A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 13
Cap 13: Polanco
Una semana después del alta, Damián mandó a recoger a Camila el sábado a las once.
El chofer —un señor de bigote canoso al que Camila había visto dos veces sin saberlo— se llamaba Cipriano.
—Señorita. El licenciado la espera en Polanco. Hora estimada, treinta y ocho minutos.
—Gracias.
Camila se acomodó. Llevaba un vestido beige sencillo, los aretes de su mamá y, dentro de la bolsa, el medallón todavía dentro del pañuelo blanco. No se atrevía a ponérselo. No se atrevía a dejarlo en casa.
* * *
La colonia popular cedió a la avenida grande. La avenida al Periférico. El Periférico a las calles arboladas de Polanco —Presidente Masaryk al frente, jardineros podando setos a la altura exacta de la rodilla—.
Camila no se sentía intimidada. Se sentía observadora.
* * *
Damián la esperaba en una cafetería de techo alto. Llevaba el cabestrillo. Se levantó cuando ella entró. Le acomodó la silla.
—Llegaste.
—Llegué.
—¿Café?
—Café.
Pidieron. El mesero les trajo dos americanos y una canasta de pan dulce.
—¿Por qué Polanco?
—Porque vienes a una cena el viernes. Es la primera de varias. Tienes que ver el contexto.
—No me dijiste nada.
—Te lo estoy diciendo ahora.
—Damián. Yo soy una mujer que se acaba de divorciar de un hombre que la drogó. ¿Quieres que tu primera presentación oficial sea esa mujer?
—Quiero que mi presentación oficial seas tú.
—La carpeta penal sigue abierta. Si alguien hace memoria y une los apellidos, va a ser noticia.
—La carpeta penal se llama Pacheco, no Lazcano. Tú dejaste de ser señora de Pacheco hace tres semanas. Lo que sale en gacetilla es "señora Lazcano Robles". Nadie une los apellidos a menos que tenga interés. Y, si lo hace, lo manejo yo.
—¿Lo manejas tú cómo?
—Como manejo todas las cosas que afectan a la gente que me importa: con anticipación. Con relaciones públicas que ya están avisadas. Y con el dato de que la víctima de aquella noche fue rescatada por un huésped del mismo resort y que ese huésped declaró en el MP a favor de la víctima. Ese huésped soy yo. La narrativa, si se necesita, está lista.
Camila parpadeó.
—Ya lo tenías pensado.
—Lo tengo pensado desde mayo.
—Entonces hablemos de mayo en otra cita.
—Trato.
Camila apretó la taza.
—¿Va a haber prensa?
—Va a haber prensa. No mucha. Habrá gente que sepa quién eres. Habrá gente que va a intentar desestabilizarte.
—¿Por qué me avisas?
—Porque no soy de los que te avientan al ruedo sin avisar.
—Bien.
—¿Puedes manejarlo?
Camila bebió. Lo pensó tres segundos.
—Depende. De si me dejas manejarme a mí misma. Yo no necesito que me defiendas. Necesito que no me corrijas en público si reacciono distinto a lo que tú esperabas.
—Trato.
—Trato.
* * *
Mariana apareció a la una y diez, "de casualidad". Camila lo notó por la única ceja apenas levantada de Damián.
—Mija. —Dos besos—. Camila, este café tiene la peor canasta de panes de la calle.
—Mamá, es la cafetería más cercana al consultorio.
—Ah, lo del cabestrillo. ¿Te están portando bien?
—Sí.
—Camila. ¿Elegiste tú el postre o eligió él?
—Elegí yo.
—Pues bien.
Y, sin mover apenas la mano, le hizo un gesto pequeño a Camila —un movimiento corto del índice señalando el tenedor pequeño de postre del lado izquierdo—. Camila, que estaba a punto de tomar el cuchillo de fruta, miró el ángulo, vio el tenedor, lo tomó. Mariana siguió comiendo el suyo sin comentar.
—Gracias —dijo Camila, en voz tan baja que solo Mariana la oyó.
—De nada, mija.
* * *
A las dos, Mariana se despidió con prisa fingida. Camila la miró irse por la ventana.
—Tu mamá... ¿siempre es así?
—No.
—¿Solo conmigo?
—Solo con personas que ella decide. No conmigo. Conmigo es más estricta.
Camila se rio. Una risa corta, real. La primera del día. Damián la registró.
—Camila. Para la cena del viernes necesitas un vestido. La marca, la cosa, lo que use la gente de ahí. No quiero que me lo regales.
—No iba a regalártelo. Adelanto de sueldo.
—¿De qué sueldo?
—Del que vas a ganar cuando te contrate.
Camila lo miró por primera vez de frente.
—¿Me vas a contratar?
—Tengo un puesto de coordinación de imagen en una subsidiaria. Tu portafolio cumple con los requisitos.
—No he hecho portafolio.
—Vi tus bocetos en una mesa en el hospital la otra noche. Cuando bajaste por el café. Reconozco a un diseñador en cinco minutos.
—¿Eso es ético?
—Es decisión de empresa. No es un favor. Vienes a entrevista oficial el martes. Si no la pasas, no entras.
—¿Y si entro?
—Te pago lo que paga el mercado. Ni más, ni menos. Y como adelanto te transfiero hoy lo del vestido. Lo descuento del primer cheque. Sin firma de pagaré. Confianza.
—Trato.
—Trato.
Ella le tendió la mano. Esta vez Damián, en lugar de estrechar, la sostuvo un segundo —muy corto— y la soltó.
* * *
Cipriano la llevó de vuelta. La camioneta blindada se sintió ridícula al meterse en la callecita de su edificio.
—Buenas tardes, señorita.
—Gracias, Cipriano.
—El licenciado pidió que le confirmara su llegada.
—Confírmele.
* * *
En el departamento, Camila colgó el vestido beige. Sacó el medallón. Lo dejó sobre la mesa.
Abrió la computadora. Buscó: "etiqueta para cenas corporativas formales mexicanas". Buscó: "qué se usa en Polanco esta temporada".
No era rendirse. Era prepararse.
Cerró la laptop a la una y cuarto. Apagó la luz.
Antes de cerrar los ojos, le mandó un audio a Fer.
—Fer. Cena el viernes con Damián. Pensé que iba a llorar. No lloré. Es la primera vez que un compromiso de ese tamaño no me empuja al baño a respirar despacio. Te aviso, comadre, que algo me está pasando que no sé cómo nombrar.
A los tres minutos, Fer respondió con un solo emoji y una palabra:
—🥹 Por fin.
Camila apagó. Soñó con un pasillo de mármol y una lámpara con base de bronce. En el sueño, la lámpara ya no le hacía falta.