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De las cenizas, me levanté

De las cenizas, me levanté

Status: Terminada
Genre:Mujer despreciada / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:659
Nilai: 5
nombre de autor: Rere ernie

Valentina Montero lleva siete años entregándole todo a su matrimonio. Vendió la herencia de sus padres, levantó una empresa desde la quiebra y renunció a su propia vida para que Andrés Fuentes alcanzara el éxito. Pero la noche en que él recibe el premio de Empresario del Año, en lugar de agradecerle, pronuncia el nombre de otra mujer frente a cientos de invitados. Minutos después, le entrega los papeles de divorcio ya firmados. Camila Gallardo, joven, ambiciosa y conectada con una de las familias más poderosas del mundo empresarial, ocupa ahora su lugar.

Sin hogar, sin familia y con la dignidad hecha pedazos, Valentina se niega a hundirse. Con la experiencia que ganó en años de trabajo invisible, consigue un puesto directivo en una de las corporaciones más importantes del país. Poco a poco, la mujer que todos descartaron empieza a brillar con luz propia. Y mientras ella asciende, la vida de quienes la humillaron comienza a desmoronarse: secretos enterrados salen a la luz, alianzas se quiebran y el arrepentimiento llega demasiado tarde.

En medio de su renacimiento, un hombre poderoso que la conoce desde mucho antes de que el mundo le diera la espalda empieza a demostrarle que el amor no siempre tiene que doler. Pero Valentina ha aprendido a desconfiar, y abrirle el corazón a alguien de nuevo es un riesgo que no sabe si está dispuesta a correr, sobre todo cuando las rivales que quieren verla destruida no se han dado por vencidas.

NovelToon tiene autorización de Rere ernie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Episode — 1.

Capítulo 1

Los aplausos inundaron el salón principal del Hotel Imperial. El reflector apuntaba hacia el escenario donde Andrés Fuentes se erguía enfundado en un traje negro que le sentaba a la perfección. Una sonrisa de satisfacción le iluminaba el rostro tras recibir el galardón como Empresario Inspirador del Año.

—Este logro, por supuesto, no lo alcancé solo —declaró Andrés frente a los invitados.

Valentina Montero, sentada en la mesa más cercana al escenario, también sonrió. Durante siete años lo había acompañado desde los días más difíciles. Había repartido pedidos a bordo de una motocicleta vieja, armado informes financieros hasta la madrugada e incluso vendido las joyas que le dejó su madre para que la empresa de su esposo no se hundiera cuando estuvo a punto de quebrar. Esa noche, esperaba que Andrés le diera las gracias… al menos una vez.

Pero la mirada de Andrés se desvió hacia una mujer de vestido rojo sentada en la mesa VIP.

—El éxito que he alcanzado hoy tampoco habría sido posible sin el apoyo de alguien que siempre me dio aliento y una perspectiva nueva en cada paso que di. Ella es la señorita Camila, hija del director general del Grupo Gallardo.

La mujer esbozó una sonrisa tímida y varios invitados comenzaron a murmurar.

Valentina contempló a su esposo sin parpadear, con una opresión creciente en el pecho. El nombre que él había pronunciado no era el suyo.

Andrés bajó del escenario. En vez de acercarse a su esposa, caminó hacia Camila y se enfrascó en una conversación amena. Varios fotógrafos de prensa capturaron el momento de inmediato.

—Pobre señora Fuentes.

—Yo creí que iba a mencionar a su esposa.

—¿Quién es esa señorita Camila para el señor Fuentes?

Los murmullos se propagaron desde todas las direcciones.

Valentina agachó la cabeza; sus dedos estrujaban el borde del vestido hasta que los nudillos se le tornaron blancos. El tiempo siguió avanzando, pero ella ni siquiera se atrevía a levantar la vista hacia su marido.

Poco después, Carmen, su suegra, se acercó a paso firme.

—Acompáñame un momento —ordenó la mujer con un tono desprovisto de emoción.

Valentina asintió y siguió a su suegra hasta una sala privada detrás del salón de eventos. En cuanto la puerta se cerró, descubrió que Andrés ya estaba allí. Sobre la mesa descansaba una carpeta marrón.

—Quiero que nos divorciemos —dijo él con la mirada helada.

Valentina se quedó paralizada. Lo observó con el rostro desencajado, rogando en silencio que estuviera bromeando.

—¿Q-qué quieres decir?

—Ya lo tengo todo preparado —Andrés empujó la carpeta hacia ella—. Es la demanda de divorcio.

Valentina abrió la carpeta con las manos temblorosas; su nombre figuraba con claridad en cada documento, todos con la firma de Andrés. Un ardor repentino le invadió los ojos.

