Jimena Rivas pasó cinco años siendo la esposa secreta de Sebastián Alcázar. Lo amó en silencio, cuidó su casa, soportó su frialdad y creyó que algún día él aprendería a mirarla.
Pero la noche en que descubrió que estaba embarazada, también vio a Sebastián anunciar ante todos a otra mujer: Sofía, joven, dulce, embarazada... y dueña de toda la ternura que él jamás le dio.
Sebastián le pidió el divorcio con desprecio, la obligó a cuidar a su amante y usó la enfermedad de su madre para mantenerla atada. Jimena decidió irse. Sin escándalos. Sin rogar. Sin mirar atrás.
Lo que Sebastián no sabía era que ella también esperaba un hijo suyo.
Y cuando por fin quiso recuperarla, Jimena ya había aprendido algo que él nunca imaginó:
amarlo no era destino.
Era una condena de la que estaba dispuesta a escapar.
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Capítulo 20
Capítulo 20
Sebastián no volvió a besarme.
Se quedó frente a mí en el jardín del sanatorio, con el labio partido por mi mordida y los ojos llenos de algo que no era arrepentimiento. Era posesión herida.
—Dime quién lo compró.
—No.
—Te compro otro.
Me reí sin ganas.
—Siempre crees que el problema es el precio.
—Ese anillo era mío.
—Estaba en mi mano.
—Porque eres mi esposa.
—Hasta los perros se cansan de la correa si les aprietas el cuello.
Sebastián dio un paso.
No retrocedí.
—No me provoques, Jimena.
—Ya no tengo con qué provocarte. No tengo anillo. No tengo casa. No tengo nombre limpio. No tengo carrera por ahora. Y si sigues empujando, tampoco voy a tener miedo.
Su mirada bajó a mi vientre.
Por un instante pensé que lo había entendido.
Pero solo dijo:
—Sofía está muy afectada por lo que pasó. No la busques.
Ahí estaba.
Siempre ahí.
—Vete con ella.
—Voy a arreglar lo de tu madre.
—No uses a mi madre para sentirte decente.
Me fui antes de que volviera a tocarme.
Mateo visitó a mamá al día siguiente. Revisó estudios, habló con el equipo y salió con la expresión que usan los médicos cuando no quieren matar la esperanza demasiado pronto.
—La cirugía puede salir técnicamente bien —dijo—, pero eso no significa que despierte como antes.
—¿Puede no recuperarse?
—Sí.
Me apoyé en la pared.
—Voy a interrumpir el embarazo hoy.
Mateo cerró los ojos un segundo.
—Te acompaño.
—No tienes que hacerlo.
—Ya sé.
Sacó una tarjeta.
—Úsala para lo que falte de tu mamá.
La tomé solo para devolvérsela.
—Gracias. No.
Su celular sonó. En la pantalla apareció Camila.
Mateo no contestó.
—Ella puede estar detrás de parte de los rumores —dije.
—Lo estoy investigando.
—No lo hagas por mí si te va a costar tu vida.
Me miró con cansancio.
—Mi vida no debería depender de guardar silencio frente a una mentira.
No respondí.
A la mañana siguiente, Sebastián me llamó temprano.
—Compra desayuno para Sofía.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Qué?
—Tiene antojo de pan dulce y fruta. Está sensible después de la caída.
—Yo también caí.
—Tú estás bien.
Me miré en el espejo del baño. La cara gris, los labios secos, una mano sobre el vientre que seguía doliendo.
—Claro.
Compré el desayuno porque necesitaba que él autorizara un trámite de mamá ese mismo día.
Cuando entré al departamento de Sofía, ella estaba sentada en la mesa, recién peinada, con una bata suave.
—Qué linda —dijo—. Justo como lo quería.
Dejé las bolsas.
—Come despacio.
—Sebastián me dijo que podrías quedarte más conmigo cuando nazca el bebé.
Lo miré.
Él estaba junto a la ventana.
—Podemos pagarte —dijo.
—¿Pagarme por qué?
Sofía sonrió.
—Por cuidarnos. Como doctora privada. Y quizá cuando el bebé nazca, también como apoyo en casa. Tú tienes experiencia, ¿no?
No sentí rabia.
Sentí algo más frío.
—¿Como niñera?
Sebastián contestó:
—No lo pongas feo. Es trabajo.
—Trabajo.
—Necesitas dinero para tu madre.
Sofía bajó la mirada.
—No queremos incomodarte.
—Sí quieren.
Sebastián me observó.
—¿Aceptas o no?
Pensé en mamá conectada a máquinas. Pensé en la cirugía. Pensé en mi cita de esa tarde.
