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La dote del silencio

La dote del silencio

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Enfermizo / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.

Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.

Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.

Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

El auto de la familia Montemayor avanzó despacio por la sinuosa carretera de montaña que conducía al pueblo vecino. Tras la ventanilla, la plantación de té se extendía verde e interminable hasta donde alcanzaba la vista. El aire fresco se colaba por la rendija del cristal apenas entreabierto y llenaba el interior del vehículo de una calma agradable.

Sebastián iba al volante con las manos firmes sobre el timón. De vez en cuando echaba un vistazo al espejo retrovisor para comprobar que todo estuviera bien atrás. Don Alejandro ocupaba el asiento trasero junto a Valeria. El viejo se veía relajado y conversaba con ella de cosas ligeras mientras se dirigían al centro de rehabilitación.

Unas horas más tarde, la sesión de terapia había concluido.

Al salir de la sala de rehabilitación, los pasos de Don Alejandro se notaron más livianos que antes. Aunque todavía caminaba con lentitud, su semblante lucía mucho más despejado.

—Hmm... —murmuró mientras rotaba la cintura con cuidado—. El cuerpo se siente más ligero.

El viejo esbozó una sonrisa satisfecha y se volvió hacia Valeria, que permanecía a su lado.

—La semana que viene volvemos a terapia, ¿eh?

Valeria asintió con una sonrisa cálida.

—Sí, abuelo. Lo importante es que se recupere pronto.

Don Alejandro soltó una risita.

—Con estos ánimos, las ganas de seguir con la terapia se multiplican.

Sebastián no dijo mucho. Sin embargo, por dentro se alegró de ver la atención que Valeria le prodigaba a su abuelo. Su esposa era paciente y dedicada en el cuidado de las personas mayores.

Después subieron de nuevo al auto para emprender el regreso. El viaje de vuelta transcurrió en calma. La carretera no estaba demasiado transitada, así que el vehículo rodó sin contratiempos.

Al cabo de unos minutos, Don Alejandro, sentado en la parte de atrás, empezó a cabecear. Su cabeza se reclinó poco a poco contra el respaldo del asiento y, al rato, se oyó el ritmo suave de su respiración. El viejo se había quedado profundamente dormido.

Al notar que su abuelo dormía, Sebastián bajó el volumen de la música que sonaba de fondo en el auto. El silencio se asentó dentro del vehículo.

Un momento después, Sebastián lanzó una mirada a Valeria, sentada en el asiento del copiloto.

—Hay algo de lo que quiero hablarte.

Valeria, que hasta entonces disfrutaba del paisaje por la ventanilla, se volvió de inmediato.

—¿De qué, Sebastián?

—De la universidad.

Valeria frunció el ceño. Por un instante creyó haber oído mal.

—¿La universidad?

—Sí. —Sebastián mantuvo la vista fija en la carretera—. Quiero que continúes tus estudios.

Los ojos de Valeria se abrieron de par en par. Los labios se le entreabrieron de la sorpresa.

—¿Yo... en la universidad?

—Sí.

—Pero si ya estoy casada. —Valeria sonrió con torpeza y bajó la cabeza.

Sebastián le echó un vistazo fugaz antes de volver a concentrarse en el camino.

—¿Y qué tiene que ver estar casada?

Esa pregunta tan simple la dejó sin palabras. Nunca había contemplado siquiera esa posibilidad.

Desde niña, su vida había estado marcada por la lucha. Tras la muerte de sus abuelos, creció con sus tíos. Al salir de la escuela, ayudaba en las tareas de la casa y trabajaba como jornalera en casas vecinas. Al terminar la preparatoria, no le quedó más opción que emplearse como recolectora de té para contribuir al sustento del hogar. Para ella, la universidad era un sueño reservado a quienes tenían una vida holgada.

Al ver que Valeria guardaba silencio demasiado rato, Sebastián retomó la conversación.

—Yo nunca le he pedido a mi esposa que trabaje para ganarse la vida.

