Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 12 - Refugio de amor
En la Cabaña de la Abuela Clara...
El calor de la chimenea envolvía la sala, ofreciendo un remanso de paz que parecía irreal después de la pesadilla que acababan de dejar atrás. Bibiana miró a Adam, asimilando la hermosa revelación sobre el destino que los unía.
—Me gustaría conocer a tu abuela, Adam —pidió Bibiana con suavidad, con una chispa de genuina curiosidad en sus ojos.
Adam sonrió, sintiendo un profundo alivio al verla más calmada.
—La vas a conocer, mi amor. Te la voy a presentar ahora mismo —respondió, dándole un tierno apretón de manos—. Quédate aquí, iré a buscarla.
Con paso tranquilo, Adam se adentró en los pasillos de la cabaña, dejando a Bibiana al resguardo de ese hogar místico.
Mientras tanto, en el Jardín de la Mansión Soler...
La música se había extinguido y el olor a humo flotaba en el aire gélido de Alaska. Marcelo permanecía de pie cerca de la entrada, terminando de despedir a los últimos invitados del clan.
—Gracias por haber venido —decía de manera mecánica, forzando una sonrisa de anfitrión.
En cuanto el penúltimo carruaje se alejó, Giselle se plantó frente a su padre. Su rostro, usualmente alegre, estaba desfigurado por la indignación.
—Papá, lo que hiciste esta noche frente a Bibiana fue horroroso y despiadado —soltó sin rodeos, con la voz temblando de rabia.
Marcelo apretó los dientes, sintiendo cómo la vena de su frente se inflamaba. La paciencia se le había agotado.
—¡Giselle, ya basta! —rugió, dándose la vuelta con brusquedad—. Tengo suficiente con los reclamos de tu hermano y de tu madre. Si no tienes la madurez para entender las verdaderas razones de lo que hice, ¡entonces es mejor que te calles y me dejes en paz!
Giselle no retrocedió ante su furia. Lo miró con una mezcla de lástima y desprecio.
—Algún día te vas a quedar completamente solo, papá —sentenció con voz gélida—. Y en ese momento... ya no habrá ninguna "familia perfecta" que presumir ante tu preciado estatus social.
Sin darle tiempo a replicar, Giselle dio media vuelta y se alejó a paso firme, dejándolo plantado bajo la luna.
Marcelo soltó un bufido de frustración, pateando una pequeña roca del sendero.
—Ahora resulta que toda mi maldita familia está en contra mía —masculló para sí mismo, con los puños temblando de rabia—. Cuando lo único que hice fue enseñarle el verdadero mundo sobrenatural a mi nuera... Malagradecidos.
—No te preocupes por ellos, Marcelo —una voz arrastrada interrumpió sus quejas. Samuel se acercó con paso lento, acomodándose el saco—. Lo que hiciste esta noche estuvo muy bien ejecutado. Una verdadera demostración de poder. En cuanto a tu familia, no te amargues, ya se les pasará el berrinche. Por mi parte, me tengo que ir.
Marcelo relajó un poco la postura, agradeciendo internamente encontrar un aliado que compartiera su crueldad.
—Gracias por venir a la boda de mi hijo, Samuel. Tu presencia y tu obsequio significaron mucho.
—De nada. Para mí fue todo un placer —respondió Samuel con una sonrisa ladina, pensando en los ojos aterrorizados de la hermosa humana vestida de novia—. Si vuelves a realizar otro tipo de eventos o cacerías, no dudes en avisarme. Estaré encantado de ser el primero en la lista.
—Tenlo por seguro. Te invitaré a cada evento que organice este clan —asintió Marcelo, recuperando su orgullo mientras caminaba al lado de Samuel para acompañarlo personalmente hacia la salida del jardín.
En la Cabaña de la Abuela Clara...
Adam regresó a la sala con paso lento, mirando a su alrededor con una mueca de extrañeza. Bibiana, que lo esperaba de pie cerca de la chimenea, notó de inmediato que venía solo.
—Mi abuela no está en la casa —explicó Adam, rascándose la nuca—. Al parecer salió hace un rato.
Bibiana bajó la mirada, incapaz de ocultar su decepción.
—Es una lástima... De verdad quería conocerla esta noche.
—No tardará en venir, ya lo verás —la consoló él, acercándose para cortar la distancia entre ambos—. Seguramente fue al corazón del bosque a buscar algunas hierbas frescas para sus fórmulas medicinales. Suele hacer eso cuando la luna está en su punto más alto.
—Está bien —murmuró Bibiana, pero su voz sonó apagada y una profunda tristeza volvió a ensombrecer sus ojos.
Adam la tomó suavemente de los hombros, buscando su mirada con evidente preocupación. Su instinto le decía que el silencio de su esposa no era solo por la ausencia de Clara.
