Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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Capítulo 5: La realidad del Norte
Sebastián se quedó inmóvil durante unos segundos, procesando la contundente firmeza en la voz de Elizabeth. Sus ojos rojizos la observaron fijamente, buscando algún destello de duda o vacilación que delatara una simple actuación impetuosa.
Sin embargo, no encontró nada de eso. La mujer parada frente a él sostenía la mirada con una compostura implacable, con la barbilla en alto y una determinación que jamás había mostrado desde su llegada a la mansión.
«¿Los niños? —reflexionó el mayordomo en silencio mientras ajustaba suavemente el borde de su guante izquierdo—. Ayer ni siquiera fue capaz de cruzar el umbral de su habitación después del desayuno y hoy exige ver a los jóvenes amos».
El demonio hizo una reverencia impecable, inclinando el torso en un ángulo perfecto sin perder su compostura profesional.
—Entendido, señora —respondió Sebastián con su habitual tono grave y pausado—. Si me lo permite, mientras nos dirigimos hacia el ala este, le iré informando en detalle sobre la situación actual de los jóvenes amos.
—Está bien, habla mientras caminamos —asintió Elizabeth, ajustando ligeramente el dobladillo de sus mangas—. Quiero saberlo todo, absolutamente todo.
Sebastián dio un paso al frente y comenzó a guiarla por los monumentales pasillos de la mansión. El aire en la residencia era helado y seco, impregnado de un constante olor a piedra antigua y leña quemada.
A medida que se alejaban del área principal, las paredes de granito se volvían más austeras. Los candelabros de bronce que iluminaban el pasillo proyectaban sombras alargadas que danzaban sobre las grietas del muro al paso de ambos.
—El joven Damián, el hermano mayor, actualmente se encuentra en la Escuela de Herederos —comenzó a explicar el mayordomo mientras caminaba a un ritmo constante pero moderado—. Es la institución imperial donde educan a los descendientes de las cuatro grandes familias nobles.
Elizabeth caminaba a su lado, manteniendo la vista al frente mientras escuchaba atenta los pasos resonar contra el piso de mármol frío.
—Permanece allí durante todo el ciclo académico —continuó Sebastián—. Es un régimen sumamente estricto y exigente. El joven amo solo regresa a la mansión durante el breve periodo de las vacaciones de invierno.
Elizabeth apretó los puños ocultos entre los pliegues de su vestido. Una amarga punzada de empatía atravesó su pecho al recordar la información de la novela original.
«Apenas tiene once años... —pensó con una opresión en la garganta—. Un niño pequeño creciendo en medio de un entorno hostil, rodeado de nobles ambiciosos que solo buscan utilizarlo, aprendiendo a desconfiar de todo el mundo antes de tiempo».
—¿Y Bastian? —preguntó ella rompiendo el breve silencio, girando la cabeza hacia el mayordomo—. ¿Qué hay del más pequeño?
—El pequeño Bastian tiene apenas tres años y permanece aquí en la mansión —explicó Sebastián—. Se encuentra alojado en sus aposentos del ala este, bajo el cuidado directo de su niñera personal.
El mayordomo hizo una pausa deliberada antes de añadir un detalle crucial sobre el funcionamiento de la servidumbre.
—Debido a la enorme responsabilidad que recae sobre la casa, yo mismo me encargo de supervisar la habitación de forma periódica. Hago revisiones para asegurarme de que la niñera esté cumpliendo adecuadamente con todas sus funciones y obligaciones.
Elizabeth entornó los ojos esmeralda, analizando rápidamente aquellas palabras. La mente analítica de su vida anterior comenzó a conectar los puntos de la situación.
«¿Revisiones periódicas entre tantas tareas administrativas? —pensó con preocupación—. Un niño de tres años no necesita inspecciones de rutina ni un control de calidad. Necesita atención constante, calidez y afecto real, algo que una simple niñera contratada rara vez dará si nadie la vigila a cada minuto».
A mitad del pasillo, pasaron junto a un par de sirvientes que transportaban sábanas dobladas. Al ver pasar a la nueva señora junto al mayordomo, los sirvientes hicieron inclinaciones apresuradas y temblorosas antes de apartarse contra la pared.
Elizabeth observó la rigidez de los empleados. Aquel lugar no parecía un hogar; se sentía más bien como una enorme residencia atascada en una rutina helada e impersonal.
—¿Y el padre de los niños? —inquirió Elizabeth, volviendo la mirada hacia Sebastián—. ¿El Señor del Norte viene a visitarlos en algún momento del año?
Sebastián guardó un pesado silencio durante unos instantes. Sus pisadas firmes eran el único sonido que retumbaba en el silencioso corredor antes de que decidiera responder.
—Debido a la feroz e interminable guerra que libramos en la frontera con las bestias del abismo, el Señor del Norte se ve obligado a permanecer en el frente militar de forma casi ininterrumpida.
—¿Nunca ha regresado a ver a sus propios hijos? —preguntó ella, frunciendo el ceño con clara incredulidad.