Su tono permaneció sereno.

—Esa es mi responsabilidad como esposo.

Valeria se volvió despacio. Escuchó cada palabra que salía de la boca de Sebastián con total atención.

—Solo quiero que sigas aprendiendo.

—¿Por qué? —preguntó ella en voz baja.

Sebastián esbozó una sonrisa leve.

—Porque el conocimiento nunca se desperdicia. La educación no sirve únicamente para conseguir empleo. El saber acompaña a una persona toda la vida.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—También quiero que mi esposa sea una mujer segura de sí misma. Una mujer con una visión amplia del mundo. Una mujer que algún día pueda ser la mejor madre para nuestros hijos.

Esas últimas palabras le cortaron el aliento a Valeria. Las mejillas se le tiñeron de rojo poco a poco. Sin darse cuenta, agachó el rostro para disimular la vergüenza. Por alguna razón, imaginarse con hijos junto a Sebastián le aceleró el corazón de un modo que no esperaba.

Un rato después, Sebastián volvió a preguntar.

—De niña, ¿tenías algún sueño?

La pregunta le arrancó a Valeria una sonrisa tenue.

—Sí.

—¿Cuál?

—Quería ser maestra. Maestra de primaria.

Sebastián asintió despacio.

—¿Por qué maestra?

Valeria contempló la extensión de la plantación de té a través de la ventanilla. Una pequeña sonrisa le iluminó el rostro, como si estuviera evocando una infancia lejana.

—Me gustan los niños. Cuando yo iba a la primaria, mi maestra era una mujer maravillosa. Tenía una paciencia infinita con sus alumnos. Si alguno no sabía leer, jamás se enojaba.

Los ojos de Valeria se humedecieron al recordar a aquella figura tan importante en su vida.

—Yo pensaba que, cuando creciera, también quería ser como ella. —La sonrisa, sin embargo, se fue apagando—. Pero después de que murió mi abuela, me di cuenta de que las cosas habían cambiado. La universidad era imposible. Así que guardé ese sueño para mí sola.

El interior del auto volvió a quedar en silencio. No se oía nada más que el ronroneo del motor y el soplo del viento exterior.

Al cabo de unos instantes, Sebastián habló con voz firme.

—Entonces hagámoslo realidad.

Valeria giró la cabeza de golpe.

—¿Qué quieres decir?

—Si ese es tu sueño, yo te apoyo.

Los ojos de Valeria empezaron a llenarse de lágrimas de emoción. En toda su vida, nadie le había preguntado cuáles eran sus sueños. Mucho menos le había dicho que quería ayudarla a cumplirlos. Un nudo le apretó la garganta.

—Gracias, Sebastián. —La voz de Valeria fue tan queda que apenas se oyó.

La sonrisa discreta que apareció en el rostro de Sebastián bastó como respuesta de que hablaba completamente en serio.

Esa tarde, antes de volver a casa, Sebastián le propuso a Valeria pasar por la plantación de té de la familia.

La tarde coincidía con el día de pago para las recolectoras. La explanada frente al almacén de acopio hervía de trabajadoras que hacían fila para recibir su jornal. Algunas bromeaban mientras contaban el dinero recién cobrado según la cantidad de té que habían recolectado; otras se marchaban enseguida con el fruto de su esfuerzo.

Además de querer revisar la administración de pagos, Sebastián tenía la intención de inspeccionar personalmente la cosecha de esa semana antes de que la enviaran a la planta procesadora en la ciudad.

El auto se detuvo justo frente al almacén. Sebastián bajó primero y se acercó a Ignacio, que estaba ocupado llamando a las trabajadoras por lista.

—Ignacio, ¿ya está todo en orden?

El viejo capataz se volvió de inmediato.

—Sí, señor Sebastián.

—Vamos a revisar la cosecha que se va a enviar a la ciudad.

—Enseguida, señor. —Ignacio cerró su libreta un momento y siguió a Sebastián al interior del almacén.

