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Nos Queríamos En Silencio

Nos Queríamos En Silencio

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor de la infancia
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: samuel luna

Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.

NovelToon tiene autorización de samuel luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 5: La pregunta que no respondí

El lunes llegué a la universidad demasiado temprano.

Había pasado la noche dando vueltas en la cama, recordando la pregunta de Daniel en el parque.

¿Y si fueras tú?

No sabía si había sido una confesión disfrazada, una provocación o simplemente una forma de obligarme a decir algo que él no se atrevía a preguntar directamente. Lo peor era que mi respuesta seguía atrapada dentro de mí.

Había dicho su nombre en mi cabeza tantas veces que ya no parecía una palabra.

Daniel.

Cuando entré al salón, él ya estaba allí. Tenía los audífonos puestos y miraba por la ventana con una expresión ausente. Sobre la mesa había dos vasos de café.

Uno era para él.

El otro era sin azúcar.

Me detuve junto a la puerta.

Durante un instante pensé en dar media vuelta. Podía fingir que tenía otra clase, que me sentía mal, que había olvidado algo en casa. Cualquier excusa era más sencilla que sentarme frente a él después de lo que había ocurrido.

Daniel levantó la cabeza y me vio.

Se quitó un audífono.

—Llegaste.

—Tú también.

—Eso parece.

Me acerqué al pupitre y tomé el vaso de café.

—Gracias.

—No sabía si ibas a venir.

—¿Por qué no vendría?

Daniel apartó la mirada.

—Por lo de ayer.

El recuerdo se instaló entre nosotros.

—No pasó nada.

—Pasó que te hice una pregunta y no respondiste.

—No sabía qué responder.

—Eso ya es una respuesta.

Me senté.

El profesor todavía no había llegado, pero el aula empezaba a llenarse. Las conversaciones de los demás estudiantes creaban una especie de ruido protector. Daniel se inclinó hacia mí.

—¿Te molestó?

—¿Qué cosa?

—La pregunta.

—No.

—¿Entonces?

—Me sorprendió.

—¿Por qué?

Lo miré.

—Porque nunca me habías preguntado algo así.

—Tal vez debí hacerlo antes.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué querías decir exactamente?

Daniel guardó silencio. Sus ojos se movieron hacia el café, hacia la ventana, hacia cualquier lugar que no fuera mi rostro.

—No lo sé.

—Tú hiciste la pregunta.

—Sí.

—Entonces deberías saber qué significa.

—No siempre sé lo que significa lo que digo.

—Eso no es justo.

—¿Para quién?

—Para mí.

Daniel volvió a mirarme.

—No intento ser injusto.

—Pues lo estás haciendo.

Él apretó la mandíbula.

—También tú.

Me quedé inmóvil.

—¿Yo?

—Sí. Me aconsejas que diga la verdad, que me arriesgue, que deje de esconderme… pero cuando te pregunto algo, respondes con otra pregunta o cambias de tema.

No pude negarlo.

—No es lo mismo.

—¿Por qué no?

—Porque tú estás hablando de alguien que te gusta.

—Y tú también podrías estar hablando de alguien.

—No es asunto tuyo.

La expresión de Daniel cambió. No parecía enojado. Parecía herido.

—Pensé que éramos más que eso.

La frase me dolió.

—Lo somos.

—Entonces ¿por qué no confías en mí?

—Porque no se trata de confianza.

—¿De qué se trata?

El profesor entró al salón en ese momento y todos comenzaron a ocupar sus lugares. Daniel se recostó en la silla, pero la tensión no desapareció. Solo quedó escondida debajo de la clase.

Durante dos horas, intenté tomar apuntes. En realidad, solo escribí palabras sueltas. Daniel permaneció en silencio, aunque podía sentir que me miraba de vez en cuando.

Al terminar, guardó sus cosas con rapidez.

—¿Vas a irte? —pregunté.

—Tengo que hacer algo.

