgarla.
Sino para conocerla.
Guardó silencio unos segundos.
—Gracias por el café.
—De nada.
—Aunque no debiste gastar dinero.
—Créeme... vale completamente la pena.
Ella desvió la mirada, sintiendo que sus mejillas comenzaban a calentarse.
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Después de un rato estudiando, Gabriel notó que Valeria llevaba varios minutos mirando la misma página.
—No estás leyendo.
Ella salió de sus pensamientos.
—¿Qué?
—Llevas cinco minutos en el mismo párrafo.
Suspiró.
—A veces siento que por más que estudie... nunca será suficiente.
Gabriel cerró lentamente su libro.
—Mírame.
Ella obedeció.
—¿Qué es lo primero que piensas cuando te miras al espejo?
Valeria tardó en responder.
—Que pude haber hecho las cosas mejor.
—¿Y nunca piensas en todo lo que sí has logrado?
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Ahí está el problema.
Valeria bajó la mirada.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te vi el primer día?
Ella sonrió con curiosidad.
—¿Qué?
—Que eras la chica más bonita del salón.
Valeria soltó una risa incrédula.
—Estás mintiendo.
—No.
—Había muchísimas chicas.
—Sí.
—Entonces...
Gabriel la interrumpió.
—Pero ninguna tenía tus ojos.
Ella guardó silencio.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—Gabriel...
—Es verdad.
Ella intentó cambiar de tema.
—Sigamos estudiando.
Él sonrió.
—Cuando te pones nerviosa siempre dices eso.
—No estoy nerviosa.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Está bien... ganaré esta discusión cuando te pongas roja otra vez.
Ella escondió el rostro detrás del libro mientras él reía.
—Eres insoportable.
—Y tú adorable cuando intentas disimular.
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Al salir de la universidad comenzó a llover.
Los estudiantes corrieron buscando dónde refugiarse.
Gabriel miró el cielo.
—Genial... olvidé mi paraguas.
Valeria abrió el suyo.
—Puedes venir.
Él sonrió.
—¿No te molesta?
—Solo no camines tan lejos.
Los dos quedaron bajo el mismo paraguas.
Sus hombros se rozaban con cada paso.
Ninguno decía nada.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando el suelo.
—¿Sabes? —dijo Gabriel de pronto.
—¿Qué?
—Creo que esta es la lluvia más bonita que he visto.
Valeria levantó la mirada.
—¿Por qué?
Él la observó durante unos segundos.
—Porque la estoy compartiendo contigo.
El corazón de Valeria dio un vuelco.
No supo qué responder.
Solo bajó la vista con una sonrisa imposible de esconder.
Por primera vez desde que había reprobado aquella materia, comprendió que había personas capaces de iluminar incluso los días más grises.
Y mientras caminaban bajo aquel pequeño paraguas, ninguno de los dos imaginó que ese instante, tan simple y tan cotidiano, sería el recuerdo al que ambos regresarían una y otra vez cuando el destino comenzara a poner a prueba el amor que apenas estaba naciendo.