Mientras tanto, Valeria prefirió quedarse cerca del auto. Se detuvo a observar a las trabajadoras que aún esperaban su turno para cobrar. Sin que ella lo advirtiera, entre la multitud había un par de ojos que la vigilaban desde hacía rato.

Marta acababa de recibir su jornal. Después de guardar el dinero en el bolsillo de la blusa, su mirada se topó con la figura de Valeria, sola junto al vehículo. Los ojos se le entrecerraron al instante.

—Ahí está Valeria.

Ramón, de pie a su lado, giró la cabeza en la misma dirección. Al ver que Sebastián se alejaba hacia el almacén con Ignacio, una sonrisa se le fue dibujando en los labios.

—Por fin se presenta la oportunidad.

Marta también esbozó una sonrisa fina. Sin perder un segundo, se encaminó hacia su sobrina.

—Valeria.

Al oír su nombre, Valeria se volvió. Su rostro se iluminó con una sonrisa espontánea.

—Tía.

Antes de que Valeria pudiera decir nada más, Marta le tomó la muñeca con suavidad.

—Ven conmigo un momento. Tenemos que hablar.

Valeria vaciló.

—¿Aquí no se puede, tía?

Marta negó al instante.

—¡No! Es solo un momento.

Al comprobar que Sebastián no estaba cerca, Valeria acabó por asentir.

—Está bien.

Caminaron alejándose del bullicio hasta detenerse bajo un árbol frondoso. Una vez que Marta se aseguró de que nadie estuviera demasiado cerca, la sonrisa se le borró del rostro. Su mirada se volvió cortante.

—¿Dónde está el dinero de la dote?

La pregunta dejó a Valeria inmóvil. Bajó la vista un instante antes de volver a enfrentar los ojos de su tía.

—Tía...

—No te hagas la desentendida. —El tono de Marta empezó a subir—. ¿Dónde está el millón de dólares?

Valeria respiró hondo, intentando conservar la calma.

—Discúlpeme, tía. Pero esa es la dote de mi matrimonio. No le pertenece a nadie más que a mí.

Las palabras le encendieron el rostro a Marta de golpe.

—¿Qué? ¿Escuché bien?

Valeria negó con suavidad.

—No puedo entregárselo. Yo nunca estuve de acuerdo con que mi matrimonio se convirtiera en un negocio para obtener dinero.

Marta dio un paso más, hasta que apenas las separaban unos palmos.

—¿Ahora te atreves a desafiarme?

—No es eso. —La voz de Valeria seguía siendo suave, pero esta vez sonó mucho más firme—. Solo quiero hacer lo correcto.

—¿Lo correcto? —Marta torció los labios con desdén—. ¡Si no fuera porque nosotros te criamos, no estarías viva!

Valeria apretó los puños para contener el temblor.

—En toda mi vida jamás olvidé lo que mi tío y usted hicieron por mí. Por eso siempre les entregué todo el dinero que ganaba. Pero esta vez no puedo darle algo que no le corresponde.

—¡Malagradecida! —El grito de Marta retumbó con tanta fuerza que varias trabajadoras que todavía rondaban cerca del almacén se volvieron a mirar.

Sin poder contener la furia un instante más, Marta levantó la mano, como si fuera a agarrar a Valeria por la fuerza. Pero justo antes de que sus dedos le tocaran el brazo, una voz grave resonó a sus espaldas.

—¿Qué está pasando aquí?

El cuerpo de Marta se tensó de pies a cabeza. El color le abandonó el rostro. Con un movimiento rígido, giró sobre sus talones.

A unos pocos pasos detrás de ellas, Sebastián permanecía de pie con el semblante impasible. La frialdad de su mirada bastó para que Marta sintiera un escalofrío distinto. Lo que vio en los ojos del heredero de los Montemayor fue una ira contenida, auténtica e inequívoca.

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Joseanny Rociel
Me esta gustando la novela 👏
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