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Vas A Ser Mi Hombre

Vas A Ser Mi Hombre

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Romance / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

​«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
​Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
​Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

​CAPÍTULO 10: La ternura del gigante

El sol de la mañana siguiente se filtró a través de los ventanales superiores del granero, proyectando haces de luz dorada y tibia que iluminaban las motas de polvo en el aire. Afuera, la tormenta de la noche anterior había dejado un paisaje limpio, con olor a tierra mojada y pasto fresco. El silencio era absoluto, interrumpido únicamente por el canto lejano de algunos pájaros en los árboles de la finca.

​Sobre la cama improvisada de mantas gruesas y paja seca, Leónidas estaba despierto desde hacía más de una hora.

​El imponente arquitecto de treinta años, el hombre que infundía respeto en las salas de reuniones corporativas y que mantenía un control estricto sobre cada aspecto de su existencia, yacía de costado sobre el suelo, apoyando la cabeza en una mano mientras contemplaba a Mía dormir a su lado.

​Mía estaba acurrucada contra su pecho. Una manta de lana tostada la cubría desde la cintura para abajo, dejando al descubierto su espalda suave, sus hombros dorados y la curva perfecta de su cadera. Tenía el cabello castaño revuelto sobre la almohada improvisada y su rostro reflejaba una paz absoluta, con los labios ligeramente entreabiertos y una respiración pausada.

​Leónidas extendió la mano derecha con una lentitud casi sagrada. Con las yemas de sus dedos gruesos y ligeramente ásperos, comenzó a trazar el contorno de la espalda de Mía, rozando cada vértebra con una delicadeza extrema, como si tuviera miedo de romper una pieza de cristal invalorable.

​Descendió despacio por la línea de su columna hasta llegar a la curva de su cadera, maravillándose ante la textura suave de su piel y las marcas sutiles que la pasión de la noche anterior había dejado en su cuerpo.

​Mía dejó ir un suspiro suave y comenzó a desperezarse. Abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la luz dorada de la mañana, y lo primero que encontró fue la mirada de Leónidas.

​No era la mirada fría, distante ni celosa de los días anteriores. Era una mirada llena de una ternura tan profunda, de un amor tan devoto y de una adoración tan transparente que a Mía se le oprimió el pecho de la emoción.

​—Buenos días, dormilona —saludó Leónidas con una voz suave, grave y acariciante que Mía jamás le había escuchado utilizar con nadie.

​Mía sonrió con pereza, deslizándose sobre la manta para acomodar la cabeza directamente sobre el muslo musculoso de él, mirándolo desde abajo.

​—Buenos días, gigante —respondió ella, estirando el brazo para tocarle la barba de dos días con la yema de los dedos—. Pensé que cuando me despertara ibas a estar vestido con tu traje de tres piezas y poniendo cara de arrepentido por haber cruzado la línea.

​Leónidas soltó una risita baja y profunda, negando con la cabeza mientras se inclinaba para darle un beso dulce y prolongado en los labios, saboreando el gusto a mañana de su boca.

​—No hay un solo milímetro de mi cuerpo ni de mi mente que se arrepienta de lo que pasó anoche, Mía —dijo él con firmeza absoluta, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—. Fui un idiota por haber perdido tanto tiempo intentando negar lo que siento por ti.

​Mía sintió que el corazón le daba un vuelco de felicidad pura. Se incorporó un poco sobre las mantas, dejando que la lana cayera hasta su cintura, exponiendo sus pechos desnudos sin ningún pudor frente a la mirada de él.

​Leónidas no pudo evitar que sus ojos oscuros descendieran hacia sus encantos. Su mano subió de inmediato y rodeó uno de sus pechos con posesividad adoradora, acariciando la punta erguida con el pulgar mientras Mía ahogaba un pequeño suspiro.

​—Eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida —murmuró Leónidas, inclinándose para besar la piel suave entre sus pechos antes de volver a mirar sus ojos—. Pero... tenemos que hablar de cómo vamos a manejar esto.

​Mía frunció levemente las cejas, aunque mantuvo la sonrisa.

​—¿Hablas de tu hermano y de nuestras madres?

​—Hablo de la familia entera, Mía —aclaró él con cierto tono de preocupación retornando a sus facciones—. Joaquín es mi mejor amigo y mi hermano menor. Tu mamá y la mía se ven casi todos los días. Si no manejamos esto con cuidado, pueden pensar que me aproveché de mi posición o de mi edad contigo.

​Mía se sentó erguida sobre las mantas, cruzando las piernas y mirando a Leónidas con esa determinación indomable que tanto lo fascinaba.

​—Escúchame bien, Leónidas Benavídez —dijo ella, tomándolo por la mandíbula con ambas manos para obligarlo a mirarla directamente—. Tú no te aprovechaste de nada. Fui yo la que te persiguió, fui yo la que te acorraló en la oficina y fui yo la que te dijo anoche que me hicieras tuya. Tengo diecinueve años, sé perfectamente lo que quiero y lo que quiero eres tú. Si a alguien no le gusta en nuestra familia, tendrán que procesarlo, porque yo no pienso esconderme como si estuviera cometiendo un delito.

​Leónidas la contempló en silencio durante un par de segundos, admirando la fuerza arrolladora de su carácter. El peso de las preocupaciones sociales y familiares que llevaba sobre los hombros pareció aligerarse enormemente ante la seguridad aplastante de la joven.

​—Tienes razón —admitió él, sonriendo con orgullo antes de atraerla hacia su pecho para envolverla en un abrazo gigante y protector—. Tienes toda la razón del mundo. No nos vamos a esconder de nadie.

​Mía apoyó la barbilla en el pecho desnudo de él, sintiendo el calor reconfortante de su cuerpo y los latidos firmes de su corazón.

​—Aunque... —agregó ella con un tono juguetón que encendió de inmediato las alarmas de Leónidas.

​—¿Aunque qué? —preguntó él alzando una ceja.

​—Aunque antes de volver a la ciudad y enfrentar al mundo entero... me parece que al gigante de la casa de campo todavía le queda un poco de energía para darme los buenos días como corresponde —murmuró ella, deslices hacia abajo sobre su cuerpo y envolviendo la dureza resurgente de Leónidas con la mano por debajo de la manta.

​Leónidas soltó un gruñido ahogado de placer puro, cerrando los ojos mientras sus manos volvían a atrapar las caderas de Mía para iniciar una nueva jornada de pasión bajo el sol matutino del granero.

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Nancy Negrin
me encanto buenísimo la personalidad de Mia es de otro mundo guaobesta historia es excelente felicito a la escritora
Martha Divas Delgado
❤️❤️❤️🤭🥰 estoy henamorada☺️
Martha Divas Delgado
hay Vanesa te van a ASER k comas polvo en tu caida🤭
Martha Divas Delgado
🥰me encanta mia sabe lo k quiere❤️
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja pobre leonidas☺️
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja leonidas cuídate por k mia te comerá y🤭 completito
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