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La esposa secreta del magnate Alcázar

La esposa secreta del magnate Alcázar

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Centrado emocionalmente / Amor a primera vista / Romance oscuro / Completas
Popularitas:443
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Esta noche estás a salvo

Una hora antes, en aquel pasillo, se había soltado de su mano de un tirón.

"Piénsalo bien y dime", le había dicho él, sin levantar la voz, con esa calma que a ella le crispaba más que cualquier grito. Camila no lo pensó. Le dio la espalda, recogió su bolso del sillón de la sala de socios y salió del Club de Golf Montealto sin despedirse de nadie, ni de Kendra, ni de Beltrán, ni de la sonrisa fría de Brenda. Que Maximiliano se quedara con su propuesta y con su cara de tenerlo todo resuelto.

Ahora, una hora después, el arrepentimiento tenía forma de calle oscura.

Había rechazado el taxi. Un taxi de Montealto a Iztapalapa era medio día de sueldo, y ella no tenía medio día de sueldo para tirar por un berrinche. Así que caminó las tres cuadras mal alumbradas que separaban el club de la parada del pesero, con los tacones prestados en la mano y las medias rasgándose contra la banqueta. Las lomas quedaban atrás, todas rejas y buganvilias; delante, la avenida se abría negra y sola.

Los oyó antes de verlos. Risas gruesas, el arrastre de unas botellas.

—Órale, mamacita, ¿pa' dónde tan solita?

Eran tres. No, cuatro. Salieron de la sombra de una camioneta estacionada, con las caras rojas de alcohol y esa manera de moverse de quien ya no le tiene miedo a nada. Uno le cerró el paso. Otro le rozó el brazo con dos dedos, como quien prueba una fruta.

—Voy con prisa —dijo Camila. Apretó el bolso contra el pecho y dio un paso atrás—. Déjenme pasar.

—No seas grosera. Nomás queremos platicar.

Le agarraron el codo. Camila tiró del brazo, retrocedió, y la banqueta se le acabó bajo el talón; se le doblaron las piernas y solo el orgullo la mantuvo de pie. El corazón le golpeaba tan fuerte que lo sentía en las sienes. Buscó una casa con luz, un puesto, un alma. Nada. Abrió la boca para gritar y la voz se le quedó atorada, pequeña y ridícula.

Entonces se apagó una risa. Después otra.

Unos faros se habían detenido a media calle. Una portezuela se cerró con un golpe seco, discreto, de coche caro. Y un hombre cruzó la avenida sin prisa, las manos en los bolsillos, como si la calle entera le perteneciera.

No dijo nada al principio. Solo se paró entre Camila y los cuatro tipos, y los miró uno por uno con una tranquilidad que helaba más que cualquier amenaza.

—Suéltenla —dijo por fin. Una sola palabra más—: Ya.

No hubo golpes. No hicieron falta. Algo en esa quietud, en el corte perfecto del saco, en los ojos que no parpadeaban, les dijo a los cuatro borrachos que se habían equivocado de noche y de mujer. El que la tenía agarrada la soltó como si quemara. Farfullaron una disculpa torpe, un "no es pa' tanto, jefe", y se disolvieron en la sombra de donde habían salido.

Camila se quedó temblando en la banqueta, con un tacón todavía en la mano.

—¿Tú? —dijo, y le salió más frágil de lo que hubiera querido.

—Yo. —Maximiliano se giró hacia ella. Bajo la luz sucia del poste, su cara ya no tenía nada de la frialdad del pasillo—. ¿Estás bien?

Ella asintió. Y en cuanto asintió, las rodillas la traicionaron. Él la alcanzó antes de que llegara al suelo, un brazo firme alrededor de la espalda, y la tuvo pegada al pecho sin apretarla, dándole tiempo. Camila sintió el calor del cuerpo de él a través de la camisa, el olor limpio y conocido, y por un instante, uno solo, dejó de pelear. Cerró los ojos. El susto se le salió del cuerpo en un tirón largo.

—Ya —murmuró él contra su pelo. Fue apenas un roce de labios en la coronilla, tan breve que después ella no sabría si lo había imaginado—. Aquí estoy.

—Me seguiste. —Camila abrió los ojos de golpe y se acordó de quién era, y de dónde, y de por qué—. Me estuviste siguiendo todo este tiempo.

—Volví por algo que se me había quedado —dijo Max, muy serio, sin soltarla del todo.

—¿Qué se te quedó?

Él no contestó. La miró de una manera que le contestaba, y Camila apartó la cara para que no le viera el color en las mejillas.

