Valeria Wiranata creía saberlo todo sobre su vida: un matrimonio estable, un hogar donde creció, una familia que la aceptó. Pero la noche de Año Nuevo, todo se derrumba cuando descubre a su esposo Adrián en la cama con su propia hermanastra, Ámbar.
Divorciada y despojada de todo, Valeria se enfrenta a una verdad todavía más devastadora: la familia que la crió jamás la quiso. Roberto Kusuma, el hombre al que llamó padre durante años, solo la acogió por interés. Patricia, su madrastra, la trató como sirvienta. Y Ámbar, la hija consentida, le robó al marido sin remordimiento alguno.
Cuando la vida de Valeria parece tocar fondo, aparece Dominic Alexander: el CEO más temido del mundo empresarial, frío como un témpano ante todos... excepto ante ella. Dominic no solo le ofrece un puesto como directora de una empresa recién adquirida, sino que empieza a desmantelar, una por una, las vidas de quienes la lastimaron.
Pero Dominic guarda un secreto: conoce a Valeria desde la infancia. Y sabe algo sobre su verdadero origen que cambiará para siempre el tablero de poder.
Detrás de cada movimiento corporativo hay una jugada personal. Detrás de cada acto de venganza, un acto de amor. Y detrás de la mujer que todos subestimaron, se esconde la heredera de una de las fortunas más grandes del país.
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La gran señora (2)
—Así que deja de hacerte la importante conmigo. Te atreviste a echarme a mí y a Adrián. Esto es lo que pasa cuando te metes donde no te llaman —dijo Ámbar antes de colgar.
—Maldita, así que fue ella —Laura también se indignó.
—Una vez tramposa, siempre tramposa —dijo Valeria.
—Hay que decirle al señor Dom —propuso Laura.
—Creo que no hace falta involucrarlo todavía —Valeria no estuvo de acuerdo.
—Esto es un asunto de mi familia —explicó.
—No olvides que este asunto también involucra a la señora Alexander —le recordó Laura.
—La señora Alexander solo tuvo un malentendido. La realidad es que no tengo ninguna relación con su hijo —afirmó Valeria.
—Como quieras. Pero más vale que resuelvas esto antes de que tu hermanita se crezca más —le aconsejó Laura.
—Mmh —asintió Valeria.
* * *
Después del trabajo, Valeria fue directo a la casa donde había vivido con Adrián.
Se sentó en la sala, reclinó la espalda y cerró los ojos.
Esa casa guardaba demasiados recuerdos. Buenos y malos, junto a su exmarido.
Olvídalo, Valeria. No fue un buen hombre, se dijo para darse ánimos.
—¿Y si vendo la casa? —murmuró.
—¿Señora? ¡Qué susto! Pensé que era un extraño —dijo Doña Rosa al reconocerla.
—¿Todavía sigue aquí, Doña Rosa? Pensé que se había ido con Adrián —se sorprendió Valeria.
—El señor Adrián se fue con la señorita Ámbar —le informó Doña Rosa.
—Doña Rosa, quiero vender esta casa —le dijo Valeria.
—¿Y yo dónde voy a vivir, señora? —preguntó Doña Rosa.
Valeria recordó entonces que Doña Rosa estaba sola en el mundo. Su historia no era muy diferente de la suya: también la habían engañado y abandonado.
—¿Qué le parece si se viene conmigo? Yo también vivo sola —la invitó Valeria.
—¿De verdad no le molesta, señora? —dijo Doña Rosa con timidez.
Valeria asintió.
—Gracias, señora. El señor Adrián no la merece. Una mujer tan buena como usted y la engaña —dijo Doña Rosa.
—Dejemos eso, Doña Rosa. No hablemos más de eso —pidió Valeria.
—Doña Rosa, ¿me prepara un té caliente? —pidió. Necesitaba relajarse un momento.
—Enseguida, señora —Doña Rosa se alejó.
Valeria recordó las pertenencias de su madre y se levantó para ir al depósito.
Aunque su valor monetario era insignificante, para Valeria eran recuerdos irremplazables.
—¿Qué busca, señora? —Doña Rosa la siguió al no encontrarla donde la había dejado.
—Estoy buscando unas cosas de mi mamá. ¿Sabe dónde está una caja amarilla? —preguntó Valeria mientras escudriñaba entre los montones de objetos.
Doña Rosa pensó un momento.
—La caja amarilla que estaba en la mesa de noche, junto a la cama, en la habitación principal —precisó Valeria.
—Ah, esa. La guardé yo, señora —dijo Doña Rosa, y Valeria se sintió aliviada.
—Por favor, Doña Rosa.
—Enseguida se la traigo —Doña Rosa fue a buscarla.
* * *
Valeria examinó las fotografías una por una. Aunque las había visto varias veces, nunca había encontrado nada especial en el álbum de su madre.
Pero una foto en particular le despertó la curiosidad.
—¿No es este el señor Wiranata? —murmuró. Sabía quién era porque lo había conocido ese mismo día.