—El señor únicamente estuvo presente en esta mansión para el nacimiento de cada uno de ellos —reveló Sebastián con voz sombría—. Tan pronto como el parto concluía y se verificaba la salud del recién nacido, debía regresar de inmediato al frente de batalla. No ha vuelto desde entonces.
Una intensa oleada de indignación recorrió las venas de Elizabeth. Apretaba la mandíbula con tanta fuerza que sintió un leve dolor en el rostro.
«Ni siquiera se le puede llamar un padre ausente a medias —se dijo a sí misma con profundo enojo—. Ese hombre solo estuvo dos días en toda la vida de sus hijos. Crecer en una mansión helada, sin madre y con un padre que es prácticamente un mito distante... Qué manera tan desgarradora de empezar a vivir».
—Si el archiduque está siempre ocupado en la frontera... —¿Por qué necesitaba casarse de nuevo? —cuestionó ella, buscando comprender las verdaderas intenciones detrás del compromiso contractual.
—El señor requería la presencia de una figura de autoridad que permaneciera de manera definitiva en la mansión —explicó Sebastián manteniendo su porte erguido—. Alguien de estatus noble para supervisar la crianza formal de los niños, mantener la disciplina de la casa y colaborar activamente en los asuntos administrativos del territorio.
—¿Y quién ha estado manejando la administración del ducado en todo este tiempo? —indagó Elizabeth, deteniendo momentáneamente su marcha ante un gran ventanal que daba hacia los patios cubiertos de nieve.
—Yo me he encargado de la inmensa mayoría de las tareas, señora —respondió el demonio, deteniéndose a dos pasos de ella—. Administrar las arcas, organizar el suministro de víveres para el invierno, supervisar al personal, coordinar la guardia y mantener los canales de comunicación con las regiones vasallas.
Elizabeth giró levemente el rostro para observarlo. Al fijarse detenidamente en las facciones del mayordomo, notó las leves sombras bajo sus ojos rojizos y el sutil rigor de su postura.
«Este hombre lleva la enorme responsabilidad de un archiducado entero sobre sus espaldas —reflexionó ella en silencio—. Tiene que controlar la economía, la servumbre, los suministros militares y, además, sacar tiempo para revisar al hijo menor. Es imposible que no se le escapen detalles graves».
—Es una cantidad de trabajo abrumadora para una sola persona —comentó Elizabeth con un tono de voz suave, lleno de sincera empatía.
Sebastián parpadeó levemente, desconcertado por el comentario. Un destello de genuina sorpresa cruzó por sus pupilas rojas antes de recuperar la frialdad en su rostro.
«¿Acaso me está reconociendo el esfuerzo? —se preguntó el demonio para sus adentros, sintiendo un extraño desconcierto—. La antigua señora jamás habría reparado en la fatiga o la carga de trabajo de un sirviente».
—Es mi deber para con la familia archiducal, señora —respondió Sebastián con una inclinación corta y formal—. Sin embargo, admito que los recursos y el tiempo a menudo resultan insuficientes.
—Lo entiendo —dijo Elizabeth, retomando el paso con renovada determinación—. Pero precisamente porque sé lo ocupado que estás, entiendo que no puedes estar en todas partes al mismo tiempo.
Llegaron a un amplio cruce de corredores donde las corrientes de aire helado hacían tiritar las cortinas de terciopelo desgastado. Elizabeth se detuvo en seco en medio del pasillo.
La intuición le advertía que una niñera sin supervisión continua en una mansión desatendida era la receta perfecta para el abandono y el maltrato sutil.
—Gira hacia el ala este, Sebastián —ordenó Elizabeth, clavando sus ojos esmeralda en el mayordomo con un aura de indiscutible mando—. Llévame directamente a los aposentos de Bastian. Quiero ver el estado de ese niño con mis propios ojos, ahora mismo.
«Si la trama original dictaba que estos pequeños se convertirían en villanos despiadados por culpa de la soledad y la crueldad, voy a romper esa cadena hoy mismo —se prometió con rabia contenida—. No voy a permitir que la negligencia destruya a un pequeño indefenso».
Sebastián la contempló en silencio por un breve instante. La luz que brillaba en los ojos de la mujer no era la de una noble mimada buscando atención, sino la de alguien dispuesta a tomar el control con garras y dientes.
—Como ordene, señora —dijo el mayordomo, dando un giro elegante para guiarla por la amplia escalera de piedra que conducía al ala este.
«Veamos si esta repentina determinación es un verdadero cambio de corazón o solo un fugaz espectáculo de vanidad —pensó Sebastián mientras sus pasos resonaban en la escalera—. Observaré cada uno de sus movimientos con el más estricto cuidado».
Con cada paso que descendían por el corredor del ala este, el silencio de la mansión se volvía más denso y sepulcral. Elizabeth apretó el paso, sintiendo un latido acelerado en el pecho a medida que se acercaban a la puerta de los aposentos del niño.