Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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El pequeño Bastián
Elizabeth siguió a Sebastián por los largos pasillos de la mansión. Mientras caminaba, no podía dejar de pensar en el niño que estaba a punto de conocer.
Bastian.
Tres años.
Eso era prácticamente todo lo que sabía de él. Tres años y una vida que, según recordaba de la novela, había comenzado rodeada de abandono y soledad.
Elizabeth apretó ligeramente las manos.
No quería pensar demasiado en lo que había leído, pero era imposible evitarlo. En la historia original, Bastian crecía siendo maltratado por su madrastra. No recibía el cariño que necesitaba y aprendía desde muy pequeño que no podía confiar en las personas que se suponía debían protegerlo.
«¿Ya habrá comenzado?»
Aquella pregunta llevaba varios minutos dando vueltas en su cabeza.
Quizá todavía estaba a tiempo.
Quizá el maltrato aún no había comenzado.
O quizá ya había ocurrido algo y ella simplemente no lo sabía.
Elizabeth miró a Sebastián, que caminaba unos pasos delante de ella.
—Sebastián.
El mayordomo se volvió inmediatamente.
—¿Sí, señora?
—¿Bastian suele estar solo?
Sebastián pareció confundido por la pregunta.
—No, señora. Su niñera debería encontrarse con él.
Elizabeth frunció ligeramente el ceño.
«Debería».
No le gustó cómo sonaba aquella palabra.
Continuaron caminando hasta detenerse frente a una puerta. Sebastián abrió con cuidado y se hizo a un lado.
—Aquí se encuentra el joven amo Bastian.
Elizabeth entró.
Y se quedó inmóvil.
La habitación era amplia, pero había algo extraño en ella. Estaba demasiado silenciosa. No había juguetes esparcidos por el suelo, ni una sirvienta ocupándose del niño, ni siquiera el sonido de una voz infantil.
Solo un pequeño niño se encontraba sentado en uno de los extremos de la habitación.
Elizabeth miró alrededor con el ceño ligeramente fruncido. Bastian debería encontrarse bajo el cuidado de su niñera y, si por alguna razón ella tenía que ausentarse, alguna de las sirvientas de la mansión debería haberse encargado del pequeño en su lugar. Sin embargo, nadie estaba allí.
El mayordomo también recorrió la habitación con la mirada antes de dirigirla hacia el niño.
—Parece que su niñera se ha ausentado, señora.
Elizabeth asintió lentamente.
—Comprendo.
No tenía sentido cuestionar a Sebastián en ese momento. Él no era quien debía permanecer junto al niño a todas horas. Lo importante era que Bastian estaba solo y que ella necesitaba comprobar que se encontrara bien. Ya habría tiempo para averiguar dónde estaba la niñera y por qué ninguna sirvienta había acudido a reemplazarla.
Elizabeth volvió la mirada hacia el pequeño.
Bastian la estaba observando.
No lloraba ni decía una sola palabra. Permanecía sentado en silencio, siguiendo cada uno de sus movimientos con una atención demasiado cautelosa para un niño de apenas tres años. Elizabeth se acercó unos pasos y entonces pudo verlo con mayor claridad.
Era un niño hermoso, de piel pálida y delicada, con un cabello completamente rubio que caía desordenado alrededor de su pequeño rostro y unos enormes ojos azules que parecían demasiado serios para su corta edad.
Entre sus cabellos sobresalían dos pequeños cuernos de color oscuro, todavía cortos debido a su juventud, pero perfectamente formados y ligeramente curvados, una característica propia del linaje de dragón que había heredado del Señor del Norte.
Su rostro tenía facciones delicadas y, pese a su apariencia adorable, había algo en su expresión que llamó especialmente la atención de Elizabeth: no había la curiosidad despreocupada que esperaba encontrar en un niño de tres años, sino una cautela constante, como si estuviera acostumbrado a observar primero y acercarse después.
Su ropa estaba arrugada y ligeramente gastada, su cabello no parecía haber sido arreglado recientemente y su pequeño cuerpo era tan delgado que Elizabeth sintió una punzada de preocupación al verlo.
Era demasiado pequeño.
Demasiado pequeño para permanecer solo en una habitación tan grande.
Elizabeth se acercó lentamente.
Bastian no se movió.
Ella se agachó frente a él para quedar a su altura.
—Hola...
El niño continuó mirándola.
No respondió.
Elizabeth pudo notar entonces que aquella desconfianza no era producto de la timidez propia de un niño pequeño. Bastian parecía estar evaluándola, intentando descubrir qué clase de persona era y qué podía esperar de ella. Sus ojos permanecían fijos en los de Elizabeth, mientras su pequeño cuerpo se mantenía ligeramente tenso.
Elizabeth sintió que algo se apretaba dentro de su pecho.
Había imaginado muchas veces cómo sería conocerlo, pero verlo frente a ella era diferente.
Era un niño.
Un niño de apenas tres años que, aun siendo tan pequeño, ya parecía haber aprendido a desconfiar de los adultos.
Elizabeth bajó ligeramente la mirada.
Y entonces algo dentro de ella se quebró.
No sabía exactamente qué había sentido. Quizá fue rabia, quizá tristeza, quizá ambas cosas al mismo tiempo.
Pero su magia reaccionó antes de que pudiera controlarla o que pudiera entender sus propias emociones.
Así me imagino a Bastian