—¿Qué?

—Ver a Elena.

La frase me golpeó con una fuerza que no esperaba.

—Ah.

—Tenemos que hablar de la exposición.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La que pones cuando estás a punto de fingir que no te importa.

Me levanté.

—No me importa.

Daniel soltó una risa breve, sin humor.

—Eso es exactamente lo que digo.

—¿Quieres que te diga que sí me importa? Bien. Me importa. ¿Contento?

—No.

—Entonces no sé qué quieres.

—Quiero que seas sincera.

—No puedo.

—¿Por qué?

Lo miré directamente.

Porque si soy sincera, puedo perderte.

No lo dije.

Daniel esperó unos segundos y después asintió con lentitud.

—Está bien.

—¿Está bien qué?

—No tienes que decírmelo.

—No lo hagas sonar como si estuvieras resignándote.

—Quizá me estoy resignando.

—¿A qué?

—A que tal vez nunca vas a confiar en mí de la forma en que yo necesito.

Se dio la vuelta y salió del aula.

Me quedé quieta con la mochila en la mano.

Las palabras me persiguieron todo el camino hasta la biblioteca. No sabía si quería alcanzarlo o dejar que se alejara. Una parte de mí estaba furiosa porque me presionaba. Otra parte tenía miedo de que, si no hacía algo, Daniel empezaría a resignarse de verdad.

Encontré a Laura en la mesa del fondo.

—¿Qué hiciste? —preguntó apenas me vio.

—Nada.

—Esa palabra ya no funciona contigo.

Me senté frente a ella.

—Daniel está molesto.

—¿Por qué?

—Me hizo una pregunta y no respondí.

—¿Qué pregunta?

—Me preguntó qué haría si la persona que le gusta fuera yo.

Laura dejó el lápiz sobre la mesa.

—¿Te preguntó eso exactamente?

—Sí.

—¿Y qué dijiste?

—Nada.

Laura cerró los ojos durante unos segundos.

—Dios mío.

—No me ayudes así.

—Te está dando una oportunidad.

—¿Y si no se refería a mí?

—Entonces seguirás en el mismo punto de antes.

—¿Y si sí?

—Entonces dejarás de estar en el mismo punto de antes.

—Eso no es tranquilizador.

—No se supone que lo sea.

Me quedé mirando mis manos.

—No puedo arriesgarme a perderlo.

—Ya lo estás perdiendo.

La frase fue tan directa que me hizo levantar la cabeza.

—No digas eso.

—Daniel te está pidiendo algo. No necesariamente una relación, no necesariamente una respuesta perfecta. Te está pidiendo que dejes de esconderte.

—¿Y si no puedo?

—Entonces tendrás que aceptar las consecuencias de no hacerlo.

No quería aceptar nada. Quería que el tiempo regresara a la época en que ser su amiga era suficiente y no había nombres de otras personas ni preguntas peligrosas.

Pero ya no existía esa época.

A media tarde recibí un mensaje de Daniel.

¿Podemos hablar?

Respondí que sí.

Nos encontramos en el pasillo detrás del auditorio, un lugar poco transitado donde a veces íbamos a sentarnos entre clases. Daniel estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.

—Pensé que no vendrías —dijo.

—Vine.

—Eso veo.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

Nos quedamos frente a frente. El espacio entre ambos parecía mucho más grande de lo normal.

—Lo de esta mañana… —comenzó.

—No quería decir que no confío en ti.

—Pero lo dijiste.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué querías decir?

—Que no sé cómo responderte sin cambiarlo todo.

Daniel bajó los brazos.

—Tal vez ya cambió.

—No quiero que cambie.

—Yo tampoco.

—Entonces no me preguntes cosas que no puedo responder.

—¿Ves? Eso es lo que no entiendo. Me dices que quieres que sea sincero, pero no quieres que te pregunte lo mismo.

—Porque tú no entiendes lo que está en juego.

