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Tras el divorcio, el millonario me eligió a mí

Tras el divorcio, el millonario me eligió a mí

Status: Terminada
Genre:Hijo/a genio / Traiciones y engaños / Casada con el millonario / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante siete años, Estela Ríos fue la esposa perfecta.
Renunció a una carrera prometedora, cuidó sola de su hijo y hasta quedó marcada por el accidente en el que salvó la vida de Adrián Valadez, su famoso marido. A cambio, recibió indiferencia, desprecio y un arete de perla que cayó del bolsillo de él la noche en que su amor de juventud regresó al país.
Entonces Estela vio el futuro.
Vio su propia muerte. Vio a Adrián casarse con otra mujer. Y vio a su pequeño Mateo crecer abandonado hasta convertirse en un hombre condenado a un final terrible.
Lo que Estela jamás imaginó fue que su hijo de cuatro años también recordaba aquella vida.
Esta vez, ella no permitirá que nadie escriba su destino. Pedirá el divorcio, luchará por la custodia de Mateo y recuperará la carrera que dejó enterrada durante años. Pero mientras intenta comenzar de nuevo, aparece Maximiliano Alarcón: el multimillonario más codiciado del país, un hombre frío ante el mundo y sorprendentemente dulce con ella y con su hijo.
Max conoce sus flores favoritas, recuerda sus pequeños hábitos y siempre aparece cuando más lo necesita. Estela no entiende por qué… hasta que descubre que él lleva quince años amándola en secreto.
Mientras Adrián comprende demasiado tarde a qué mujer dejó escapar, Estela deberá enfrentarse a una verdad aún más peligrosa: el futuro que vio no fue una casualidad, y alguien alteró su destino mucho antes de que ella pudiera elegir.
Una vez entregó su vida al hombre equivocado.
Esta vez, amará únicamente a quien ella decida.

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Capítulo 17

Capítulo 17: Despertar de otra vida

Las flores fueron lo primero que vio al abrir los ojos del todo, y lo primero que la obligó a sentarse en la cama.

Azules y blancas, abiertas, fresquísimas sobre la mesa de la cocina, con el agua clara como si alguien la hubiera cambiado esa misma mañana. Estela se quedó mirándolas desde la cama deshecha, con la ropa arrugada de dos días encima y el pelo hecho un nido, y un pensamiento absurdo cruzándole la cabeza medio dormida: las flores estaban más descansadas que ella.

Se levantó despacio. El cuerpo le pesaba de un modo raro, no de cansancio sino de vacío, como una casa a la que le sacaron todos los muebles de golpe. Fue a la cocina descalza, tocó un pétalo con la yema del dedo para comprobar que era de verdad, y ahí seguía la sospecha tibia del otro día, la que no se atrevía a cerrar. La puerta con llave por dentro. Nadie que pudiera haber entrado. Y sin embargo el agua limpia, y una voz grave que había oído entre el sueño y que no lograba convencerse de haber inventado.

"Descansa. Yo cuido de ustedes."

Sacudió la cabeza. Ya después. Ahora lo que necesitaba era café y ver a su hijo.

Teo estaba en la sala, sentado en la alfombra en pijama, muy serio, dibujando en una hoja con sus crayones. Al oírla, levantó la cabeza de golpe y se le iluminó toda la cara.

—¡Mamá! —Se paró y corrió a abrazarle las piernas—. Ya despertaste. Dormiste muchísimo. Fer vino a cuidarme y me hizo hot cakes y me dejó ver caricaturas hasta tardísimo.

—¿Ah, sí? —Estela lo levantó en brazos, le hundió la nariz en el cuello y respiró hondo ese olor a niño y a jarabe de maple—. Perdóname, mi amor. Mamá estaba muy cansada.

—Ya sé. —Teo le puso las dos manitas en las mejillas, con esa seriedad suya que no era de cuatro años—. Estabas cansada de todo lo de antes. Pero ya se acabó lo de antes. —Y luego, volviendo a ser niño, señaló la puerta—: Fer dijo que regresaba con pan.

Como invocada, la llave giró en la cerradura y Fernanda entró de espaldas, cargada de bolsas del súper, con lentes de sol en la cabeza y una concha en la boca.

—¡Milagro! —dijo con la boca llena, dejando las bolsas en la mesa—. La bella durmiente resucitó. Comadre, ya me tenías con el Jesús en la boca. Dos días. Dos. Casi te llevo al hospital.

