Valentina Buenavista está a punto de casarse con el amor de su vida cuando un hombre de su pasado lo destruye todo. Adrián Altamira —heredero de un imperio empresarial y su enemigo jurado desde la preparatoria— manda a destrozar la boda entera.
Pero eso es solo el principio.
Cuando la empresa de su padre queda al borde de la ruina, Valentina descubre que Adrián fue quien orquestó la caída. Y ahora le ofrece un trato imposible: casarse con él a cambio de salvar el Grupo Buenavista.
Atrapada entre la rabia y la desesperación, Valentina acepta. Lo que no esperaba era que vivir bajo el mismo techo que su peor enemigo despertara algo que no puede —ni quiere— controlar.
Adrián es arrogante, posesivo y exasperante. También es el único que la defiende cuando nadie más lo hace. A medida que las provocaciones se convierten en roces y los roces en besos que la dejan sin aliento, Valentina empieza a preguntarse si realmente lo odia... o si siempre lo ha sentido de otra manera.
Pero hay secretos mucho más oscuros detrás de este matrimonio. Emiliano, el hombre al que Valentina amó durante años, esconde un pasado manchado de sangre. Y la verdad, cuando salga a la luz, lo cambiará todo.
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Capítulo 9
Valentina regresó al edificio de la boda, donde la limpieza ya había comenzado. Emiliano corrió a su encuentro de inmediato.
—¡Valentina! ¿Dónde estabas? ¿Estás bien? —le preguntó, tomándola por los hombros. Su mirada era suave, llena de preocupación; todo lo contrario a los ojos afilados de Adrián.
Valentina se deshizo con delicadeza de sus manos y esbozó una sonrisa tenue, esforzándose por parecer fuerte.
—Estoy bien, Emi.
—¿Y si seguimos adelante con la boda? —pidió Emiliano, esperanzado.
Valentina guardó silencio un momento. Claro que deseaba casarse con Emiliano. Pero en ese instante, la situación de la empresa era más urgente.
—Perdóname, Emi. Tenemos que posponer la boda. El Grupo Buenavista está en serios problemas; puede venirse abajo en cualquier momento.
Roberto coincidió con su hija.
—Valentina tiene razón. Hay que postergar los planes de boda. Todos nuestros socios huyeron. Necesitamos un capital enorme y rápido; de lo contrario, mañana mismo el banco podría embargar los activos de la empresa.
Emiliano no tuvo más remedio que asentir. Si el Grupo Buenavista se hundía, él sería el más perjudicado.
Valentina habló con determinación:
—No voy a permitir que nuestra empresa se hunda. Voy a encontrar una salida. Iré a ver al señor Andrés, el dueño del Grupo Prima. Él lleva tiempo queriendo asociarse con nosotros. Estoy segura de que estará dispuesto a ayudarnos como inversionista.
—Yo también haré todo lo que esté en mis manos —ofreció Emiliano.
Jimena, que llevaba rato escuchando en silencio, intervino con tono curioso:
—Pero ¿quién fue capaz de hacer algo así?
Valentina no quiso responder.
—Estoy agotada. Necesito un momento para descansar.
...
Esa misma tarde, Valentina se puso en acción. Fue a ver, uno por uno, a los grandes empresarios que siempre habían mantenido buena relación con su padre. Sin embargo, el resultado fue siempre el mismo.
Todos la rechazaron con excusas que no tenían ningún sentido.
Y eso que, apenas unos meses atrás, se peleaban por cerrar alianzas con su empresa.
Valentina cayó en la desesperación. Había visitado a doce empresarios y todos la habían rechazado de plano. Incluso el señor Andrés, que antes se moría de ganas por colaborar, ahora ni siquiera quiso recibirla.
—¿Por qué cambiaron de actitud de la noche a la mañana? —murmuró con amargura, consumida por la frustración. No sabía a qué puerta más llamar.
De pronto, su mente se dirigió a una sola persona.
Adrián.
¿Era posible que todos la rechazaran porque él había intervenido?
Solo él tenía el poder para lograr algo así.
—Adrián, ¿crees que voy a rendirme y correr a suplicarte? Ni hoy ni nunca iré a buscarte ni aceptaré tu propuesta —declaró Valentina con aplomo.
...
Mientras tanto, en las oficinas centrales del Grupo Altamira.
—Tal como usted ordenó, todos han rechazado cualquier colaboración con el Grupo Buenavista —informó Zayn.
Adrián esbozó una sonrisa gélida.
—Perfecto.
Zayn vaciló un instante antes de preguntar:
—¿Eso significa que usted se convertirá en el inversionista de esa empresa?
—Exacto —respondió Adrián con firmeza—. Por eso necesito que prepares todos los documentos, los contratos y todo lo que haga falta.
Zayn asintió con obediencia.
—Entendido, señor.
Una vez que Zayn se retiró, Adrián murmuró para sí:
—Todavía no tengo pruebas de lo que sospecho. Pero algún día me lo vas a agradecer, Valentina.