—Acepto el dinero —dije—. Nada más.
Sofía sonrió como si hubiera ganado.
Mientras revisaba papeles para anestesia, abrí por accidente una publicación de Sofía. La foto era de su mano sobre una taza.
En su dedo brillaba mi anillo.
Mi anillo vendido.
El texto decía: “A veces el amor vuelve a elegirte.”
Me quedé mirando la pantalla hasta que las letras se hicieron borrosas.
No fui al departamento de Sofía. No fui al hospital.
Subí mis pruebas a redes: mis credenciales, documentos del trabajo de mi padre, correos del proyecto, capturas de la suspensión, y una foto de mi ultrasonido con fecha.
No escribí mucho.
Solo puse:
“Estoy embarazada. También soy la esposa legal de Sebastián Alcázar. No voy a seguir cargando mentiras ajenas.”
Después apagué el teléfono.
La clínica era pequeña, limpia, silenciosa.
La doctora volvió a preguntarme:
—¿Estás segura?
Pensé en Sebastián cargando a Sofía mientras yo sangraba.
Pensé en mi anillo en la mano de ella.
Pensé en el hijo que él quería convertir en compañero del hijo de otra mujer.
—Sí.
El procedimiento no tuvo drama.
Eso fue lo peor.
Una firma. Una bata. Una camilla. Anestesia. Dolor bajo, sordo, después.
Cuando abrí los ojos, el bebé ya no estaba.
No lloré ahí.
No me quedaban lágrimas para un cuarto tan blanco.
Mientras tanto, en la oficina de Sebastián, su secretaria entró con el celular en la mano.
—Señor, tiene que ver esto.
Él estaba revisando documentos de Sofía.
—Ahora no.
—Es sobre la doctora Rivas.
Le mostró primero el video del pasillo: Sofía cayendo, yo cayendo con ella, la sangre en mi bata, mi mano levantándose hacia él mientras él cargaba a Sofía.
Sebastián dejó de moverse.
—¿Por qué no vi esto antes?
—Lo borraron de los grupos internos. Alguien lo volvió a subir.
Luego vio mi publicación.
El ultrasonido.
La fecha.
La cuenta simple.
Su cara perdió color.
—¿Cuánto tiempo?
La secretaria no contestó.
Sebastián tomó el saco y salió.
Yo estaba sentada afuera de terapia intensiva cuando mi celular empezó a vibrar otra vez.
Sebastián.
Sebastián.
Sebastián.
No contesté.
Mateo llegó con comida.
—Tienes que comer.
—No puedo.
—Entonces dos cucharadas.
Me senté con el recipiente en las piernas. El cuerpo me dolía por dentro, como si alguien hubiera dejado una puerta abierta donde antes había vida.
Sebastián apareció al final del pasillo.
Venía despeinado, sin la calma cara de siempre.
—Jimena.
No levanté la vista.
—Jimena, mírame.
Mateo se puso de pie.
—No es buen momento.
—Quítate.
—No.
Sebastián lo agarró del cuello de la bata.
—Es mi esposa. Está embarazada de mi hijo.
La frase llegó tarde.
Tan tarde que casi dio risa.
Mateo le quitó la mano.
—Llegas tarde para muchas cosas.
Sebastián me miró.
—Ya hablé con especialistas para tu madre. La cirugía tendrá el mejor equipo. No tienes que preocuparte por dinero.
—Qué alivio.
Mi voz salió plana.
Él se agachó frente a mí.
—Conserva al bebé.
No parpadeé.
—¿Perdón?
—Nuestro hijo. Podemos arreglarlo. Sofía necesita cuidados, sí, pero tú también. Si nacen cerca, pueden crecer juntos.
Mateo cerró los puños.
Yo lo miré a los ojos.
—¿Quieres que mi hijo sea compañía para el hijo de Sofía?
Sebastián pareció notar tarde cómo sonaba.
—No lo dije así.
—Lo dijiste exacto.
—Jimena, es nuestro primer hijo.
Algo dentro de mí se quedó quieto.
Nuestro primer hijo.
Él no sabía.
No sabía que ya no había hijo. No sabía que acababa de pedirle vida a un cuerpo que él mismo había dejado sangrando en el piso.
No se lo dije.
No todavía.
Solo pregunté:
—Si hubiera nacido primero, ¿también tendría que cederle el lugar a Sofía?
Sebastián abrió la boca.
No encontró respuesta.
La puerta de terapia intensiva sonó.
Me levanté con cuidado. Mateo intentó ayudarme. Sebastián también.
Aparté las dos manos.
—Puedo caminar.
Y caminé sola.
Rico conocer el final