Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
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capitulo 6: nervios
Fabián, a quien el relato del director le había parecido excesivamente dramático, no pudo aguantar más y rompió a reír.
—Hombre, Nicolás, ¡lo que le pasó fue demasiado divertido! Me lo imagino dando la clase de escritura creativa ¡y cómo le cayó el libro! Jajaja —dijo Fabián, ya sin poder contenerse.
El director, intentando recuperar la calma junto a la ventana, se giró y fulminó con la mirada a Fabián, cuya risa no parecía detenerse.
—¡Cállese ya, Fabián! Esto no tiene ninguna gracia, y toda la culpa es suya —le dijo el director con rabia.
—Cógela suave, mi querido director. Ahora cuénteme, ¿quién fue la jovencita que sufrió su mal humor y se llevó su libro, favorichón? —dijo Fabián, un poco más serio, aunque sin borrar del todo su diversión.
—Una estudiante se llevó mi libro, Fabián. No sé qué pensó al entrar a mi oficina sin permiso. La expulsión es completamente justificada —contestó el director, todavía molesto.
—Jajaja, mi querido director, ojalá que esa expulsión le ahorren dolores de cabeza y de pie también.
Minutos después
Fabián salió de la oficina todavía riéndose, y el director lo despidió con una advertencia clara: si volvía a faltar al trabajo, lo sacaría sin importar la amistad que los unía.
Apenas se quedó solo, la puerta resonó con golpes rápidos y repetidos, haciendo que el director levantara la mirada, sorprendido por la interrupción.
—Adelante. ¿Qué desea, señorita Rodríguez? —preguntó el director nada más verla entrar.
—Le pido, director de la Vega, que no le quite la beca a mi amiga. —pidió Malú, con el rostro preocupado.
—Señorita Rodríguez, dígame, ¿es consciente de la acción de la señorita Chávez? —inquirió el director, sabiendo que Malú hablaba de Micaela.
—Sí, director de la Vega. Ella solo necesitaba el libro para una actividad y le dio un poco de miedo pedírselo. Le prometo que no volverá a suceder —dijo Malú, tratando de convencerlo.
—Mi decisión está tomada, señorita Rodríguez: la señorita Chávez queda expulsada de esta universidad—respondió el director, con la determinación de quien no está dispuesto a cambiar de opinión.
Malú suspiró con desaliento, hasta que un evento relevante de la universidad le dio una nueva idea para ayudar a su amiga.
—Director de la Vega, tengo una propuesta. La próxima semana se llevará a cabo el concurso anual de literatura de la universidad. Nunca hemos logrado ganar, y Micaela podría ser nuestra mejor oportunidad. Es muy talentosa, y su participación nos ayudaría a obtener el primer lugar. Además, sería una buena razón para que pueda quedarse en la universidad —propuso Malú, con convicción
poniendo en ello toda su esperanza.
El director se quedó pensativo; aunque los estudiantes supuestamente más talentosos siempre participaban, nunca habían logrado ganar el concurso, y ese fracaso constante lo dejaba en una posición incómoda como líder de la universidad.
—Señorita Rodríguez, rara vez cedo cuando ya he tomado una decisión. Aceptaré esto; sin embargo, si no gana, no tendrá otra oportunidad aquí —concedió al fin, tras unos segundos de silencio.
—¡Muchísimas gracias, director! No se preocupe, lograremos la victoria —respondió Malú con seguridad.
Malú salió de la oficina del director con una sonrisa; al menos había conseguido una posibilidad para que su amiga continuara en la universidad. Luego, con renovada alegría, se acercó a Micaela, que parecía estar rezando para no perder su beca.
—¡Tengo excelentes noticias! —exclamó Malú, sonriendo esperanzada.
—¿De verdad? —preguntó Micaela, por un momento llena de esperanza; luego su expresión se ensombreció—. No quiero meterte en problemas, Malú.
—No te preocupes, cuenta conmigo. Ahora somos amigas. Lo importante es que el director de la Vega te dará una oportunidad, pero solo si consigues el primer puesto en el concurso anual de literatura. Sé que lo lograrás y podrás quedarte; además, será un alivio para la universidad y para el director, que no tolera perder —explicó Malú mientras avanzaban por el campus.
—gracias, Malú. Me pone nerviosa, pero sí, lo voy a hacer —dijo Micaela.
—¡Bien! Sabía que dirías eso. Tranqui, te va a ir genial —le dijo Malú, guiñándole un ojo.
Tras un cálido abrazo de agradecimiento a Malú, Micaela se disponía a entrar al aula cuando Kenta se interpuso frente a ella, con una sonrisa confiada, convencida de que ya no tenía beca ni lugar en la universidad.
—Micaelita, qué mal yo no esperaba que el director se enfureciera tanto solo porque agarraste su libro —comentó Kenta, poniendo su mejor cara de inocente.
