Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
NovelToon tiene autorización de Enn Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12
Abrí el sobre.
Eran doce páginas.
Levanté la mirada hacia Alexander.
—¿Doce? —pregunté, sin poder disimular del todo la sorpresa, como si el número fuera más de lo que había esperado.
—Podrían haber sido treinta —respondió
—Qué alivio —dije, con un tono sarcástico.
Se acomodó en el sillón frente a mí, con esa calma suya que nunca parecía costarle esfuerzo.
—Lee.
Empecé por la primera hoja.
El lenguaje era menos complicado de lo que esperaba. No parecía escrito para confundirme ni para esconder algo entre párrafos interminables. Cada condición estaba explicada con una claridad casi irritante.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté, sin levantar la vista del papel.
—Si gano, hasta que termine mi mandato.
—“Cuando ganes” —lo corregí, recordando su arrogancia de semanas atrás, con una media sonrisa que no pude contener del todo.
—Aprendes rápido.
Una pequeña sonrisa apareció en su boca, la primera genuina que le había visto en días.
Seguí leyendo.
—Aquí dice que no puedo reclamar ninguna parte de tu patrimonio después del divorcio —leí en voz alta, más para confirmarlo que porque necesitara que él lo explicara.
—Ni yo del tuyo —contestó, con una seriedad que casi resultaba cómica dado lo desigual de la comparación.
Solté una risa, corta y sincera.
—Alexander, mi patrimonio cabe en dos maletas.
—Seguirá siendo tuyo —dijo, sin el menor rastro de ironía, como si el tamaño de lo que yo tenía fuera irrelevante para el principio.
Pasé la página.
Había una cuenta que se abriría a mi nombre, una cantidad mensual y varias disposiciones sobre cualquier propiedad o ingreso que obtuviera mientras estuviéramos casados.
Volví a leer la cifra, dos veces, como si al repetirla fuera a cambiar.
—Esto es demasiado —dije, casi en un murmullo.
—No vas a depender económicamente de mí —respondió, tajante, sin dejar espacio a la discusión.
Levanté la vista.
—Técnicamente voy a ser tu esposa.
—Eso no significa que tengas que pedirme dinero cada vez que quieras algo.
Señaló el documento, con un gesto breve de la mano
—Esa cuenta estará a tu nombre. Lo que haya ahí será tuyo. No tendrás que decirme en qué lo gastas.
Me quedé callada un momento.
Con Alan todo había sido distinto.
Durante los primeros años compartíamos cada moneda porque no había otra opción. Después, cuando el dinero finalmente comenzó a llegar, dejó de sentirse como nuestro y empezó a sentirse como suyo.
Bajé nuevamente la mirada, decidiendo no decir nada de eso en voz alta.
—¿Puedo trabajar?
—Si quieres —dijo, como si la pregunta ni siquiera necesitara pensarse.
—Pensé que ser tu esposa sería un trabajo de tiempo completo —comenté, con un dejo de sarcasmo.
—Lo será —contestó, sin captar, o sin querer captar, el sarcasmo.
—Entonces...
—Eso no significa que vaya a prohibirte hacer otra cosa. Si quieres trabajar, estudiar o empezar un proyecto propio, puedes hacerlo.
Asentí, sorprendida de lo mucho que aquella frase me aliviaba.
Eso me gustaba.
Continué leyendo.
Había cláusulas sobre apariciones públicas, actos oficiales, entrevistas, compromisos de campaña y todo lo relacionado con la imagen que tendríamos que proyectar como matrimonio.
Entonces encontré una palabra que me hizo detenerme.
—Fidelidad —leí, despacio, como si pronunciarla más lento fuera a hacerla menos incómoda.
—Sí —dijo él, sin ninguna vacilación.
Lo miré.
—¿Es necesaria?
—Absolutamente.
—Entonces tampoco puedes estar con nadie —dije, intentando sonar casual, buscando con la mirada algo en su rostro que delatara incomodidad.
—La cláusula aplica a ambos —respondió, sin el menor problema, sin que se le moviera un solo músculo de la cara.
—¿Durante todo el matrimonio?
—Durante todo el matrimonio.
—Eso podría significar varios años.
—Lo sé.