La pose cercana entre el joven Wiranata y su madre la llenó de preguntas. Sobre todo considerando la reacción de Wiranata esa mañana.
Si antes esas fotos no le habían dicho nada, ahora, tras conocer a Ernesto Wiranata, esa imagen le provocaba unas ganas enormes de preguntarle directamente.
—¿Y si voy a buscar al señor Wiranata? —pensó en voz alta. Pero la foto que Wiranata le había mostrado no correspondía con el rostro de su madre.
Sacudió la cabeza.
—¿En qué estoy pensando? No tiene sentido. Y aunque mi mamá y el señor Wiranata hubieran tenido algo, eso es cosa del pasado.
El teléfono de Valeria sonó.
—¿El señor Dom? —frunció el ceño.
—Buenas noches, señor —saludó.
—Te pido disculpas en nombre de mi madre —la voz grave de Dominic resonó en su oído.
—¿Disculpas de qué, señor?
—¿No te abofeteó mi madre esta tarde? ¿Se te olvidó? ¿O no sabías quién fue? —la interpeló Dominic.
—Mi mamá se confundió contigo. Voy a investigar quién la instigó —dijo Dominic.
¿Para qué investigar? Si Ámbar era la culpable. Valeria lo supo antes que él.
¿Se lo digo o no?, dudó.
—¿Hola? ¿Hola? ¿Valeria? —Dominic la llamó al no recibir respuesta.
—Ya sé quién le avisó a la señora Alexander —se lo soltó al fin.
—¿Quién? —respondió Dominic de inmediato.
—Ámbar. Mi hermana —dijo Valeria.
—De acuerdo —Dominic cortó la llamada.
Qué tipo más raro. Cuelga cuando le da la gana, refunfuñó Valeria.
¿Y me habrá creído? Capaz piensa que lo estoy acusando sin pruebas.
Valeria se dispuso a marcharse después de terminar su té.
Mientras tanto, Doña Rosa se quedaría en la casa para que no estuviera vacía.
* * *
En otro rincón del mundo, el de Adrián y Ámbar.
—Mi amor, desde que nos casamos no me has comprado ni un bolso, ni zapatos, ni ropa. Y ya nada me queda —se quejó Ámbar.
—Sabes de sobra que la empresa no está bien. No tengo con qué mover el capital. Y encima acaba de surgir otro problema —respondió Adrián.
—Me da igual. Es obligación del marido mantener a la esposa —sentenció Ámbar.
Adrián se revolvió el pelo con frustración. Lo exasperaba que Ámbar no entendiera su situación financiera. Con Valeria habría sido distinto: ella lo habría apoyado en lugar de presionarlo.
—Además, ¿qué hiciste con el dinero de las acciones de la empresa Wijaya? —indagó Ámbar.
—Eso es asunto mío —cortó Adrián.
—Oye, somos marido y mujer. Si hay algún problema, deberíamos hablarlo juntos —sugirió Ámbar.
—¿Qué sabes tú de acciones? —la desdeñó Adrián.
Ámbar quiso enojarse, pero lo que Adrián decía era cierto. Ella no sabía nada de negocios. Lo único que sabía era pedir y que le cumplieran.
—Pero tu hijo es el que pide. Cuando veo un bolso caro, ropa cara, zapatos de marca, quiero tener todo eso —gimoteó Ámbar, acariciándose el vientre todavía plano.
—¿Desde cuándo un embrión del tamaño de un frijol conoce marcas de lujo? Eres tú la que quiere comprarlo todo —dijo Adrián, harto.
—Se llama antojo, mi amor —dijo Ámbar.
—Eso es puro cuento tuyo. No tengo dinero ahora. Si quieres comprar algo, pídele a tu mamá —le soltó Adrián con sequedad.
¿Qué clase de marido le dice a su esposa que le pida plata a sus padres? Ámbar ardía por dentro. Era un irresponsable total.
Ámbar se fue dando taconazos de rabia.
Adrián volvió a concentrarse en su computadora.
—¿Cómo es posible? Las acciones de mi empresa se desplomaron —murmuró.
—¿Hay algo mal? Tengo que encontrar una solución. Si no, el negocio que construí durante siete años se va a la quiebra.
—¡Ahhh! ¡Todo se derrumba! —gritó.
Su empresa fue declarada en quiebra en cuestión de minutos.
Adrián se restregó la cara con desesperación.
Siete años de esfuerzo, a la basura.
Ámbar pasó por la sala como si nada. Arreglada de pies a cabeza, lista para salir.
—¿A dónde crees que vas? —le espetó Adrián. Cuando un marido tiene problemas, la esposa debería darle apoyo. Ámbar hacía todo lo contrario.
—De compras, ¿a dónde más? —respondió Ámbar sin siquiera voltear a verlo.
—¡Detente! —gritó Adrián.
—¿Qué? Una esposa también necesita divertirse —le respondió con descaro.
—Devuélveme la tarjeta de crédito —Adrián le arrancó el bolso del hombro.
—Oye, ¿qué haces? Qué miserable eres —protestó Ámbar.
La bofetada de Adrián le cruzó la cara a Ámbar.