Micaela estaba a punto de responder, pero en ese momento entró Berenice, enviada por el director con un anuncio importante, y de inmediato todos los estudiantes tomaron asiento.
—Estimados estudiantes, me es grato comunicarles que la representante de este año en la categoría de literatura ya ha sido elegida. La señorita Chávez será quien lleve el nombre de nuestra universidad —anunció Berenice.
—¡Un momento! ¿Cómo que ella va a representar a la universidad? ¿No había perdido su beca? ¿Cómo va a competir entonces?—soltó Kenta, irritada, porque de verdad pensaba que Micaela había quedado fuera por la beca pero al parecer se había equivocado.
—Señorita Moon, no es asunto suyo. La señorita Chávez representará a la universidad —respondió Berenice con seriedad, ya cansada de la actitud de Kenta.
Kenta no encontró qué decir y se dejó caer en su asiento, furiosa, mientras Micaela sonreía, decidida a darlo todo para no perder su beca.
Los días pasaban y Micaela continuaba asistiendo a la universidad, esperando la llegada del concurso. Cada vez que el director la miraba, era como un recordatorio silencioso de que debía ganar o perdería su beca para siempre.
Esa semana la dedicó por completo a estudiar literatura con una pasión genuina, como quien realmente ama leer y escribir. Cuando por fin llegó el día del concurso, sintió cómo las manos le sudaban de tantos nervios. Debía presentarse bien vestida, pero su padre jamás le permitía elegir su propia ropa. Sobre la cama encontró el vestido que él había comprado y, como siempre, sin protestar, se lo puso.
Luego, cuando estuvo lista, su padre la llevó en su viejo carro hasta la universidad, repitiéndole lo de siempre:
“Saca buenas notas y ni se te ocurra coquetear con algún hombre.”
Al entrar a la universidad, Malú se acercó a ella con una sonrisa radiante, como si hubiese estado esperándola desde hacía rato. La miró de arriba abajo, fijándose en el vestido y en su rostro sin una sola gota de maquillaje, algo que a sus ojos no encajaba con un concurso tan importante.
—Ven, acompáñame —dijo por fin, tomándola de la mano.
—¿A dónde? —preguntó Micaela mientras Malú la jalaba suavemente para llevarla con ella.
Al llegar al baño de mujeres, Malú se plantó frente a ella, con la clara intención de dejarla más presentable para el concurso.
—Tranquila, solo te daré una manito de gato —le aseguró Malú mientras sacaba sus maquillajes de su bolso de marca.
Micaela aceptó el maquillaje a regañadientes; su padre no estaba allí para controlarla y, además, sabía que al terminar el concurso se limpiaría el rostro para volver a ser la misma de siempre.
—Listo —anunció Malú con una sonrisa, tras aplicar un maquillaje delicado que realzaba la belleza angelical de Micaela.
—Gracias, Malú, no pensé que me vería así —comentó Micaela tímidamente frente al espejo, sorprendida de verse tan bien.
OFICINA DEL DIRECTOR
El director ya estaba impecablemente vestido con un traje elegante que lo hacía lucir más atractivo de lo habitual. Su mente, sin embargo, estaba lejos de la tranquilidad. Deseaba con fervor que su universidad ganara al fin aquella categoría; solo así evitaría que la directora Blaumeise, de la institución rival, volviera a humillarlo con otro de sus triunfos.
Ese pensamiento lo mantenía inquieto hasta que Berenice entró en la oficina tras recibir permiso.
—Ya todo está listo, director… —informó Berenice, también muy bien vestida.
El director salió junto a ella y se acomodaron en las primeras filas. Todo estaba perfectamente decorado y ordenado para iniciar el concurso.
MIENTRAS TANTO, EN EL BAÑO
Temerosa del escenario, Micaela solicitó a Malú quedarse sola un momento para calmarse, sin imaginar que Kenta entraría con una sonrisa más falsa que su propia intención de arruinarle el concurso.
—Ay, Micaelita, te ves un poco rara —dijo Kenta, con envidia al fijarse en el bonito maquillaje que llevaba—. Te daré unos pequeños retoques, chicas, ¡pásenme el bolso de maquillaje!
Micaela intentó negarse, porque Malú ya había hecho un buen trabajo, pero su paciencia y buen corazón la hicieron ceder.
—Jajajajaja te ves hermosa —rió Kenta con crueldad al ver el maquillaje horrible que le había hecho.
Micaela intentó mirarse en el espejo, pero Kenta le aseguró que estaba perfecta. Justo en ese momento anunciaron el inicio del concurso y llamaron su nombre, así que, confiada en lo que Kenta había dicho, salió sin mirar su reflejo.
—Aquí estoy —dijo apresuradamente, casi cayendo al subir a la tarima. Las carcajadas no se hicieron esperar al ver su maquillaje desastroso.