Lo dijo con una tranquilidad que me hizo levantar una ceja, casi ofendida en su nombre.
—¿Y no tienes problema con eso?
—Ninguno.
—Qué vida tan emocionante te espera —solté, con ironía, esperando alguna reacción.
Alexander no respondió. Ni siquiera pareció escuchar el sarcasmo, o quizás decidió ignorarlo a propósito.
Seguí leyendo.
Unas líneas más abajo tuve que detenerme otra vez.
Esta vez tardé más en hablar.
—Alexander.
—¿Sí? —preguntó, con genuina atención, notando el cambio en mi voz.
—Hay una cláusula sobre...
No terminé la frase. Sentí que las palabras se me quedaban atoradas.
Él pareció saber exactamente cuál había encontrado.
—Relaciones sexuales —dijo, con la misma naturalidad con la que había hablado de cuentas bancarias, sin el menor titubeo.
Sentí calor subir por mi rostro.
—“Ninguna de las partes tendrá obligación de mantener relaciones sexuales durante el matrimonio” —leí, con la voz un poco más baja de lo que hubiera querido.
—Correcto.
—¿Tú pediste que esto estuviera aquí?
—Sí.
Levanté la vista, buscando alguna grieta en su expresión.
—¿Por qué?
—Porque quiero que quede claro.
—¿Qué cosa?
Alexander sostuvo mi mirada, sin apartarla ni un segundo.
—Que casarte conmigo no significa que tengas ninguna obligación conmigo de ese tipo.
Me quedé quieta, sin saber qué hacer con la formalidad casi solemne con la que lo dijo.
—No vas a deberme sexo porque lleves mi apellido, porque vivamos juntos o porque exista un documento firmado entre nosotros.
No esperaba que fuera tan directo.
—Bien —dije, en voz baja, sin saber qué otra cosa decir.
Hubo unos segundos de silencio, incómodo solo para mí, al parecer.
Entonces añadió, con el mismo tono llano de siempre:
—Si alguna vez ocurre algo entre nosotros, será porque ambos queremos que ocurra. No porque exista un contrato.
Sentí un calor incómodo subir por mi cuello.
—Eso nunca va a pasar —solté, demasiado rápido, casi atropellando las palabras.
Lo dije demasiado rápido, y lo supe apenas terminé de decirlo.
Alexander permaneció callado unos segundos, mirándome con algo parecido a la diversión contenida.
—Perfecto. Entonces no debería haber problema —dijo, sin ninguna burla evidente, aunque algo en su tono sugería que sí la había, apenas disimulada.
—No lo hay —insistí, quizás con más firmeza de la necesaria.
Pasé a la siguiente sección.
O al menos eso intenté, porque durante unos segundos me costó volver a concentrarme en las palabras.
Seguí leyendo hasta que otra cláusula me hizo levantar la vista.
—Habitación compartida —leí, despacio, releyendo la frase por si había entendido mal.
—Así es.
Alexander asintió, sin más explicación, como si fuera lo más obvio del mundo.
Me quedé mirándolo.
—¿Habitación?
—Habitación —repitió, con una paciencia casi divertida ante mi insistencia.
—Pensé que tendríamos habitaciones separadas.
—No sería prudente.
—¿Por qué?
Alexander apoyó un brazo sobre el sillón, en un gesto relajado que contrastaba con la seriedad del tema.
—Durante la campaña podremos controlar bastante bien quién entra en nuestra casa. Cuando gane, eso cambiará. Es mejor ir acostumbrándonos.
Lo miré.
—¿Acostumbrándonos?
Alexander ni siquiera parpadeó.
—A compartir habitación.
Ahí estaba.
—Claro.
—Seguridad, personal doméstico, asistentes, mantenimiento —continuó—. Demasiadas personas con acceso a nuestras rutinas. Si dormimos en habitaciones distintas, eventualmente alguien lo sabrá.
No necesitaba que terminara de explicarlo.
Alguien hablaría.
Porque siempre había alguien dispuesto a hacerlo.
Bajé nuevamente la mirada hacia el documento.
—Entonces vamos a dormir en la misma habitación durante años.
—Sí.
La palabra pareció quedarse suspendida entre nosotros, más pesada de lo que su tono sugería.