—¿Por qué? —preguntó con la voz estrangulada. El pecho se le comprimió como si algo invisible la aplastara, privándola del aire. Buscó en el rostro del hombre que tenía enfrente alguna razón que pudiera comprender, o al menos un rastro de arrepentimiento.

Pero Andrés se limitó a devolverle la mirada, el rostro apuesto desprovisto de cualquier remordimiento.

—Ya no somos compatibles.

Las palabras salieron de su boca con una ligereza brutal, breves y gélidas. Sin explicación, sin consuelo, sin disculpa, como si siete años juntos jamás hubieran significado nada para él.

Carmen exhaló despacio.

—Valentina, acéptalo con dignidad. Andrés tiene ahora una vida diferente. Necesita a alguien que lo ayude a ampliar sus relaciones de negocios. Y tú… tú solo te dedicaste a ser ama de casa.

Las palabras de su suegra golpearon la dignidad de Valentina como un puñetazo.

—Señora… durante siete años acompañé a Andrés a construir esta empresa.

Carmen suspiró.

—El pasado que se quede en el pasado. Llevan siete años juntos y todavía no han tenido hijos. Yo nunca te acusé de ser estéril, así que no me malinterpretes. Pero si esto ya no tiene remedio, es mejor que dejen ir el matrimonio en buenos términos.

—Fuiste una buena esposa y una buena nuera, eso lo reconocemos —intervino al fin Gustavo Fuentes, el suegro, que había permanecido en silencio—. Solo que… el mundo de Andrés ya cambió.

Valentina esbozó una sonrisa amarga.

—Don Gustavo… doña Carmen… cuando la empresa estaba al borde de la quiebra, ¿quién vendió la casa que le heredaron sus padres?

Un silencio espeso cayó sobre la sala. Nadie respondió.

—¿Quién se encargó de toda la administración de la empresa sin cobrar un centavo? ¿Quién acompañó a Andrés… cuando todos los inversionistas se negaban a trabajar con él?

Carmen desvió la mirada, pero Andrés perdió la paciencia.

—¡Ya basta, Valentina! Te daré la casa, el auto y una suma de dinero como compensación. Es inútil seguir forzando las cosas; ya no te amo.

—Yo no pedí nada de eso —la voz de Valentina sonó serena, aunque un temblor delgado la recorría—. Solo quiero saber una cosa: después de siete años… ¿así de fácil se me descarta?

Andrés tomó aire; la impaciencia le marcaba cada línea del rostro.

—Ya te lo dije: dejé de amarte. Amo a otra mujer.

Lo que dijo pulverizó el último resquicio de esperanza que le quedaba a Valentina. Las lágrimas se le acumularon en los ojos sin caer. Contempló largamente al hombre que alguna vez había sido el centro de su mundo, el esposo que juró sostenerle la mano hasta envejecer juntos. Ahora… ese mismo hombre le pedía que se fuera, con una facilidad que cortaba más hondo que cualquier cuchillo.

—Firma de una vez —Andrés tomó un bolígrafo y lo dejó sobre los papeles de la demanda.

Valentina cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos. Esta vez su mirada era distinta. La tristeza seguía allí, pero algo más firme empezaba a ocupar su lugar. Tomó el bolígrafo y su mano se movió sin titubear. El trazo de su firma se completó en cuestión de segundos.

Andrés se quedó inmóvil. Había esperado que llorara, que suplicara, que se negara. Nada de eso ocurrió.

Valentina cerró la carpeta y se puso de pie.

—A partir de esta noche, ya no soy parte de la familia Fuentes.

Se quitó el anillo de matrimonio del dedo anular y lo depositó con calma sobre el acta de divorcio que acababa de firmar.

—Gracias por los siete años que compartimos. Y gracias… por cada herida que tú y tu familia me dejaron. Voy a llevarlas conmigo como recordatorio de que jamás volveré a entregarle toda mi vida a alguien incapaz de valorarla.

Caminó hacia la puerta con la cabeza en alto, pero antes de salir se detuvo un momento sin mirar atrás.

—Ojalá la decisión que tomaron hoy… no se convierta en el arrepentimiento de toda su vida.

La puerta se cerró con un golpe seco cuando Valentina abandonó la habitación.

Carmen bajó la vista hacia el anillo de bodas de su exnuera, abandonado sobre la mesa. Por un instante, algo se le apretó en el pecho sin una razón que fuera capaz de explicarse.

Mientras tanto, fuera del salón de eventos, Valentina caminaba sola por el vestíbulo del hotel. Su paso seguía erguido, aunque las lágrimas al fin se le escaparon sin que pudiera contenerlas.

Esa noche, Valentina perdió a su esposo y a la familia que durante años había sido su único hogar. Solo le quedaron el dolor, la decepción y unos pasos que sentía demasiado pesados.

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