Se separó de él con más dignidad de la que tenía y se agachó a recoger su celular, que en el forcejeo se le había caído a la alcantarilla. La pantalla estaba estrellada de esquina a esquina. Lo apretó igual, probó el botón, y la pantalla se encendió detrás de las telarañas de vidrio. Servía. Menos mal. No estaba para comprar otro.

Max se lo quitó de las manos antes de que se cortara con una arista y se lo limpió contra la manga con un cuidado que no le pegaba a la cara que ponía.

—Yo lo llevo, que no te cortes. —Se lo guardó en el bolsillo del saco—. Sube al coche. Te llevo yo también.

—No hace falta.

—Camila. —Solo su nombre, con ese peso—. Son las once de la noche y acabas de ver por qué no debiste venirte sola.

No tenía con qué discutir eso. Subió.

El interior del coche olía a cuero nuevo y a él. Camila se hundió en el asiento del copiloto, se abrazó el bolso y miró por la ventanilla las lomas que se iban quedando atrás. Poco a poco las rejas se volvieron muros, los muros se volvieron bardas pintarrajeadas, y los faroles empezaron a fallar. La ciudad cambiaba de piel a cada kilómetro. Ella conocía ese cambio de memoria; lo hacía todos los días en el pesero.

—Oye. —Carraspeó, roja, mirando al frente—. Lo de hoy… lo de esos tipos. Cuéntalo como que ya quedamos a mano.

—¿A mano de qué?

—De los doscientos pesos. —Levantó la barbilla, muy digna—. Me salvaste. Descuéntalo de lo que te debo y ya no me lo cobras. Salimos parejos.

Max se la quedó viendo un segundo, y después soltó una risa baja, corta, incrédula, la primera que ella le oía de verdad.

—¿Le estás poniendo precio a que no te secuestraran?

—Doscientos pesos es doscientos pesos —dijo Camila, testaruda—. No ando regalando.

—Eres imposible. —Pero lo dijo casi con ternura, negando con la cabeza, y algo en el pecho se le aflojó a ella al oírlo.

Siguieron un rato en silencio. El motor ronroneaba, la ciudad se oscurecía, y a Camila el susto ya vencido empezó a pesarle en los párpados. Peleó contra el sueño. Perdió.

—¿Sabes qué? —dijo Max cuando el semáforo los detuvo—. Mejor te llevo a mi casa. En Montebello nadie te va a jalar el brazo en la calle.

Camila se enderezó de golpe, con los ojos muy abiertos.

—A tu casa no. —Ya buscaba la manija de la puerta—. Bájame aquí, me voy en pesero, yo…

—Era broma. —Él le puso una mano en la rodilla, apenas, para que se estuviera quieta, y la quitó enseguida—. Tranquila. Te llevo a Iztapalapa. A tu casa. Palabra.

Ella lo escrutó, desconfiada, y al ver que no bromeaba se volvió a hundir en el asiento. El corazón se le tardó en calmar. Pero se calmó. Y entre una cuadra y la siguiente, entre el vaivén tibio del coche y la voz grave de él dándole indicaciones a nadie, se le fueron cerrando los ojos.

Cuando Max se detuvo frente al edificio despintado de Iztapalapa, apagó el motor y volteó a decírselo.

Camila dormía.

Se había ladeado hacia él sin darse cuenta, la mejilla apoyada contra su hombro, una mano todavía aferrada al bolso barato como si en sueños siguiera cuidando lo poco que tenía. Tenía las pestañas largas y la boca entreabierta, y una mancha de rímel corrido que a él, por alguna razón, le apretó el pecho. No roncaba, respiraba hondo y parejo, confiada, como no lo había estado con él ni un segundo despierta.

Max no la despertó.

Se quedó quieto, con miedo de moverse, mirándola dormir bajo la luz naranja del único farol que servía en esa cuadra. Podía llevarla a un hospital, a un hotel, a una isla. Podía comprarle la calle entera para que nunca más caminara sola de noche. Y en cambio estaba ahí, sin atreverse a mover el hombro, dejándose usar de almohada por una mujer que en tres horas le había pesado más que su apellido.

"No eres un hombre decente", se dijo, sin apartar los ojos de ella. Porque un hombre decente la habría despertado, la habría acompañado a su puerta y se habría ido. Y él lo único que quería, con una certeza fría y absoluta, era que ella no llegara nunca a esa puerta. Que se quedara ahí, dormida contra su hombro, el resto de la noche. El resto de todas las noches.

Le acomodó un mechón detrás de la oreja, muy despacio, para no despertarla, y se resignó a esperar.

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