—Pero eso no cambia lo otro —añadió, casi como si me leyera el pensamiento.
Sabía perfectamente a qué se refería.
—La cláusula sexual.
—Exacto. Compartir una habitación no implica compartir nada más.
Asentí lentamente.
—Bien.
Leí la siguiente línea.
—¿Y la cama? —pregunté, sin pensarlo demasiado, y me arrepentí en el instante mismo.
Alexander me miró, con una ceja apenas levantada, como si la pregunta le pareciera innecesaria.
Me arrepentí de la pregunta apenas salió de mi boca.
—¿Qué pasa con la cama?
—No sé —dije, moviendo una mano hacia el documento, buscando algo con que justificar la pregunta—. Aquí solo dice habitación compartida.
—Habrá una cama —respondió, con total naturalidad, como si explicara algo evidente a un niño.
—Eso ya lo imaginaba.
Su expresión permaneció completamente seria, sin el menor asomo de burla.
—Entonces no entiendo la pregunta.
—¿También tenemos que compartirla?
Alexander tardó un segundo en responder, un segundo que se sintió más largo de lo normal.
—Sí.
Parpadeé.
—¿También por las apariencias?
—Principalmente porque sería bastante sospechoso tener dos camas —dijo, con un tono tan práctico que casi sonaba absurdo.
No pude evitar soltar una pequeña risa, más nerviosa que divertida.
—Esto se vuelve más absurdo mientras más leo.
—Te advertí que no era un matrimonio sencillo —respondió, con algo parecido a una sonrisa asomándose apenas en la comisura de sus labios.
Miré nuevamente el documento.
Misma habitación.
Misma cama.
Ninguna obligación sexual.
Perfecto.
Absolutamente perfecto.
Decidí pasar de página antes de pensar demasiado en ello.
Llegué entonces a la parte relacionada con seguridad.
Aquella la leí sin detenerme demasiado.
Pasé otra página.
—Confidencialidad —leí en voz alta.
—Necesaria —dijo, sin dudar.
Asentí.
Aquello tenía sentido.
Llegué a las últimas páginas.
Las releí con más calma.
—Me quedan algunas dudas —dije, dejando las hojas sobre mis piernas.
Alexander no pareció sorprendido.
—Dime
—¿Qué pasa si quieres terminar el matrimonio antes? —pregunté, con cautela.
—No quiero —dijo, casi de inmediato, como descartando la posibilidad antes de que terminara de formularla.
—Alexander.
—Si ocurre, recibirás todo lo acordado como si hubieras cumplido hasta el final.
—¿Y si soy yo quien quiere terminarlo?
—Eso sería diferente —respondió, con un tono ligeramente más serio.
—Por supuesto —dije, con algo de sarcasmo que no logré del todo esconder.
—No pretendo obligarte a quedarte conmigo, pero tampoco puedo presentar una esposa ante el país y permitir que desaparezca seis meses después porque decidió que no le gusta la vida política.
—No soy irresponsable —dije, con más filo del que pretendía.
—Lo sé. Por eso te elegí.
La frase me dejó callada durante un instante, dicha con una sencillez que la hacía pesar aún más.
Tomé nuevamente el acuerdo.
Doce páginas.
Eso era todo lo que separaba la vida que tenía de la que estaba a punto de empezar.
Había dos espacios para firmas.
El de Alexander ya estaba ocupado.
Levanté la mirada.
—Ya firmaste —dije, casi como una acusación.
—Sí.
—Estabas bastante seguro de que aceptaría.
—Lo suficiente —respondió, sin arrogancia esta vez, casi con honestidad simple.
Pedí su pluma.
Me la dio.
Alexander no dijo nada.
Tampoco intentó apresurarme.
Miré mi nombre impreso debajo de la línea.
Isabella Mason.
Durante mucho tiempo había construido mi vida alrededor de otro hombre.
Había creído que el amor era suficiente para justificar cualquier sacrificio.
Esta vez no había amor.
Había reglas.
Condiciones.
Una fecha de inicio y otra de finalización.
Y, por extraño que fuera, eso me daba más seguridad que cualquier promesa que Alan me hubiera hecho.
Apoyé la punta de la pluma sobre el papel.
Por un segundo no me moví.
Después firmé.