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Tío, ya no soy tu niña

Tío, ya no soy tu niña

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Diferencia de edad / La mimada del jefe / Romance oscuro / Completas
Popularitas:374
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.

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Capítulo 17

Capítulo 17 — Quince días

Pedí que me dejaran quedarme entre semana en la residencia de la universidad. Dije que era por las clases, por los horarios, por no dar lata con el coche todas las mañanas. Doña Reme me miró como quien sabe que le están mintiendo y decide no discutir. Tío Max no dijo nada. Firmó el permiso y me lo devolvió sin levantar la vista de los papeles.

Y así empezaron los quince días.

Los cuento porque los conté entonces, uno por uno, como quien cuenta los días de una condena. La residencia era un cuarto chico con una compañera que nunca estaba, una ventana que daba a un estacionamiento, y un silencio en el que yo cabía perfecto. Dejé de tener hambre. No es que decidiera no comer; simplemente la comida se me hacía lejana, ajena, algo que le pasaba a otra gente. En las noches me quedaba mirando el techo hasta que amanecía, y en el día me sentaba en clase a copiar palabras que no entendía.

Me volví buena para fingir. En eso, la práctica de toda una infancia sirve. Aprendí a llegar a la casa los fines de semana con la cara lavada y una sonrisa puesta, a decir "estoy bien, doña Reme, es que la escuela me tiene con mucha tarea", a comer tres bocados delante de ella para que me dejara en paz. Aprendí a apagar el teléfono cuando aparecía en la pantalla un número que yo sabía de memoria y que nunca me llamaba, y que por eso mismo, esa vez que llamó, no contesté: porque si oía su voz me iba a deshacer, y ya no me quedaba con qué volver a armarme.

Adelgacé sin darme cuenta. La ropa empezó a colgarme. La medalla, que antes me quedaba justa contra la garganta, ahora se me resbalaba en el pecho, como si yo estuviera desapareciendo por debajo de ella.

Xime se dio cuenta antes que yo.

—Dali, te estás desapareciendo —me dijo un martes, sentándose enfrente de mí en la cafetería, corriéndome la charola que yo no había tocado—. Mírate. Estás transparente. ¿Ya comiste algo hoy? ¿Ayer?

—No tengo hambre.

—Eso no fue lo que te pregunté.

Le sonreí para que se callara. Ya había aprendido a hacer eso: sonreír para que la gente me dejara en paz. Xime no se dejó, pero yo tampoco cedí, y al final las dos nos quedamos calladas, y ella me agarró la mano por encima de la mesa y no la soltó en un rato largo.

El día quince me desmayé.

No me acuerdo bien. Íbamos saliendo de un examen, el pasillo se puso blanco por las orillas, oí a Xime decir mi nombre desde muy lejos, y después ya no oí nada. Dicen que caí como un costal. Dicen que Xime gritó. Dicen muchas cosas de ese día que yo no vi porque estaba del otro lado, en un pozo negro y tibio donde por fin no me dolía nada.

Desperté en un cuarto de hospital que ya conocía. El suero otra vez. El techo blanco. Y una silla junto a la cama, vacía, con un saco negro doblado sobre el respaldo.

Su saco.

—No se movió del pasillo en toda la noche, mija —me dijo doña Reme, apareciendo con un vaso de agua, los ojos hinchados de no dormir—. Llegó antes que la ambulancia, no sé ni cómo. El doctor le dijo que estabas fuera de peligro y ni así se sentó. Ahí se quedó, parado, pegado a la puerta, como un poste. Yo nunca lo había visto así. —Bajó la voz, como si contara un secreto—. Ese hombre, mija. Ese hombre.

Volteé a ver el saco en la silla. Estaba tibio todavía, o eso quise creer.

Él entró un rato después. Traía el cuello de la camisa abierto, como siempre, pero con ojeras que yo no le conocía. Se paró a los pies de la cama, no al lado. Siempre a los pies. Siempre a esa distancia exacta que había medido para los dos.

—El doctor dice que es desnutrición y agotamiento —dijo, y por primera vez la voz no le salió plana. Le salió con algo apretado adentro—. ¿Tú sabes lo que es eso, Dalia? Es que dejaste de comer. Es que te estás matando de a poquito.

—No es cierto.

—Cállate. —No lo dijo fuerte. Lo dijo como quien no puede más—. Te vienes a la casa. Hoy. Se acabó lo de la residencia. Ya no soy tu tutor ante la ley, pero sigo siendo el hombre que responde por ti porque así lo elegí. No voy a dejar que te me mueras por una tontería.

Mi obligación. Mi tutor. Se agarró de esas dos palabras como de un salvavidas, y yo entendí, aunque me doliera, que las necesitaba: eran el permiso que se estaba dando a sí mismo para acercarse sin tener que nombrar lo otro.

—No quiero ser su obligación —dije, con lo poco que me quedaba.

—Pues lo eres. —Apretó el barandal de la cama con las dos manos, y los nudillos se le pusieron blancos—. Lo eres, y punto.

Me llevó de vuelta a Bosque Real esa misma tarde. Firmó la salida del hospital con una letra apretada, discutió en voz baja con el doctor sobre suplementos y análisis y una lista de cosas que yo debía comer, y arregló todo con esa eficiencia fría con la que arreglaba el mundo entero. A mí no me preguntó nada. A mí solo me dijo "vámonos" y me sostuvo del codo hasta el coche, con una mano que no me apretaba y que tampoco me soltaba.

En el camino no hablamos. Yo iba pegada a la ventanilla, envuelta en la cobija, y él iba manejando —no dejó que Chente manejara— con la vista clavada en la carretera y la mandíbula tan tensa que se le marcaba el hueso. En una curva frenó de más, y por instinto estiró el brazo derecho para detenerme contra el asiento, como se detiene a un niño, y lo dejó ahí medio segundo de más antes de volver a poner la mano en el volante.

Medio segundo. Yo viví de ese medio segundo varios días.

Me instalaron otra vez en mi cuarto de siempre, con las sábanas que olían a la casa, y doña Reme me hizo un caldo y se sentó a mirar que me lo tomara cucharada por cucharada. Cuando por fin me dormí, entre sueños, me pareció oír la puerta abrirse apenas. Unos pasos. Un silencio largo, largo, alguien parado en el umbral sin atreverse a entrar ni a irse. Y después la puerta que se cerraba otra vez, con un cuidado que no era de sirvienta.

No abrí los ojos. No quise romperlo.

Lo que sí supe después fue lo otro. Que esa misma noche, mientras yo dormía, Chente lo estaba esperando abajo con un sobre y una cara de circunstancias.

—Señor. Confirmado lo que le dije. —Le tendió el sobre—. La señorita Amelia Rangel volvió al país. Ya está en la ciudad. Y no vino de paseo.

Dicen que tío Max se quedó viendo ese sobre un rato sin abrirlo. Que subió los ojos hacia las escaleras, hacia el piso donde yo dormía. Y que por primera vez en mucho tiempo, algo en su cara se puso, no frío, sino francamente preocupado.

1
Yiyita Calderón
Bella hola,está completa? se ve interesante e intensa en emociones.
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