—¿Cómo te sientes, Bibi? Dime la verdad.
Al escuchar la calidez de su voz, las barreras de Bibiana cayeron por completo. El nudo en su garganta volvió a cerrarse.
—Me siento muy mal, Adam —confesó con los ojos empañados—. Siento que nunca voy a poder borrar de mi cabeza las imágenes de aquellas personas... Verlas morir lentamente a manos de esos vampiros, escuchando sus gritos... Estoy horrorizada.
Adam no soportó verla sufrir más. La atrajo hacia su pecho, envolviéndola en un abrazo protector que buscaba aislarla de toda la maldad del mundo exterior.
—Tranquila, mi amor —le susurró al oído, acariciando su espalda con ternura—. Esa pesadilla ya pasó. Te doy mi palabra de que jamás volverás a presenciar algo así.
Bibiana se aferró con fuerza a las solapas de su traje, escondiendo el rostro en su cuello.
—Es que... siento que nunca voy a poder olvidar ese horror, Adam. Está clavado en mi mente.
—Lo vas a olvidar, Bibi —aseguró él, separándose apenas unos centímetros para tomar su rostro entre sus manos. Sus ojos brillaron con una devoción absoluta—. Yo mismo me voy a encargar de borrar cada uno de esos malos recuerdos.
Bibiana lo miró a través de sus lágrimas, con el corazón latiendo a prisa. —¿Cómo vas a hacerlo?
—Lo voy a hacer con mi amor —respondió Adam en un susurro.
Sin darle tiempo a dudar, se inclinó y unió sus labios a los de ella en un beso suave que rápidamente se transformó en una caricia profunda y necesitada. Bibiana cerró los ojos, entregándose por completo a la calidez de su boca y correspondiendo intensamente al beso.
En ese instante, el horror del jardín, la amenaza de Marcelo y el gélido viento de Alaska desaparecieron. El beso apasionado encendió una chispa de deseo puro que los hizo dejarse llevar por sus verdaderos sentimientos. En la penumbra de la cabaña, refugiados del resto del mundo, Adam y Bibiana compartieron un momento de intimidad absoluta, sellando su unión no ante la ley de los vampiros, sino ante el verdadero amor de sus corazones.
En la Mansión Soler...
Mientras los novios encontraban refugio en la cabaña, el ambiente en la mansión seguía siendo un campo de batalla. En la gran sala principal, Marcelo caminaba de un lado a otro con paso pesado, rompiendo el silencio de la madrugada con su voz cargada de indignación.
—No puedo creer que te pusieras en mi contra después de lo que hice —exclamó Marcelo, deteniéndose frente a su esposa con los ojos encendidos en ira—. ¡Tú siempre me has apoyado en cada decisión del clan! ¿Por qué traicionarme ahora?
Estela lo miró desde el sofá, manteniendo una postura rígida. En su rostro ya no había sumisión, sino un profundo desprecio.
—Yo nunca apoyé que mataras a la primera novia de nuestro hijo, Marcelo —respondió con una voz gélida y cortante—. Me callé por el bien de la familia, pero me dolió tanto como a él. Y mucho menos iba a apoyar que le destruyeras la vida por segunda vez montando esa carnicería en su boda.
Marcelo soltó un bufido de desdén y agitó la mano en el aire, restándole importancia a sus palabras.
—¡Yo no le destruí la vida a nadie! Solo estaba cumpliendo con nuestras estrictas reglas vampíricas. Además, le conseguí una compañera ideal, una humana que él mismo marcó en Finlandia. Prácticamente le puse la felicidad en bandeja de plata. ¡Eso es algo que deberías agradecerme tú, y Adam también!
Estela se puso de pie lentamente, enfrentando la imponente figura de su esposo.
—Si de verdad quieres que él te agradezca algo, Marcelo... entonces deja que él mismo decida su propio camino. Déjalo que sea libre de una vez por todas. Ya manipulaste su pasado, no destruyas su futuro.
La mención de la libertad hizo que una sonrisa torcida y calculadora apareciera en el rostro del líder de los Soler. Se cruzó de brazos, mostrando que su obsesión por el control no tenía límites.
—Yo voy a hacer exactamente eso... siempre y cuando él cumpla con la última condición que le impuse. Tiene que convertir a su esposa en una de nosotros antes de dejar Alaska.
Estela soltó una risa amarga, negando con la cabeza.
—Sabes perfectamente que nuestro hijo no hará eso. Él prefiere morir antes que arrebatarle el alma a Bibiana.
—Pues lo tendrá que hacer —sentenció Marcelo con una frialdad absoluta que heló el aire de la sala—. Tendrá que clavar sus colmillos en esa humana si tanto quiere que lo deje en paz a él y a su preciosa esposa. De lo contrario, conocerá el verdadero alcance de mi furia.