—¿Y tú sí?

—Sí.

—¿Qué está en juego?

Mi respiración se volvió irregular.

—Nuestra amistad.

Daniel dio un paso hacia mí.

—¿Y si no quiero que seamos solo amigos?

No supe cómo responder.

Él continuó:

—No estoy diciendo que no quiera tu amistad. Estoy diciendo que tal vez llevo mucho tiempo queriendo algo que no me atrevo a pedir.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Elena?

Daniel negó con la cabeza.

—Elena no es la persona que me gusta.

El alivio fue tan intenso que casi me mareé.

—Entonces ¿por qué sales con ella?

—Porque es amiga de la persona que me gusta. Quería saber si ella está interesada en alguien.

—Eso sigue siendo una mala idea.

—Lo sé.

—Podrías lastimarla.

—Ya me lo dijo.

—¿Y qué más te dijo?

Daniel sonrió de lado.

—Que probablemente estoy enamorado de alguien que no me ve de esa manera.

No pude apartar la mirada.

—¿Y lo estás?

—Sí.

—¿Desde hace cuánto?

—Mucho tiempo.

—¿Años?

—Sí.

El corazón me golpeaba las costillas.

—¿Y esa persona sabe?

—Creo que sospecha.

—¿Por qué no se lo dices?

—Porque cada vez que intento hacerlo, ella se esconde detrás de una respuesta lógica.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero me negué a parpadear.

—Quizá tiene miedo.

—Yo también.

—Quizá piensa que puede perderte.

—Yo ya siento que la estoy perdiendo.

La voz de Daniel se quebró apenas. Ese pequeño cambio fue suficiente para romper mi resistencia.

—Daniel…

—No quiero obligarte a decirme nada. Solo quería que supieras que estoy cansado de fingir que esto no existe.

—¿Y qué es esto?

Él dio otro paso. Ya no había casi distancia entre nosotros.

—Tú y yo.

El pasillo quedó completamente en silencio.

Yo podía escuchar el latido de mi corazón y el ruido distante de una puerta cerrándose.

—No sé qué decir —susurré.

—Eso es lo que siempre dices.

—Porque no sé si después de decirlo podrás seguir mirándome igual.

Daniel levantó una mano y la dejó suspendida junto a mi rostro, sin tocarme.

—Yo llevo años mirándote igual.

Las lágrimas finalmente escaparon.

Aparté la cara.

—No llores —dijo él, casi en un murmullo.

—No me digas qué hacer.

—No te lo estoy diciendo.

—Sí.

—Solo… no quería que pensaras que esto era una trampa.

—¿Qué cosa?

—La verdad.

Me limpié las lágrimas con rapidez.

—¿Entonces dime todo?

Daniel respiró hondo.

—Me gustas desde hace años.

La frase no fue dramática. No estuvo acompañada de música ni de una escena perfecta. Fue sencilla, vulnerable y aterradora.

Yo cerré los ojos.

Había esperado escucharla tantas veces que ahora no sabía qué hacer con ella.

—Di algo —susurró Daniel.

Abrí los ojos.

Podía responderle con la verdad.

Podía decir que él también me gustaba, que lo había amado en silencio durante años, que todas mis dudas habían nacido del miedo y no de la falta de sentimientos.

Pero el miedo todavía estaba allí.

Así que hice lo único que sabía hacer cuando algo importaba demasiado.

Lo abracé.

Daniel se quedó inmóvil por un segundo y luego rodeó mi espalda con los brazos. Su cuerpo temblaba ligeramente. Yo apoyé el rostro contra su pecho y escuché su corazón, rápido y desordenado, igual que el mío.

No dije que me gustaba.

No dije que había pensado en él todos los días.

No dije que quería besarlo.

Pero tampoco me aparté.

Y para nosotros, después de tantos años de silencio, aquel abrazo fue lo más parecido a una respuesta

1
Julián
excelente
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