—Estoy bien, Fer. —Estela bajó a Teo y fue a abrazarla, y en cuanto los brazos de su amiga se cerraron alrededor de ella, algo se le rompió por dentro sin aviso. No lloró bonito. Lloró feo, con hipo, con la cara en el hombro de Fernanda, todo lo que no se había permitido llorar en los meses de abogados y pruebas y aguantar entera para que Teo no la viera temblar.

—Ya, ya. —Fer le sobaba la espalda, sin soltarla—. Sácalo todo. Para eso están las comadres. Llora lo que quieras, que ese güey no vale ni una de tus lágrimas, pero uno tiene que vaciarse. —Y bajito, para que el niño no oyera—: Estás libre, Estela. Firmaste. Se acabó. ¿Me oyes? Se acabó.

Cuando por fin se separaron, Estela tenía la cara hinchada y una risa temblándole entre el llanto, esa risa mojada que solo sale cuando uno toca fondo y descubre que el fondo aguanta.

Se sentaron en la cocina con café y pan dulce, y Teo volvió a su alfombra y a sus crayones. Fer le puso al día del mundo mientras ella dormía: que Mónica había llamado tres veces, que la suegra ya andaba diciendo por ahí que Estela lo había dejado en la calle —"como si él no hubiera dejado a nadie en la calle nunca", bufó Fer—, que la vida seguía girando afuera aunque a ella se le hubiera parado dos días.

—Y hablando de Mónica. —Fer sacó el celular de Estela de una bolsa y se lo puso enfrente—. Llámale. En serio. Sonaba emocionada, y esa mujer no se emociona por nada.

Estela marcó. Mónica contestó al primer tono.

—Hasta que apareces, niña. —La voz de Mónica, ronca de café, directa como siempre—. ¿Ya estás entera?

—Más o menos.

—Con eso me basta. Óyeme bien, porque no te lo voy a repetir. —Una pausa, el tintineo de una taza—. Tengo un proyecto. Uno chiquito, con un presupuesto que da risa, que nadie en la empresa quiere tocar ni con un palo. Un microdrama para Chispa. Todos me dicen que es tirar el dinero, que ese formato es para gente sin gusto, que ninguna directora con nombre se va a rebajar a hacer verticales de un minuto. —Otra pausa—. Y yo llevo tres días pensando que la única persona que conozco con el olfato para ver lo que los demás no ven, y con el hambre para pelearlo, acaba de quedarse sin marido y con las manos libres. Es tuyo, si lo quieres. Tú lo diriges. Tú armas el equipo. Tú decides todo.

Estela apretó la taza. Del otro lado de la cocina, Teo levantó la cabeza de sus crayones, como si hubiera oído.

—Mamá —dijo el niño, en voz baja, con esa certeza tranquila que le daba escalofríos—. Eso que te están diciendo. Dile que sí. —Se encogió de hombros, muy chiquito, muy grande—. Yo tuve un sueño. Eso va a ser enorme. Como el mar.

Estela lo miró. Cuatro años y medio, un crayón verde en la mano, y los ojos de alguien que ya había visto el final de la película.

—¿Cuándo empiezo? —dijo al teléfono.

Mónica se rio, esa risa seca de quien apostó bien.

—Esa es mi niña. El lunes. Ven a la oficina. Te presento a tu equipo.

Colgó. Fernanda la miraba con las cejas levantadas.

—¿Y? ¿Qué te dio?

—Trabajo. —Estela se limpió la última lágrima con el dorso de la mano, y por primera vez en dos días —en meses, tal vez— la voz le salió firme, con filo, con algo despierto adentro—. Me dio algo mío.

Se levantó, fue por la carpeta que Mónica le había mandado semanas atrás y que ella había dejado olvidada en un cajón entre los papeles del divorcio. La abrió sobre la mesa, entre las migas de pan y las tazas, y se quedó viendo la primera página: un proyecto que nadie quería, en un formato que todos despreciaban, con un presupuesto de burla.

Justo la clase de historia que a ella le tocaba contar. La de alguien a quien nadie apuesta un peso, y que gana.

Fer y Teo la miraban. Afuera, el sol de julio entraba por la ventana y le caía en las manos, en las hojas, en las flores azules y blancas que seguían frescas sin explicación.

Estela pasó la palma por la primera página, como quien alisa la arena antes de escribir, y levantó la cara con una sonrisa que hacía mucho no se le veía.

—Vamos a hacer que todos se traguen sus palabras.

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Ivyta🇦🇷💙💛💙
me encanto! muchas gracias!!!
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